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La sangre humana gana terreno en la dieta de los mosquitos (y por qué puede ser un problema de salud pública)
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La sangre humana gana terreno en la dieta de los mosquitos (y por qué puede ser un problema de salud pública)

Un nuevo estudio sugiere que, a medida que los ecosistemas se degradan y los animales desaparecen, algunos mosquitos aumentan su exposición a la sangre humana, lo que eleva el riesgo de transmisión de enfermedades

Foto: Centro Conjunto de Control de Vectores para Enfermedades Tropicales de Guangzhou, China. (Getty Images/Kevin Frayer)
Centro Conjunto de Control de Vectores para Enfermedades Tropicales de Guangzhou, China. (Getty Images/Kevin Frayer)
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La pérdida de biodiversidad no solo tiene consecuencias ecológicas: también puede convertirse en un problema de salud pública. Un estudio centrado en la Mata Atlántica brasileña, publicado esta semana en la revista Frontiers, sugiere que, a medida que los ecosistemas se degradan y los animales desaparecen, algunos mosquitos aumentan su exposición a la sangre humana, lo que eleva el riesgo de transmisión de enfermedades.

Este bosque húmedo tropical es un ecosistema con una biodiversidad “rica y compleja” que alberga cientos de especies de aves, anfibios, reptiles y mamíferos. No obstante, la expansión humana ha reducido este bosque a aproximadamente un tercio de su superficie original. Como describe la publicación, en ese contexto de transformación acelerada del hábitat, los mosquitos parecen estar adaptando su comportamiento.

Dicho de otra manera, a medida que los humanos expulsan a los animales de sus hábitats, los mosquitos que antes se alimentaban de una amplia variedad de huéspedes podrían estar encontrando nuevos objetivos humanos para saciar su sed de sangre.

Según explica a este periódico Jordi Figuerola, profesor de investigación del CSIC que trabaja en la Estación Biológica de Doñana, el fenómeno tiene una lógica “sencilla”: “Si hay presas alternativas, los mosquitos se alimentarán también de ellas, pero si solo hay humanos, pues se van a alimentar de humanos”.

placeholder Un inspector de control de mosquitos del condado de Miami-Dade. (Getty Images/Joe Raedle)
Un inspector de control de mosquitos del condado de Miami-Dade. (Getty Images/Joe Raedle)

Esto es un debate clásico de la ecología: la hipótesis de la dilución. Se trata de una teoría que asegura que en ecosistemas con alta biodiversidad, los patógenos se "diluyen" entre muchas especies hospedadoras no susceptibles o menos eficientes, reduciendo la probabilidad de transmisión a humanos o ganado, lo que protege contra epidemias. Por el contrario, la pérdida de biodiversidad puede amplificar las enfermedades al concentrar los patógenos en especies más susceptibles, como se observa en enfermedades zoonóticas emergentes.

Sin embargo, Figuerola subraya que no existe un consenso claro. “Hay trabajos que han encontrado que donde hay una mayor biodiversidad existe una menor incidencia de enfermedades en humanos, pero también hay trabajos que han encontrado lo opuesto”, afirma.

Por su parte, Sérgio Lisboa Machado, autor principal del estudio y profesor de biología en la Universidad Federal Rural de Río de Janeiro, opina que cuando se produce una pérdida de biodiversidad, los mosquitos intentan sobrevivir buscando nuevas fuentes de sangre, algo que él sí atribuye a la deforestación provocada por acciones antropogénicas.

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También cita la desaparición de depredadores. “Cuando hay muchos animales diferentes circulando en el bosque, sin duda los mosquitos prefieren alimentarse de su fuente favorita. Algunos humanos prefieren comer carne y otros verduras, pero suponiendo que ya no haya carne disponible en el mundo, para sobrevivir comen verduras, aunque no les guste”, comenta Lisboa.

Figuerola hace hincapié en el papel de la transformación de los hábitats porque lleva al “aumento desproporcionado” de especies que se asocian, en algunos casos, a brotes de enfermedades.

