Es un viernes cualquiera de otoño y muchos son los que aprovechan la mañana para pasear con sus perros en un parque de Móstoles (Madrid). Hay canes de todas las razas, pero hay dos que destacan, no solo porque son especialmente obedientes, sino porque llevan una especie de chaleco que les distingue del resto. Ellas son Eureka y Cúrcuma, dos perras de año y medio que portan sobre sus hombros unas telas que avisan de que, a diferencia del resto, están trabajando. Aunque en su caso, aún están en pleno entrenamiento para llegar a ser "compañeras de vida" de personas que tienen discapacidad y poder proporcionarles mayor autonomía.
Eureka está adiestrada para tareas como traer objetos para personas con discapacidad física y puede abrir una mochila, sacar una botella de agua para entregarla y posteriormente volverla a colocar en su sitio. Cúrcuma, por su parte, está siendo entrenada para convivir con niños con autismo y protegerlos en situaciones como sus crisis o para garantizar su seguridad vial: si el pequeño echa a correr, ella se tumba para impedir una “fuga”.
Ambas son perras de asistencia. Aunque cuando pensamos en este tipo de animales, solemos imaginar a los que acompañan a las personas ciegas, hay cuatro tipos más: los señal para personas sordas, los de alerta médica —que se entrenan para pacientes diabéticos o epilépticos o con cualquier tipo de desconexión sensorial— para autismo y para aquellos que tienen una discapacidad física. Todos ellos son adiestrados para aumentar la calidad de vida y la autonomía de personas con discapacidad.
Rocío Marín es la directora de la Asociación Kuné Perros de Ayuda Social, una entidad acreditada para formar a este tipo de perros, y asegura que estos animales se entregan a personas que tengan una discapacidad reconocida de más de un 33%. “Es importante que los profesionales estén formados no solo en la parte de entrenamiento canino, sino también en la discapacidad. Eso es una formación un poco más específica que está regulada por el INCUAL [Instituto Nacional de las Cualificaciones]”, insiste.
Sea cual sea el tipo, todos comparten una formación común. Durante los 12 primeros meses de vida están con familias voluntarias que les ayudan a socializar y les “presentan el mundo”. Estas les llevan a todos lados: desde a los recados hasta a las vacaciones y también les incluyen en todo tipo de ambientes, con niños, otros animales…
Cuando cumplen un año, empiezan con la parte más básica “como si fuera el colegio”. Aprenden a no tirar de la correa, a sentarse, a tumbarse, a quedarse quietos o a tener una buena conducta en espacios públicos. Y es que van a entrar donde el resto no pueden, desde un supermercado a un hospital, pasando por todo tipo de establecimientos, así como transportes. Ahí radica la necesidad de comportarse “de manera ejemplar”.
En Kuné no tienen instalaciones como tal para trabajar, ni utilizan jaulas o cheniles porque no es la realidad en la que vivirán después. Una vez superado ese primer nivel, se pasa al entrenamiento avanzado, donde adquirirán las habilidades específicas para cada tipo de perro de asistencia.
Cúrcuma durante un entrenamiento para convertirse en perra de asistencia. (P. P)
Por ejemplo, para discapacidad física comienzan mostrándoles cómo tirar de una cuerda, cómo coger objetos y entregarlos y cómo abrir un cajón. Una vez que saben hacerlo, pasan a las más complejas. Recientemente, una usuaria ha recibido a su perro de asistencia que ha aprendido a traer todo lo que ella le señaliza a través de un puntero láser que no daña al perro. “Todo esto nos lleva muchas horas, repeticiones, esfuerzo y tiempo”, resume.
En el caso del autismo, parten trabajando con los perros para que hagan un bloqueo de las fugas: “El 50% de los niños diagnosticados con el Trastorno del Espectro Autista[TEA] tiene tendencia a lo que se llama fugas, a salir corriendo en espacios públicos con el riesgo de cruzar una carretera, de que les atropellen o se pierdan”, recuerda. Por otro lado, para cuando sufren crisis, les enseñan a chupar la cara o las manos o a apoyarse ejerciendo presión para ayudarles a regularse a nivel sensorial, por lo que ocurren “con menor frecuencia y con menor intensidad”.
Rocío Marín, directora de la Asociación Perros de Ayuda Social y Cúrcuma, futura perra de asistencia. (P. P.)
Además, estos pequeños suelen tener problemas de trastorno de sueño: “Enseñamos a los perros a dormir en una posición determinada, ejerciendo un poco de presión y eso hace que se regulen los niños a nivel sensorial y, por tanto, descansen mejor”.
Sea el tipo que sea, recuerda que si se quiere entrenar a un animal así se debe basar en la colaboración. “Al perro le tiene que gustar lo que hace; yo siempre digo que hay que mirarle el rabo [que muestra el estado de ánimo] y su actitud. Yo no le fuerzo para que obligatoriamente me traiga algo. Se hace como un juego, premiándole cuando lo hacen bien”, sostiene.
