Probamos la nueva máquina para luchar contra el alzhéimer: un chispazo del cerebro a la mano
La Fundación CIEN acaba de inaugurar su Laboratorio de Neurofisiología y Neuromodulación, que cuenta con un dispositivo de estimulación magnética transcraneal
La máquina de estimulación magnética transcraneal. (Fundación CIEN)
En la madrileña Villa de Vallecas, lejos de los grandes focos mediáticos que suelen acompañar a la ciencia de vanguardia, funciona desde hace casi dos décadas uno de los complejos más importantes en la investigación contra el alzhéimer y otras enfermedades neurodegenerativas. Un lugar que, lejos de acomodarse en su trayectoria, sigue dando pasos adelante. El último: la apertura de un nuevo laboratorio que refuerza su vocación innovadora y su ambición científica.
La Fundación Reina Sofía, junto a laFundación CIEN (Centro de Investigación de Enfermedades Neurodegenerativas), acaba de inaugurar su Laboratorio de Neurofisiología y Neuromodulación, concebido como un entorno estratégico para estudiar el cerebro y buscar nuevas vías de intervención sin necesidad de tratamientos invasivos. “En cuanto a neurofisiología, vamos a medir la actividad del cerebro de manera no invasiva, en vivo, mientras la persona está realizando cualquier actividad. Por otro lado, vamos a poder neuromodular, es decir, cambiar esa actividad cerebral mediante intervenciones no farmacológicas y también no invasivas”, explica a El Confidencial Guglielmo Foffani, ingeniero biomédico y responsable del nuevo laboratorio.
De este modo, el innovador espacio permitirá desarrollar estudios avanzados mediante técnicas no invasivas como la estimulación magnética transcraneal, la electroencefalografía y la neuronavegación, herramientas que ayudan a observar y modular la actividad cerebral con precisión.
Como en el resto de investigaciones que se hacen en la Fundación CIEN, por las nuevas instalaciones pasarán pacientes de la residencia y centro de día Fundación Reina Sofía Alzheimer, que se encuentra integrada en el complejo. Pero no solo estos, también accederán personas ajenas a la institución.
El objetivo del nuevo laboratorio, que trabajará en colaboración con HM Cinac, es doble: comprender mejor los mecanismos neurofisiológicos implicados en el envejecimiento y las enfermedades neurodegenerativas, y explorar cómo distintas formas de estimulación pueden tener un impacto positivo en la actividad neuronal y en la calidad de vida de los pacientes.
El nuevo laboratorio
Para llegar a las nuevas instalaciones desde la entrada principal es necesario atravesar la residencia de mayores, por lo que me brindan una mascarilla que recuerda a tiempos pandémicos. Ataviado con el tapabocas, el propioFoffani me guía por los pasillos del centro hasta su sala de máquinas, por el momento, un pequeño espacio de una sola habitación.
En la actualidad, el ingeniero biomédico es el único investigador de este laboratorio, pero están buscando ampliar espacios y personal para impulsar estas disciplinas, como explica a este periódico Pascual Sánchez Juan, director científico de la Fundación CIEN.
El espacio lo preside una máquina deestimulación magnética transcraneal. Ante unos ojos inexpertos, un carro médico con equipamiento tecnológico, cables, una pantalla y una especie de pala de tres secciones. Una tecnología que acaba de comprar la Fundación CIEN, pero que ya se utiliza en otras instituciones para tratar dolor crónico o trastornos neurológicos y psiquiátricos (como depresión resistente y párkinson).
Delante del artilugio hay una silla azul acolchada donde se sentarán los pacientes. Foffani me invita a sentarme para probar qué sentirá uno de ellos. El científico enciende el dispositivo, calibra la potencia, acerca la pala (el aplicador de estimulación magnética transcraneal) a mi cabeza y pulsa un botón. En ese momento suena una especie de chispazo, los músculos de mi cara se mueven y también el dedo corazón de mi mano izquierda.
Lo que ha sucedido es que una pequeña descarga eléctrica, que no me ha producido ningún tipo de dolor, ha recorrido mi cuerpo.
“Esta máquina aplica pulsos electromagnéticos a través de una bobina. Esa estimulación se convierte en un estímulo eléctrico dentro del cerebro, sobre la corteza. El pulso activa neuronas corticales y, si lo aplicamos en la corteza motora, se activa la salida del cerebro hacia los músculos y se desencadena la contracción muscular”, explica. A través de la reacción del cuerpo, lo que hace el científico es “medir esa respuesta muscular en función de la intensidad y las características del estímulo”. “A esa relación la llamamos excitabilidad. Y lo importante es que la excitabilidad no es fija: cambia si una persona está sana o si existe una patología. Por eso es una medida con valor diagnóstico”, añade.
