La vejiga es un cenicero en el cuerpo de los fumadores
No mucha gente conoce que el cáncer de vejiga está tan relacionado con el tabaco como el cáncer de pulmón o el de garganta. Conocer el riesgo en fumadores y exfumadores es el primer paso para aprovechar las oportunidades de detección temprana
A mí me gustan los órganos humildes, esas vísceras en las que pocas veces pensamos, pequeños prodigios de ingeniería minimalista que nos sirven sin aspavientos... hasta que fallan y, entonces sí, nos damos cuenta de su importancia.
La vejiga urinaria permanece escondida en el mismísimo sótano de nuestro cuerpo, al fondo de la pelvis y en vecindad del recto, otro proletario de la anatomía. Es capaz de almacenar medio litro largo de orina, aumentando su capacidad 15 o 20 veces sin que la presión aumente hasta que casi rebosa. El esfínter que cierra la salida de la vejiga y el músculo que la exprime y vacía —se llama detrusor— funcionan automáticamente, en una delicada sincronía para que no se escape nada, pero que tampoco quede ni gota cuando llega el momento. Un conjunto de sensores de tensión nos informa en tiempo real de cómo va la cosa, de modo que podamos buscar un baño mucho antes de la tragedia. La mucosa que forra la vejiga está expuesta 24/7, la vida entera, a concentraciones de urea y otros metabolitos agresivos que no soportaría ningún otro tejido.
La vejiga falla poco, al menos hasta edades avanzadas. Su enfermedad más grave es el cáncer y, muchas veces, es culpa nuestra. Quizá te sorprenda que, al menos, la mitad de los cánceres de vejiga están relacionados con el tabaco. El cáncer de pulmón, o el de garganta, claro que sí; ¿pero qué va a tener que ver el cigarrillo con un órgano tan lejano? Fácil. Cuando aspiras el humo estás inhalando una enciclopedia de sustancias dañinas para el ADN: hidrocarburos, nitrosaminas, aminas, benceno, aldehídos... una maravilla. Por donde pasan pueden dar el pistoletazo de salida a una reacción biológica de mutaciones en cadena que acabe en un cáncer con todas las de la ley.
El pulmón es el campeón de la absorción. Todo en él está diseñado para extraer lo que contenga el aire y pasarlo a la sangre. Mientras lees esto, tus pulmones absorben el oxígeno atmosférico en el par de segundos que media entre inspiración y espiración. Pues eso sucede con las sustancias volátiles cancerígenas: del piti al pulmón y del pulmón a la sangre. ¿Y quién filtra la sangre para sacarle porquerías? Claro, los riñones. ¿Y dónde acaba la orina que contiene todos esos productos de desecho? Ahora ya lo sabes.
Te fumas un cigarrillo y te llenas los pulmones de agentes cancerígenos. Pero, luego, respiras aire limpio hasta el siguiente pitillo. Sin embargo, la orina almacenada en la vejiga sigue ahí, minuto tras minuto, hora tras hora. Para cuando hagas pis, seguramente ya habrás encendido uno o dos cigarrillos más, así que la siguiente remesa urinaria llegará a la vejiga tan sucia como la anterior. Los pulmones de un fumador se refrescan con aire libre de humo entre cada cigarrillo. En cambio, la vejiga permanece en contacto con las sustancias nocivas la mayor parte del día. Para empeorar las cosas, el riñón hace lo que le toca: concentrar la orina para ahorrar agua y evitar que andemos sedientos el día entero. La vejiga de un fumador está continuamente, pues, a remojo de sustancias cancerígenas reconcentradas.
Un cáncer de vejiga no es un regalo. Se puede curar, pero en ocasiones a expensas de la extirpación de la víscera, que ha de ser reconstruida con porciones de intestino mediante cirugías complejas o bien obliga a llevar de por vida una bolsa externa que recoge la orina.
Dejar de fumar ayuda mucho, claro está, pero no borra el riesgo del golpe. Al abandonar el cigarrillo, la inflamación de los bronquios mejora en días y el riesgo de infartos e ictus empieza a normalizarse tras pocos años. Pero el cáncer es otra cosa. En el caso del de pulmón, se suele considerar un periodo de 10-15 años hasta que el riesgo del exfumador se iguala con el del nunca fumador. Parece que este tiempo es sensiblemente más largo en el caso de la vejiga. Incluso parece que los fumadores pasivos también ven incrementado a la larga su riesgo de cáncer de vejiga, aunque esto no está tan claro con en el caso del cáncer de pulmón o el infarto.
¿Nada que hacer, entonces? Claro que sí, por eso escribo este artículo. Lo primero, se cae de su propio peso: si fumas... ¡Ya estás tardando! Pero incluso si no consigues dejarlo o eres exfumador, existen opciones de diagnóstico precoz. En el cáncer de vejiga, el diagnóstico temprano es el todo. Detectado a tiempo, se puede curar mediante procedimientos sencillos que casi siempre conservan la vejiga en su sitio. La citología de orina es un procedimiento sencillo: orinar en un bote y examinar los posos al microscopio en busca de células malignas desprendidas o de restos microscópicos de sangre. Cierto, es un procedimiento antiguo y con pinta poco sofisticada. También es verdad que se le pueden escapar tumores de grado bajo y que no está recomendado como cribado poblacional. Sin embargo, repetidas anualmente en personas de alto riesgo —como fumadores y exfumadores—, las citologías de orina son muy sensibles para detectar en sus primeras fases de desarrollo los cánceres de vejiga de alto grado, que son los más peligrosos.
Además, están surgiendo otras pruebas en orina que prometen más sensibilidad al detectar proteínas, fragmentos de ADN o de ARN, o bien usando tinciones especiales para descubrir las células premalignas y malignas. Está aún por ver qué ofrecen en el mundo real y cuál es su peaje de falsos positivos.
¿Qué puedes hacer?
¿Mi consejo práctico? Si eres fumador o exfumador, no te conformes con el azar de la ruleta —rusa—. Busca un especialista que entienda el valor del diagnóstico precoz con el que discutir las opciones que mejor te cuadran. Además, si te tomas esto en serio, también te ocuparás de la detección temprana de las otras enfermedades serias relacionadas con el fumeque, como el cáncer de pulmón, el de garganta, los infartos y los ictus. Pero eso será asunto de otros artículos.
¡Mantente en contacto!
A mí me gustan los órganos humildes, esas vísceras en las que pocas veces pensamos, pequeños prodigios de ingeniería minimalista que nos sirven sin aspavientos... hasta que fallan y, entonces sí, nos damos cuenta de su importancia.