Hipertensión, diabetes, obesidad... ¿Por qué están aumentando las enfermedades de los adultos en los niños?
No es una impresión basada en la intuición. Los expertos confirman que los nuevos hábitos están mermando la salud de los niños. Cambiar la tendencia pasa por ponerle freno a las galletas y a las pantallas.
Varios niños a su llegada a un colegio. (EFE/Ángeles Visdómine)
Hay una nueva realidad que no se puede ni se debe ignorar, y que está afectando a la salud de toda la sociedad, y muy especialmente, a la población pediátrica. El aumento del consumo de productos (que no alimentos) ultraprocesados y el sedentarismo asociado al abuso de las pantallas, son dos de los impulsores que están consolidando la obesidad como uno de los principales problemas de salud a nivel mundial, que afectan tanto a los adultos como a la población más joven.
El problema es que la obesidad conduce a otras patologías como la hipertensión, la diabetes tipo 2, o el síndrome metabólico. Por ello, es urgente tomar conciencia de cómo estamos comiendo y qué estilo de vida llevamos, con el fin de “dar un giro de timón” lo antes posible.
En este escenario, hay un eslabón más débil que el resto, los niños. Ellos, no son responsables de lo que comen, ni de la cantidad de ejercicio físico que practican o el número de horas que pasan delante de una pantalla, son los adultos los que les educan y ponen los cimientos de lo que será su estilo de vida en la adultez.
La cuestión es que algo no se está haciendo bien cuando en las últimas décadas se ha visto un aumento constante de patologías como la hipertensión o la diabetes tipo 2, enfermedades que antes eran prácticamente exclusivas del adulto. ¿Qué está pasando? ¿Qué hay detrás de esta tendencia? Estas enfermedades tienen como eje la obesidad, y esta patología está aumentando entre la población pediátrica por diversas razones, siendo los hábitos alimenticios una de las más importantes.
En este sentido, el doctor Hemir Escobar Pirela, pediatra del Hospital Universitario Vithas Madrid La Milagrosa, señala el aumento del consumo de ultraprocesados y el cambio en la forma de divertirse en las edades infantiles, cada vez más sedentaria, como dos de las claves para entender este fenómeno.
Ultraprocesados, muchos contras y ningún pro
En primer lugar, ponemos el foco en los ultraprocesados, sin duda, una de las causas más importantes, si no la que más, de la obesidad infantil. De hecho, la relación entre estos productos y la obesidad, actualmente, está muy documentada y se puede asegurar que “aunque sea en pequeñas porciones, su consumo tiene una gran cantidad de calorías. Esto hace que los niños ingieran muchas más calorías de las que necesitan, aunque solo coman pequeñas dosis”, apunta el experto.
Además, “son poco saciantes, por lo que se pierde rápidamente la sensación de plenitud y se tiene la necesidad de comer más. Entonces, consumen mucha más cantidad de la que deben”, añade.
Por otro lado, “los ultraprocesados estimulan los antojos y la necesidad de consumirlos.Al ser productos hiperpalatables, tienen un sabor que activa unos determinados centros del sistema nervioso central que aumentan la satisfacción en el niño”, asevera el doctor. “Por ese motivo, -aclara- busca con mayor asiduidad este tipo de alimentos para vivir de nuevo esa sensación o tener una recompensa. En definitiva, favorece el consumo repetido y hace que los niños tengan dificultad para regular su sensación del hambre”.
Lo que comen... y lo que dejan de comer
El problema añadido es que al comer grandes cantidades de ultraprocesados, los niños desplazan el consumo de otros alimentos que sí son saludables. Como resultado están dando prioridad a alimentos que poseen tienen una gran cantidad de azúcar, grasa y sal, y ninguno de estos productos hace ningún bien a la salud. Según el doctor: “La sal aumenta la apetencia y hace que el niño quiera consumir una mayor cantidad de estos alimentos; las grasas (que no suelen ser las saludables) se almacenan en el cuerpo, aumentando la grasa corporal y la resistencia a la insulina; y los azúcares aumentan la ingesta total de calorías y también afectan a la resistencia a la insulina”.