Esto es algo que comparte Lisboa, asegurando que la restauración del hábitat es el primer paso para la prevención: “Restauramos el bosque y con él los ríos, el microclima y la fauna, permitiendo que el área forestal se reequilibre. Una de las herramientas de monitoreo que usamos en nuestro grupo es precisamente el estudio de las especies de mosquitos que circulan en el bosque, así como su comportamiento en relación con el cambio climático. Cuando encontramos un mosquito que normalmente se encuentra en la Mata Atlántica circulando por el borde, es la primera señal que requiere nuestra atención, ya que indica que está buscando nuevos hábitats por una perturbación en el ecosistema”.

Virus del Nilo

Respecto a la situación en España con las enfermedades transmitidas por vectores, como el dengue, zika, chikungunya o el virus del Nilo Occidental, preocupa a las autoridades, especialmente este último. Actualmente, es endémico con brotes frecuentes en Andalucía, Extremadura y Cataluña. “Hemos pasado de un virus que llegaba por aves migratorias, producía unos pocos casos y no volvíamos a saber de él hasta pasados unos años, ahora es capaz de sobrevivir durante el invierno”, explica Figuerola.

Esto es algo que atribuye al cambio climático, a los inviernos de “poco frío”: “Por ejemplo, en un día de 20 grados en Andalucía, los mosquitos salen de los sótanos, desagües o cañerías a alimentarse. En diciembre y enero seguimos encontrando hembras con alimentaciones recientes de sangre”.

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Además, añade que si las épocas de calor se alargan también lo hace el periodo de reproducción del mosquito del género Culex, transmisor del virus del Nilo. “En marzo empieza a haber mucha proliferación y a finales de noviembre sigue habiendo cantidades importantes de mosquitos. Por eso, cada vez se están encontrando más casos en el norte de Europa”, apunta.

Acerca de las otras enfermedades que preocupan en España, el investigador del CSIC nombra la leishmaniosis, que provoca casos en perros, pero también en humanos. “Preocupan los brotes autóctonos a partir de casos importados de dengue, zika, chikungunya o el virus del Oropouche”, expone. También habla sobre la llegada de vectores que todavía no están en España y pueden llegar a establecerse, como el Aedes aegypti, que origina la fiebre amarilla. Por último, menciona la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, una enfermedad viral grave transmitida por las garrapatas.

¿Hay medidas suficientes?

El Programa de Vigilancia de la Fiebre del Nilo Occidental es una estrategia que coordina la vigilancia humana, animal y entomológica (mosquitos) para detectar el virus tempranamente. La clasificación de riesgos municipales, el refuerzo de la captura de mosquitos con trampas, el muestreo de animales y la búsqueda activa de casos humanos, son algunas de las acciones que se realizan con el objetivo de prevenir brotes y proteger la salud pública.

Figuerola confiesa que “es un reto nuevo”. “Desde que se erradicó la malaria, no había habido preocupación por enfermedades transmitidas por vectores y hay que reforzar todas las estructuras para controlarlas. Se están desarrollando nuevos planes de control y hay comunidades, como Andalucía, que se están poniendo mucho las pilas”, sostiene.

Igualmente, destaca que las actuaciones también tienen que ser individuales y no solo administrativas: “Podemos pedir que se controlen los mosquitos en entornos urbanos y periferia, pero también hay que solucionar si en casa tienes una piscina que no tratas donde los mosquitos están criando”. Por ese motivo, indica que la importancia de que exista una coordinación de comunicaciones con la población. “Hay que tener las piscinas cloradas, cerrar bien los depósitos de agua o vaciar el agua del depósito del aire acondicionado”, concluye.

La pérdida de biodiversidad no solo tiene consecuencias ecológicas: también puede convertirse en un problema de salud pública. Un estudio centrado en la Mata Atlántica brasileña, publicado esta semana en la revista Frontiers, sugiere que, a medida que los ecosistemas se degradan y los animales desaparecen, algunos mosquitos aumentan su exposición a la sangre humana, lo que eleva el riesgo de transmisión de enfermedades.

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