“Siempre hemos escuchado que decir que no está mal, que es de persona egoísta. Incluso desde pequeños lo hemos oído en frases como ‘si dices que no, papá se va a ir y se va a poner muy triste’”, afirma a este periódico Alba Caralda, psicóloga clínica, especialista en terapia cognitivo-conductual y neuropsicóloga.
Esta situación, que parece inocente, no lo es cuando somos niños: “Lo vamos aprendiendo y se termina convirtiendo en creencias que nos generan mucho miedo en la adultez”. Respecto a las nuevas generaciones, apunta que lo están haciendo de una forma diferente, aunque opina que quizá están “en el otro extremo”.
“Como a los que hemos nacido antes de los 2000 se nos ha educado bajo esa premisa y nos hemos dado cuenta del daño que nos hace no poner límites, hemos querido evitar que nuestros hijos tengan los mismos problemas. El resultado es que nos hemos ido al otro extremo educando en el ‘si no te gusta algo, dilo’, pero se nos ha olvidado considerar las emociones de la otra persona y el cómo se dice”, confiesa.
En su libro, Cómo mandar a la mierda de forma educada (Vergara, 2023) habla también sobre la tolerancia a la manipulación o faltas de respeto. “Cuando esto ocurre, se traspasan límites y no se tiene en cuenta lo que siente la otra persona, además, la intención muchas veces no es positiva. En cambio, una torpeza comunicativa sería cuando la intención es positiva, pero aun así no sabemos encontrar las palabras para que la comunicación sea asertiva”, dice.
La psicóloga relata que tenemos muy claro que nadie puede coger las llaves de nuestro coche y llevárselas como si nada, pero que no tenemos tan claro que alguien pueda manipular nuestros sentimientos, aunque confiesa que “es complicado” salir de esas dinámicas. “Cuando hablamos de relaciones tóxicas o dañinas, sobre todo si hay dependencia emocional, cuesta verlo porque las conductas manipulativas se han ido introduciendo de forma muy sutil”, indica.
Portada del libro. (Vergara)
Por eso, alega que desde fuera la situación “se ve más clara”. “Si nuestro entorno nos está advirtiendo, hay que pararse a analizar porque puede ser que no nos estemos dando cuenta. Además, sería interesante la información o la psicoeducación: coger un libro de psicología y analizar la relación para intentar poner límites. La otra persona puede reaccionar bien o negar e invalidar lo que decimos, ahí podemos poner distancia en la relación o buscar ayuda profesional”, expone.
Acerca del error más común que se comete en los vínculos, si amenazar con cortar y luego no hacerlo o cortar impulsivamente sin haber puesto límites previos, observa que ocurren ambas cosas: “Entramos en estas relaciones que son cíclicas, de cortar y volver muchas veces, donde hay un refuerzo intermitente. Esto engancha mucho emocionalmente a las personas y solo agranda la dependencia. Y luego, por otro lado, también está el otro caso de amenazar”.
Por consiguiente, incide en la importancia de negociar los límites cuando ambas partes sienten que chocan. “Primero, hay que identificar si ese límite es algo negociable o no, lo que no puede ser es que todos nuestros límites sean no negociables porque entonces es imposible la convivencia. Es recomendable hablar en un contexto donde se haya dejado claro que la conversación será difícil, aparte de estar dispuestos a escucharnos y ceder un poco por el bien de la relación. Sin juicios, invalidar o faltar el respeto”, añade.
Sin embargo, en ciertos ámbitos, como el laboral, resulta más complicado: “Hay diferentes estrategias asertivas. Si la relación es jerárquica, por autoridad o por el motivo que sea, se puede usar la expresión ‘entiendo que’ para bajar un poco el nivel de defensa de la otra persona. Ahí podremos dar una respuesta sobre lo que nosotros pensamos. También es importante la comunicación no verbal: emplear un tono que no sea agresivo, una gestualidad relajada y firmeza en los pensamientos, pero con tranquilidad”.
Otro de los aspectos que comenta es la dificultad de decir no sin acompañarlo de más explicaciones, ya que, en algunas ocasiones, “invalida completamente nuestras necesidades”. “Como he comentado anteriormente, tenemos creencias tan arraigadas que nos cuesta incluso darnos cuenta de que el motivo por el que no somos capaces de decir ‘estoy agotada’ o ‘no me apetece’ no es porque seamos malas personas. Necesitamos darnos ese espacio de reflexión para analizar y cuestionar esa creencia”, expresa.
La psicóloga lo resume en preguntarse por qué aparece ese sentimiento de culpa simplemente por ser respetuoso con uno mismo: “Ese respeto es lícito para los demás, pero por qué no lo es para uno mismo. En ese momento reflexivo, en terapia o escribiendo un diario personal, podemos comenzar a deconstruir esas creencias”.
Compromisos sociales en Navidad
En cuanto a los compromisos navideños y cómo distinguir cuando se acude por la culpa, menciona que depende de las consecuencias. “Por ejemplo, en las familias hay historias de todo tipo y me encuentro muchos pacientes que se tienen que sentar en la misma mesa que su abusador. Lo que podemos hacer es intentar mirarlo desde fuera, ‘¿qué le diría a una amiga que se encuentra en esa situación?’. En la respuesta tenemos muchas veces la clave de lo que es respetarse a sí mismo”, recalca.
No obstante, en otras situaciones menos complicadas, propone colocar en una balanza ese deber: “Siempre digo que el número siete es mágico: si no me apetece nada, pero es muy importante para la gente que quiero, tengo que valorarlo. Si el esfuerzo es menor a siete, puedes ir y encontrar ese punto de equilibrio”.
Por último, habla de los regalos. "Hay personas para las que son importantes porque quizás siempre han celebrado la Navidad en su casa con muchos regalos, pero otras ni siquiera lo tienen en sus costumbres. Imponer un precio para un regalo faltaría a alguno de esos derechos asertivos", concluye.