Por este dispositivo pasarán pacientes en varios estadios de demencia, a los que se les colocarán unos receptores en las manos. Estos permitirán cerrar el circuito para comprobar la reacción real de los músculos al estímulo eléctrico. En los sujetos de estudio se trazará el lugar exacto del cerebro en el que se quiere comprobar las funciones a través de ese chispazo. Una vez accionado el botón, los datos generados pasarán automáticamente al ordenador que acompaña a la máquina. De este modo, podrán ver qué es lo que falla en el cerebro en función de las demencias.
El casco de estimulación por campo magnético estático. (Fundación CIEN)
La máquina estimulación magnética transcraneal no es la única tecnología que hay en este laboratorio. Junto a ella, encima de una mesa auxiliar, hay un casco cuya base es un anillo blanco del que salen varias costillas también blancas que se curvan hacia arriba y convergen en una pieza central negra, redondeada, a modo de cúpula.
Se trata de un dispositivo de estimulación por campo magnético estático. A diferencia de la estimulación magnética transcraneal clásica –que emite pulsos–, este casco incorpora imanes permanentes, normalmente de neodimio, colocados en posiciones concretas. Su función no es medir, sino hacer neuromodulación pura: al generar un campo magnético constante, reduce la excitabilidad de la corteza cerebral justo debajo de la zona donde se sitúan los imanes.
Es una técnica no invasiva y no farmacológica, pensada para modular la actividad neuronal de forma suave y sostenida, y se investiga sobre todo por su potencial terapéutico y su impacto en la calidad de vida de los pacientes. Y, al igual que la máquina que ocupa más espacio, también permite conocer cómo funciona el cerebro.
Un piano de 100 años
Más allá de la sala con artilugios clínicos, la investigación de Foffani se puede llevar a cualquier parte del centro. Uno de los elementos fundamentales del nuevo laboratorio es un piano que tiene más de 100 años. Un instrumento que él mismo, que tiene varios años de formación musical a sus espaldas, se encargará de utilizar en diferentes sesiones. Este va montado sobre ruedas para que pueda llevarse a cualquier parte de las instalaciones, desde el auditorio hasta salas más pequeñas de la residencia.
“Aunque en la residencia ya existen actividades como musicoterapia, nuestra intención es darle un enfoque investigador clínico a la música. Es complejo, porque estamos usando una escala de experiencias de estados alterados de conciencia, la misma que se utiliza en ensayos con psicodélicos, ya que no buscamos solo el impacto emocional: queremos tocar algo más profundo, el yo. En la demencia el yo está muy afectado, y se puede pensar incluso que lo primero que se pierde es esa identidad, y que la caída de las capacidades cognitivas viene después como consecuencia. Hay un paralelismo claro con los sueños lúcidos: cuando soñamos, normalmente no tenemos plena conciencia de nosotros mismos, pero cuando aparece la lucidez recuperamos de golpe capacidades cognitivas, memoria y control. En las demencias existe algo parecido, la lucidez terminal o paradójica, esos momentos inesperados en los que la persona recupera claridad, y a mí me interesa muchísimo estudiarlo de manera formal e intentar incluso modularlo”, desarrolla.
Guglielmo Foffani tocando el piano de 100 años. (Fundación CIEN)
“Y en todo eso la música es una herramienta ideal, ya que está integrada en el contexto del alzhéimer, es muy aceptable, permite trabajar en grupo y empezar de una manera suave, compartida, también con familiares. Puede removerte, sí, pero no tiene efectos secundarios ni se percibe como una intervención agresiva. Esa cercanía es la que queremos aprovechar, a ver si conseguimos tocar el yo y darle un poco de vida”, añade.
De este modo, el nuevo laboratorio apuesta por la música como herramienta de neuromodulación natural. No se plantea solo como acompañamiento, sino como campo de estudio: se analizará cómo la estimulación musical puede influir en la actividad cerebral y en la relación entre procesos cognitivos, emocionales y comportamentales. En un contexto como el del alzhéimer, donde memoria, emoción y conducta se entrelazan, esta línea abre oportunidades para investigar la conexión entre cerebro, emoción y cognición en situaciones reales y significativas.
En la madrileña Villa de Vallecas, lejos de los grandes focos mediáticos que suelen acompañar a la ciencia de vanguardia, funciona desde hace casi dos décadas uno de los complejos más importantes en la investigación contra el alzhéimer y otras enfermedades neurodegenerativas. Un lugar que, lejos de acomodarse en su trayectoria, sigue dando pasos adelante. El último: la apertura de un nuevo laboratorio que refuerza su vocación innovadora y su ambición científica.