Más factores de riesgo: las pantallas sin control
Además de limitar al máximo los ultraprocesados, es importante tener en cuenta que el abuso de las pantallas “aumenta el riesgo de obesidad infantil porque conlleva un menor gasto de energía. Cuantas más horas pasen frente a las pantallas, realizan menor actividad física, queman menos calorías y hay más probabilidad de que tengan un balance energético positivo. Además, durante el uso de pantallas, tienden a consumir una mayor cantidad de alimentos ultraprocesados”, remarca el doctor quien asegura que, de forma indirecta, “una mayor exposición a la pantalla también suele conllevar que los niños consuman más anuncios de alimentos ultraprocesados, bebidas azucaradas y comida rápida. Todo ello, aumenta los antojos y las preferencias tienden a cambiar hacia este tipo de alimentos”.
Finalmente, y sin ser menos importante, Escobar menciona un efecto más de las pantallas, esta vez relacionado con la calidad del sueño, la cual se sabe que está relacionada con la obesidad. “Si retrasamos el sueño y reducimos su cantidad, vemos alterada la secreción de hormonas como la leptina y la grelina, que controlan la saciedad y la sensación de hambre”, aclara el doctor quien nos recuerda que “los niños entre 3 y 5 años deberían dormir entre 8 y 10 horas; los de entre 6 y 12 años, 8 o 9 horas; y los mayores, entre 7 y 8 horas.
Por todo ello, es necesario reducir el tiempo frente a las pantallas. “Tenemos que evitarlas en menores de dos años y limitarlas a un máximo de una o dos horas al día en niños mayores”, apostilla.
A comer bien se aprende en la infancia
Controlar el uso de las pantallas es una de las iniciativas para contener y reducir el aumento de casos de hipertensión y diabetes tipo 2 entre la población infantil, pero no es la única. Parar poner freno a la obesidad entre los más pequeños es necesario una estrategia conjunta de la sociedad que integre una amplia variedad de herramientas desde diversos ámbitos.
Entre ellas, el experto considera fundamental “estimular una alimentación saludable desde edades tempranas, fomentando el consumo de frutas y verduras a diario, proteínas de alta calidad como huevos, legumbres o pescado, lácteos naturales sin azúcares añadidos, cereales integrales y, sobre todo, limitar los ultraprocesados como galletas, bollería, chocolatinas, patatas fritas, bebidas azucaradas y refrescos”.
Por otro lado, también es importante tener buenos hábitos en las comidas, como “comer sin pantallas, tener una buena postura, ayudar a que los niños aprendan a identificar por sí mismos la saciedad y ofrecerles agua como bebida acompañante”, señala.
Ante todo, predicar con el ejemplo
Además de la vigilancia sobre la alimentación, también “tenemos que favorecer la actividad física, con un objetivo mínimo de 60 minutos al día de actividad física moderada, aunque las opciones varían según la edad. En los más pequeños, podemos hacer juego libre, correr, saltar o simplemente ir al parque. En los niños que van al colegio, podemos pensar en deportes más estructurados como la bicicleta, el baile o la natación. En cuanto a los adolescentes, -completa el doctor- entrenamientos o actividades grupales. O, simplemente, ir y volver de clase caminando. Siempre es importante que la actividad física la presentemos como algo divertido y no como una obligación”.
Para conseguir todo esto, es importante que prediquemos con el ejemplo y que el entorno familiar sea saludable, porque los niños siempre imitan. En este sentido, el doctor subraya la “comida no debe considerarse como un premio porque el niño hace algo bien, no hay que asociar los ultraprocesados a premios. Siempre hay que tener el hogar abastecido de alimentos saludables”.
Finalmente, “es muy importante realizar los controles regulares de salud para revisar el peso, la talla, el crecimiento y los hábitos de vida para detectar de forma precoz algo que se salga de la normalidad”, concluye.
Hay una nueva realidad que no se puede ni se debe ignorar, y que está afectando a la salud de toda la sociedad, y muy especialmente, a la población pediátrica. El aumento del consumo de productos (que no alimentos) ultraprocesados y el sedentarismo asociado al abuso de las pantallas, son dos de los impulsores que están consolidando la obesidad como uno de los principales problemas de salud a nivel mundial, que afectan tanto a los adultos como a la población más joven.