La (hipócrita) cuesta de enero saludable: dietas milagro, ayunos y otras penitencias modernas
Se trata de los propósitos saludables que nos proponemos en esta época después de todos los excesos calóricos (y de otra índole), los cuales no siempre conseguimos cumplir de manera satisfactoria
El deporte online saca músculo frente a los gimnasios. (EFE / Rodrigo Jiménez)
Ya está aquí. Ya llegó. La cuesta de enero bajo nuestros pies. La cuenta corriente tiritando después de los regalos, las comilonas, el desenfreno natalicio. La desazón por la vuelta al trabajo y a la rutina cruda y dura. Una vuelta a la relación fría y distante entre nuestros congéneres (a quienes hace dos días amábamos fruto de la exaltación de las fechas). Un desasosiego deprimente, muchos remordimientos y bastante propósito de la enmienda.
Después de las Navidades el espejo nos devuelve una figura amorfa, con mollas en los flancos, facies oronda, papada pronunciada, ojeras, coloretes en las mejillas, muslos inflados. “¿Qué me ha pasado este año?, se pregunta el 80% de la población, engañándose a sí misma, olvidando los dulces, el alcohol, la grasa ingerida de forma ávida y despreocupada. ¿Cómo he llegado a esto?, se indigna ocho de cada diez, como si esta sobredosis de calorías se la hubieran inyectado por la noche el demonio sin su consentimiento, o como si nunca hubiera estado en sus planes pasarse siete pueblos con la comida y la bebida, evento tras evento, un día sí y otro también, mientras tocaba la pandereta, o soplaba el matasuegras.
Esa imagen distorsionada de uno mismo, fruto de quince días de desenfreno, genera arrepentimiento, frustración y propósito de la enmienda. “Hoy mismo me apunto al gimnasio”, se dice el poseedor de la imagen del espejo, en su intimidad más absoluta, con una auto conmiseración hipócrita.
Una imagen cruel, que hace reflexionar y tomar decisiones. Es el momento de las dietas milagro, de los ayunos intermitentes o indefinidos, de la dieta del huevo duro, huevo blando, pasado por agua, crudo, cada cuatro horas o cuatro unidades cada hora, según el nutricionista consultado en las RRSS. Es el momento de realizar un curso acelerado de semaglutida y de aprender cuando, cuanto y como se usa y/o donde se vende sin receta, o quien me la puede prescribir a en el caso de que no la encuentre a la venta en internet.
Antes de que se descuelguen los adornos navideños, los gimnasios ya han bajado las cuotas para captar incautos. Publicitan ofertas jugosas que incluyen bolsa de deporte (algunas muy cotizadas), packs de sesiones de spinning, o bonos de clases de Pilates, a precios módicos y ajustados al estrés de la cuesta. Es el momento de cambios, pero, ¡ojo!, Pueden llegar los errores. El inicio de actividad física en un cuerpo que hace años que no se mueve, o el uso de máquinas de musculación sobre músculos fláccidos puede producir lesiones (algo habitual a determinadas edades en las que se inicia el deporte sin el consejo de un profesional y sin el equipamiento adecuado).
Si ellos supieran. Para quemar (tan sólo) una porción de roscón, o tres polvorones, o dos pedazos de turrón, es preciso una hora en la cinta, o bien caminando en una inclinación del 10% a buen paso, o bien corriendo a 5:30 el minuto durante media hora. Pero no seré yo quien quite la idea del gimnasio a nadie. No seré yo tampoco quien revele que para hacer cumplir los ejercicios anteriores hay que estar entrenado desde hace meses y que llegan tarde. Tampoco seré yo quien sugiera que resulta divertido pensar que se van a librar de los excesos de una manera tan sencilla, porque, en realidad, cada uno en su interior es consciente, de lo ingenuo de tal suposición (y si de algo es líder el conciudadano patrio, es de engañarse a sí mismo con una maestría diabólica). Pero, ¡ok!, está bien intentarlo. Es la parte positiva y es el principio de del cambio.
