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Ingresos, salud y alzhéimer: un nuevo enfoque para prevenir la demencia
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Ingresos, salud y alzhéimer: un nuevo enfoque para prevenir la demencia

¿Sabías que el nivel socioeconómico influye directamente en la aparición de factores de riesgo modificables para la demencia?

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La demencia no es una condena inevitable del envejecimiento. Aunque factores como la genética y la edad juegan un papel importante, una creciente cantidad de evidencia científica sostiene que muchos de los principales factores de riesgo son, en realidad, prevenibles. Así lo atestigua un reciente estudio publicado en la revista Neurology que destaca la fuerte relación entre el nivel de ingresos, el acceso a servicios de salud y el desarrollo de demencia en la población adulta mayor; algo que marca un antes y un después en las estrategias de salud pública enfocadas en la prevención cognitiva.

A menudo se asume que el deterioro progresivo y constante de las facultades mentales (como el alzhéimer) está ligado a nuestra biología individual. Sin embargo, investigadores como Eric L. Stulberg de la Universidad Thomas Jefferson y autor principal del trabajo, afirma que “la demencia está profundamente influenciada por factores cotidianos como la alimentación, la actividad física, el aislamiento social y el acceso a servicios médicos básicos como la salud visual y auditiva”.

Para este estudio, los científicos analizaron datos de más de 5.000 personas en EE.UU., dividiéndolas por nivel de ingresos y evaluando la presencia de 13 factores de riesgo conocidos. Entre ellos se encuentran presión arterial alta no tratada, pérdida de audición y visión, depresión, inactividad física, diabetes, consumo de alcohol, tabaquismo o aislamiento social. Y los resultados fueron realmente contundentes: a medida que aumentaba el nivel de ingresos, disminuía la prevalencia de casi todos estos factores analizados.

De hecho, uno de los hallazgos más llamativos fue que las personas que viven por debajo del umbral de pobreza presentan una carga acumulada de riesgos mucho mayor. Por ejemplo, entre los adultos mayores de bajos ingresos, se estima que el 21% de los casos de demencia podrían estar vinculados a pérdida de visión no tratada, y el 20% al aislamiento social. Esto significa que 1 de cada 5 casos de demencia en este grupo podría potencialmente prevenirse con intervenciones tan básicas como exámenes visuales regulares o programas comunitarios para fomentar el contacto social.

La desigualdad social también afecta la salud cerebral

De la misma forma existen disparidades raciales y étnicas persistentes en la prevalencia de factores de riesgo, incluso después de ajustar por ingresos económicos. Grupos históricamente subrepresentados en estudios clínicos, como afroamericanos, latinos y comunidades indígenas, presentan tasas más altas de diabetes, obesidad, sedentarismo y pérdida de visión. Esto sugiere que no basta con abordar el ingreso como variable aislada, sino que es necesario considerar también el acceso desigual a servicios de salud de calidad, educación, vivienda segura y oportunidades comunitarias.

¿Qué podemos hacer?

La buena noticia es la conclusión principal del estudio: que muchos de estos factores de riesgo son prevenibles o tratables. Incluso los riesgos que aparecen en etapas tardías de la vida, como la pérdida de visión o la soledad, pueden ser abordados con intervenciones específicas como ampliar el acceso a servicios oftalmológicos y auditivos asequibles, fomentar la actividad física regular y sostenida en el tiempo, incorporar chequeos cognitivos en la atención primaria o promover programas de contacto social y voluntariado para adultos mayores

El valor de actuar a tiempo

Una comisión internacional sobre prevención de demencia publicada en The Lancet ya había estimado que atacar 12 factores modificables podría prevenir o retrasar hasta el 40% de los casos de demencia a nivel mundial. Este nuevo estudio suma la desigualdad económica y social como variables que refuerzan esta cifra.

Entender que la demencia puede verse como el resultado acumulativo de factores modificables a lo largo de la vida (y muchos influenciados directamente por nuestro contexto social y económico), es vital para establecer políticas de salud pública con un enfoque en la igualdad.

La demencia no es una condena inevitable del envejecimiento. Aunque factores como la genética y la edad juegan un papel importante, una creciente cantidad de evidencia científica sostiene que muchos de los principales factores de riesgo son, en realidad, prevenibles. Así lo atestigua un reciente estudio publicado en la revista Neurology que destaca la fuerte relación entre el nivel de ingresos, el acceso a servicios de salud y el desarrollo de demencia en la población adulta mayor; algo que marca un antes y un después en las estrategias de salud pública enfocadas en la prevención cognitiva.

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