La vida de Pilar Carpy está protagonizada por las segundas oportunidades y por aprovechar todas las ocasiones posibles hasta conseguir estar donde realmente es feliz. Esta argentina empezó estudiando ingeniería, continuando así con la saga familiar. Pero tras año y medio se dio cuenta de que no era lo suyo: le interesaba más lo que aprendían su pareja y sus amigos que lo que encontraba en sus apuntes. Fue entonces cuando pudo conocer cómo era la vida dentro de un hospital y, finalmente, dio el paso para comenzar su camino como médica en la Universidad de Buenos Aires.
Los años pasaron y acabó ejerciendo su profesión dentro de la investigación en la parte de los ensayos clínicos, hasta que, cuando tenía 26 años, quiso “vivir la experiencia” de residir en España. El plan era sencillo: primero seguir trabajando en el mismo sector y, cuando tuviera la homologación, empezar a pensar en el MIR (Médico Interno Residente), la vía de especialización médica del país.
Y así fue como, a cuatro meses del examen MIR, inició su preparación. Ella recuerda que durante el estudio se sintió tranquila, a pesar de que la mayor parte de estos opositores dedican más tiempo. “Mi frase recurrente era 'estoy haciéndolo lo mejor que puedo con el tiempo que tengo'”, afirma a El Confidencial.
A su favor estaba su experiencia y que para la especialidad que quería no necesitaba una nota demasiado alta. La sorpresa fue mayúscula cuando se enteró de que no solo conseguiría entrar donde quería, sino que estaba entre las 150 mejores notas de España. Concretamente, consiguió ser la 125 y se dejó llevar por lo que siempre había querido hacer durante la carrera, que era oncología médica.
Renunciar a una especialidad soñada
Comenzó la residencia en el Hospital Universitario La Paz muy contenta, pero con el paso de las semanas se dio cuenta de que si bien era una especialidad que le encantaba, no estaba hecha para ella. Exteriorizar este pensamiento no fue fácil, al revés, probablemente fue más difícil decirlo en voz alta que abandonar la plaza, según recuerda. “Lo que más me costó no fue la decisión de dejarlo, sino permitirme a mí misma abrir esa puerta. Cada vez que sentía esa mínima duda intentaba acallar ese pensamiento. Una vez que pude y le dije que creía que me había equivocado, todo fluyó”, comenta.
Además, ella sentía que no podía continuar y que esta situación era una experiencia más en la vida que, aunque era dura, no hay forma de saber si se acierta con certeza hasta que se vive. En sus palabras, la medicina se estudia e incluso se puede rotar por los distintos servicios, pero la realidad no se conoce hasta que se está allí. Tras cinco meses, renunció y volvió a prepararse el MIR, con otros cuatro meses por delante y con “mucha más presión”, pero con la experiencia del anterior.
En esta ocasión, tuvo que compaginarlo con trabajar como médico en una unidad móvil del Colegio de Farmacéuticos de Madrid durante dos días y medio a la semana. “Cuando lo encontré, pensé que era una pequeña señal de que, aunque en este momento todo parezca que está fuera de control, hay algo que te encarrila y te hace sentir que las cosas pasan por algo”, rememora. Además, era su punto de desconexión respecto a los apuntes.
Así, el 25 de enero de 2025 se volvió a presentar al examen MIR. Tras haber dormido “muy bien”, la mañana la aprovechó para distraerse, desayunar con calma, hablar con sus padres —que viven en Argentina— y comer algo ligero.
El examen no sería la única sorpresa del día pues, es un sentir colectivo que el test de ese año tuvo preguntas “muy raras” y elementos “muy diferentes”. Al salir, se encontró con una gran alegría que logró disimular, por momentos, esa sensación agridulce: sus padres habían viajado desde su país para estar con ella.
Andrea MuñozMartina Bozukova (Mediapool. Bulgaria)Alina Neagu (Hotnews. Rumanía)Lorenzo Ferrari (OBCT. Italia)Kim Son Hoang (Der Standard. Austria)Noel Baker (The Journal. Irlanda)
Precisamente, estaba con ellos cuando se llevó otra gran satisfacción. Los tres estaban paseando por los callejones del madrileño barrio de Malasaña cuando Carpy recibió una notificación en el móvil que anunciaba que había conseguido la quinta mejor posición de la prueba. En esta ocasión, ya había visto en primera persona cómo trabajaban en otras especialidades y también conoció a un compañero que hacía su residencia en Dermatología y le contaba lo que hacía, lo que le empezó a generar interés.
Así fue como optó por hacer dermatología en el Hospital Universitario 12 de Octubre. “Realmente es algo que quizá no me hubiese planteado inicialmente y hoy por hoy la estoy viviendo y disfrutando muchísimo. Tiene un poco de todo: parte oncológica, inflamatoria, infecciosa, quirúrgica… un montón de procedimientos. Es fácil ver dentro de la dermatología algún lugar en el que vayas a encontrar más interés o te puedas imaginar haciéndolo”, concluye.
La vida de Pilar Carpy está protagonizada por las segundas oportunidades y por aprovechar todas las ocasiones posibles hasta conseguir estar donde realmente es feliz. Esta argentina empezó estudiando ingeniería, continuando así con la saga familiar. Pero tras año y medio se dio cuenta de que no era lo suyo: le interesaba más lo que aprendían su pareja y sus amigos que lo que encontraba en sus apuntes. Fue entonces cuando pudo conocer cómo era la vida dentro de un hospital y, finalmente, dio el paso para comenzar su camino como médica en la Universidad de Buenos Aires.