En la cuesta de enero encuentras otro estereotipo clásico. Se trata del fumador que está determinado a dejarlo después de las Navidades. Lleva anunciándolo en todos y cada uno de los saraos y reuniones familiares a las que ha acudido en estas fechas, y lo ha hecho de manera displicente mientras se encendía un cigarro tras otro. Son quienes se despiertan el día 7 de enero y ya no se encienden el primero de la mañana (el mejor de todos) porque lo acaban de dejar. Se preparan el café mordiéndose las uñas, corroídos por la ansiedad anticipatoria del día que (saben) que les espera: una jornada laboral larga y tediosa, repleta de tareas pendientes, y que se proponen afrontar sin el consuelo periódico de un cigarrillo de cuando en cuando. Una hazaña que se queda, muchas veces, en tentativa honesta.
Quien sube la cuesta de enero ya no tiene excusa. Año nuevo, vida nueva. Toca resolver los temas pendientes. Es tiempo de pedir cita en el dentista (pero ya para febrero, en la siguiente paga), porque sabemos de la importancia de la salud dental, pero lo hemos dejado para después de las fiestas. Los teléfonos de los centros de salud suenan sin parar y las citas se triplican para chequeos o consultas sobre dolencias que ya llevan instauradas en el cuerpo pero que nos preocupan más ahora, con la llegada del nuevo año. Es tiempo de llamar a ese conocido médico que trabaja en el hospital, para que te recomiende algún especialista en concreto, o para que te adelante las citas (porque, de repente, la salud es lo que más nos importa).
Es tiempo de cambios, de iniciar actitudes saludables. Nos proponemos leer un libro todas las semanas, que sabemos que es bueno para la cabeza (y previene el alzhéimer). Nos interesamos por los Sudokus, que hemos oído que también ayudan a proteger al músculo del cerebro. Es tiempo ordenar nuestra vida. De tirar a la basura las camisetas con agujeros, de ordenar el maldito cajón de los calcetines. Se ha acabado el jolgorio, la algarabía, y el dejarse llevar por los placeres básicos, esos a los que nos incitan nuestras papilas gustativas.
Un año más, nos hemos dejado llevar, pero, no nos flagelemos. No es nuestra culpa como individuos, sino que es inherente a nuestra especie. El ser humano es vago y alérgico a la disciplina por la naturaleza y se deja llevar por la vida alegre porque sí, porque puede. ¿Qué pensaría otra civilización que viniera de otra galaxia a observarnos? Seguro que nos analizarían como si fuésemos un interesante experimento sociológico. Se admirarían de nuestra capacidad para caer en la desidia, en el esfuerzo mínimo, en la elección del camino más corto y fácil, en la autojustificación y la falta de rigor para nuestros hábitos de vida. Se fascinarían de nuestra tendencia al pensamiento sencillo, a nuestro afán por el procrastinamiento, la necesidad de horarios para justificar la producción, la obsesión por dejar escapar los instintos más básicos a las primeras de cambio, en discusiones de tráfico, en recintos deportivos, o en otros lugares que no referiré por estar en horario infantil. Somos una especie perezosa e incapaz de mantener unos estándares de salubridad, a no ser que la enfermedad ya nos haya dado un toque.
La mejor manera de tratar una enfermedad es su prevención. A partir de esa premisa, la mejor manera de vivir muchos años es manteniendo unos hábitos saludables. No pasa nada por excederse un día, dos días, siempre y cuando nuestra rutina diaria se fundamente en una actitud vital poco nociva para nuestro organismo. Si estamos habituados al exceso diario, en Navidades no nos importará extralimitarnos más sobre un basal ya de sí pernicioso. En este contexto, intentar remediarlo en la afamada cuesta de enero, resulta hipócrita y poco efectiva. Ahora bien, si este propósito de enmienda sirve como espoleta para que el cambio se efectúe, bienvenido sea entonces. Es posible que se genere una disciplina provechosa para nuestra salud y que ésta ya nos acompañe el resto del año. De ese modo, la próxima cuesta de enero la afrontaremos a paso ligero y sin remordimiento alguno.
Que se mejoren.
Ya está aquí. Ya llegó. La cuesta de enero bajo nuestros pies. La cuenta corriente tiritando después de los regalos, las comilonas, el desenfreno natalicio. La desazón por la vuelta al trabajo y a la rutina cruda y dura. Una vuelta a la relación fría y distante entre nuestros congéneres (a quienes hace dos días amábamos fruto de la exaltación de las fechas). Un desasosiego deprimente, muchos remordimientos y bastante propósito de la enmienda.