El cáncer se puede curar en más ocasiones de las que imaginas
La curación del cáncer nunca será un anuncio en las noticias de la mañana. Avanza más lento de lo que quisiéramos, pero no tanto como para que no me asombre si examino lo que se ha avanzado a lo largo de mi vida como oncólogo
¡Cómo ha cambiado el paisaje humano de mi consulta a lo largo de 3 décadas! Hace años, las agendas estaban ocupadas por primeras visitas y sombríos desenlaces. Ahora, día tras día, se sientan frente a mí pacientes que se han quedado calvos; pero no a causa de la quimioterapia, sino del tiempo transcurrido desde que los diagnostiqué. Otros me dicen que se jubilan ya, o bromeamos con la barriga que nos ha crecido ambos, o me enseñan la foto de la nieta, o me traen al hijo, tan mayor, un hijo que pudieron tener años después de concluir su quimioterapia. Curar a veces es eliminar la enfermedad, a veces es cronificar, a veces es vivir muchos años con normalidad.
El oncólogo que fui hace un cuarto de siglo no daría crédito si pudiera compartir conmigo un día cualquiera de trabajo: la consulta se ha ido despoblando de muertes y se ha ido llenando de vidas. Y no es mi optimismo perenne; las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) son desapasionadas y la palabra "cáncer" aparece ahora en un 30% menos de certificados de defunción en España que en los años 90 del siglo pasado (139 muertes por cada 100.000 habitantes en 1995 vs. 96 en 2023).
Es cierto que cada vez se diagnostican más casos de cáncer, porque somos más, más viejos y, además, algunos tumores aparecen en personas más jóvenes que antes. Pero lo más importante es que, a pesar de ello, aumentan los casos de curaciones y largas supervivencias.
Pero no existe una sola curación. Hay, al menos, tres, y cada una explica un trozo del milagro sin milagros.
La primera curación, la del diagnóstico precoz: es la más intuitiva, la de manual. A lo largo de las últimas décadas, cada vez más personas se han dado cuenta de lo mucho que es posible hacer para pillar las cosas a tiempo. Pueden parecer poca cosa, un pólipo extirpado en una colonoscopia o unos puntitos blancos en la mamografía de rutina. Pero son muchísimo. Es un cincuentón que no muere de cáncer de colon, sino que llega a jubilarse y disfrutar de esa segunda casa en la sierra para la que tanto ahorró. Es una mujer joven que no sucumbe al cáncer de mama, sino que tan sólo interrumpe un par de meses el trabajo por el que luchó a brazo partido.
La segunda curación, la de la enfermedad invisible: Aquí es donde la oncología empezó a doblarle la mano al cáncer. Muchos tumores parecen curados tras su extirpación, pero no. Han dejado tras de sí una polvareda indetectable de células malignas, la siembra de futuras metástasis. A lo largo de las pasadas décadas, los oncólogos hemos aprendido a atacar ese cáncer invisible aplicando tratamientos médicos antes o después de la cirugía. Ha sido una guerra de nervios, batallas ganadas o perdidas de investigación básica y largos ensayos clínicos. Por ejemplo, en 1987 averiguamos por qué algunos cánceres de mama, aparentemente inocentes, evolucionaban fatal. La culpable era una proteína llamada HER2, que actúa como un acelerador atascado a fondo en el ADN de la célula cancerosa. Tardamos una década, pero en 1998 ya habíamos diseñado un medicamento anti-HER2 y probado que funcionaba en ensayos clínicos robustos. A partir del año 2000, empezamos a emplearlo tras la cirugía y las recaídas se redujeron a la mitad. Hoy día, esa clase de tratamientos complementarios a la cirugía se emplea en muchos tipos de cáncer. Gracias a ellos, centenares de pacientes no clausuran su historia oncológica con un certificado de defunción, sino con un informe de alta.
La tercera curación, la de la enfermedad que sí se ve: Aquí es cuando mi yo joven se habría frotado los ojos. Para él, las metástasis eran casi siempre sinónimo de un final en pocos meses. Ya no. Hoy día tenemos armas para contraatacar, fármacos modernos que van más allá de la quimioterapia. En 2001 llegaron los inhibidores de quinasas y la leucemia mieloide se convirtió en una enfermedad crónica con la que se podía convivir décadas. En 2011 los tratamientos actuales de inmunoterapia irrumpieron en tromba y vimos cómo el melanoma, uno de los cánceres de evolución más rápida, se frenaba en seco. Hoy, uno de cada tres o cuatro pacientes de melanoma diseminado viven más de 10 años y en uno de cada cinco, las metástasis no regresan jamás a pesar de suspender los tratamientos. Esta clase de largas supervivencias cada vez es más frecuente en más tipos de cáncer en fase diseminada.
La sentencia no es el cáncer, es el desconocimiento; y ese está retrocediendo a una velocidad que todavía me sorprende, en el parpadeo de la carrera de un médico. El cáncer se cura en muchas más ocasiones de las que imaginas. Y la prueba no está solo en las estadísticas, está en la gente que vuelve a la consulta.
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¡Cómo ha cambiado el paisaje humano de mi consulta a lo largo de 3 décadas! Hace años, las agendas estaban ocupadas por primeras visitas y sombríos desenlaces. Ahora, día tras día, se sientan frente a mí pacientes que se han quedado calvos; pero no a causa de la quimioterapia, sino del tiempo transcurrido desde que los diagnostiqué. Otros me dicen que se jubilan ya, o bromeamos con la barriga que nos ha crecido ambos, o me enseñan la foto de la nieta, o me traen al hijo, tan mayor, un hijo que pudieron tener años después de concluir su quimioterapia. Curar a veces es eliminar la enfermedad, a veces es cronificar, a veces es vivir muchos años con normalidad.