Una de las principales funciones de los perros de asistencia para niños con autismo es evitar las fugas. (P. P.)
Todo este proceso tarda unos dos años (con más de mil horas de trabajo) y tiene un coste de unos 20.000 euros, aunque Marín matiza que el entrenamiento de los perros guía es más caro. En la cuantía total incluye todo: desde el cachorro, hasta la alimentación, los gastos veterinarios, los seguros, los materiales y el propio adiestramiento. “Normalmente, buscamos diferentes estrategias para conseguir esos fondos”, afirma. Por ejemplo, la Comunidad de Madrid ofrece una ayuda para el programa de perros de asistencia para autismo, pero además también hacen eventos, crowdfunding, venden productos…
Marín relata que el proceso desde que se solicita un perro de este tipo hasta que forma parte de la familia suele demorarse en el tiempo hasta alcanzar el año y medio o dos años. En primer lugar, desde la asociación realizan una serie de entrevistas de evaluación para conocer si realmente el perro puede suponer una ayuda y un aumento de autonomía.
Eureka entrena para ayudar a personas con movilidad reducida, para lo que tiene que ser capaz de encontrar objetos en una mochila y llevárselo a sus dueños. (P. P.)
Al año suelen adiestrar a unos seis de media, ocho como máximo, y todo tipo, menos perros guía. Ellos no son ni quieren ser “una fábrica de churros” pues hace hincapié en que cada familia y perro son únicos y necesitan de “todo el esfuerzo”, de manera que se trata de un proceso “superpersonalizado y artesanal”.
“Siempre tenemos perros en diferentes fases y familias en espera, porque no cualquier animal vale ni para todos. Cuando se genera un binomio, no es cuando el cachorrito tiene dos meses, pues no sabemos cómo va a evolucionar y cómo va a ser. Además, hay familias que aunque el diagnóstico sea el mismo, tienen necesidades diferentes: las hay más activas, más tranquilas… Solo hacemos el match cuando el proceso está más avanzado y cuando tiene alrededor de año y medio ya empezamos a ver cuál va a ser”, expone.
Rocío Marín sobre los entrenamientos: 'Se hace como un juego, premiándoles cuando lo hacen bien'. (P. P)
Por otro lado, el tipo de perro elegido variará dependiendo de la función que tenga. Si es para autismo, movilidad reducida y perros guía, suelen utilizar labradores, ya que “ayuda mucho a que un mayor porcentaje de ellos llegue al final del proceso porque son muy sociables, comilones, juguetones y tienen lo que llamamos voluntad de complacer”.
En este punto recuerda la importancia de conocer el origen, dado que no es uno una mascota “cualquiera” sino que ayudará a una persona durante ocho o nueve años de su vida. “Si conocemos el origen de la cría, quiénes son los padres y abuelos, podemos controlar algunas cosas que de otra manera se nos escapan, como pueden ser enfermedades habituales o incluso tener una idea del temperamento”, relata. Aún así, no todos valen, incluso entre los que seleccionan, socializan y entrenan, no siempre pasan a vivir con el usuario.
Para los perros señal para personas sordas, otras razas pueden ser más adecuadas, aunque insiste en que no es que el labrador no pueda, sino que buscan aquellos que muestran gran reactividad al sonido, como los perros pequeños, que ladran cuando suena el timbre.
Finalmente, en el caso de los perros de alerta médica, Marín comenta que todos los perros, por su naturaleza, tienen un “dispositivo pegado al hocico” por el que huelen más que los humanos. Es decir, todos parten de ese punto, pero tienen que entrenar para que respondan ante ello.
“Lo importante es que sean capaces de discernir esos olores y aprender una marca y a dar esa alerta en cualquier situación. Esto depende de la raza y del individuo, pero se puede trabajar mucho y hay proyectos, aunque no tanto en España, donde se apoyan mucho en mestizos y labradores. Aquí la raza importa mucho menos, pero debemos evaluar mucho a cada uno”, concluye.
Es un viernes cualquiera de otoño y muchos son los que aprovechan la mañana para pasear con sus perros en un parque de Móstoles (Madrid). Hay canes de todas las razas, pero hay dos que destacan, no solo porque son especialmente obedientes, sino porque llevan una especie de chaleco que les distingue del resto. Ellas son Eureka y Cúrcuma, dos perras de año y medio que portan sobre sus hombros unas telas que avisan de que, a diferencia del resto, están trabajando. Aunque en su caso, aún están en pleno entrenamiento para llegar a ser "compañeras de vida" de personas que tienen discapacidad y poder proporcionarles mayor autonomía.