Cómo distinguir si el dolor abdominal es por estrés o la señal de alerta de una enfermedad
El eje microbiota-intestino-cerebro es el responsable de que a menudo se sufra de molestias digestivas en momentos de malestar emocional causado por el estrés, la ansiedad o la tristeza
Es muy habitual que cuando los niños van a tener una situación de estrés, como un examen o una presentación delante de sus compañeros de clase, se levanten con dolor de tripa. Y no es algo que a los padres nos extrañe. De hecho, es sencillo achacarlo a ‘los nervios’.
Pues bien, es algo que también nos sucede a los adultos y que no siempre somos capaces de identificarlo con el estrés y la ansiedad. O incluso, a veces, con la tristeza. Es decir, con diversas emociones. Sin embargo, sí es cierto que existe una conexión muy estrecha entre el sistema digestivo y las emociones.
“Hoy sabemos que el intestino y el cerebro se comunican constantemente a través del llamado eje microbiota-intestino-cerebro, una red que incluye el sistema nervioso, el sistema inmunitario, las hormonas del estrés y los billones de bacterias que habitan en nuestro tubo digestivo”, afirma Cristina Carretero Ribón, portavoz de la Fundación Española del Aparato Digestivo (FEAD).
De hecho, este eje es la razón de que al intestino se le llame “el segundo cerebro”. “Contiene millones de neuronas que funcionan de manera autónoma, pero en permanente diálogo con el cerebro”, aclara la también especialista del servicio de aparato digestivo en la Clínica Universidad de Navarra. Y añade: “No piensa, pero sí siente y reacciona”.
Funciones digestivas alteradas
La motilidad intestinal (movimientos fundamentales para la digestión), la permeabilidad de la mucosa y la composición de la microbiota, relacionada con el estrés o las emociones negativas, pueden provocar síntomas como dolor abdominal, hinchazón o cambios en el ritmo intestinal, incluso sin una lesión visible.
El intestino contiene millones de neuronas que funcionan de manera autónoma, pero en permanente diálogo con el cerebro
Aunque es cierto que estos síntomas suelen fluctuar en intensidad y frecuencia según el nivel de estrés, ansiedad o depresión del paciente, y pueden empeorar en situaciones de tensión emocional. “Además, la coexistencia de síntomas digestivos con antecedentes de eventos estresantes, trastornos de ansiedad o depresión, y la ausencia de hallazgos patológicos en endoscopía o estudios de imagen, refuerzan el origen emocional”, declara Carretero Ribón.
¿Cómo saber si es por enfermedad orgánica?
La experta afirma que no es fácil distinguir si el origen de estos síntomas es emocional o si se deben a alguna enfermedad digestiva orgánica. Al menos no si nos fiamos únicamente de la clínica: “Los síntomas funcionales (dolor abdominal, distensión, náuseas, cambios en el hábito intestinal) pueden ser indistinguibles de los síntomas de patologías orgánicas, y la historia clínica por sí sola no sirve para diferenciarlos”.
Por eso, la especialista en digestivo recomienda estar atento a otro tipo de sintomatología, como pérdida de peso involuntaria, sangrado digestivo, anemia, fiebre, inicio de síntomas en mayores de 50-60 años, masa palpable, vómitos persistentes o dificultad progresiva para tragar.
Cuidar el estómago en momentos difíciles
Para la experta, el autocuidado y el estilo de vida salludables son esenciales de cara a mantener a raya este tipo de síntomas, sobre todo si se tienen antecedentes. “La actividad física regular (idealmente aeróbica, 3-5 veces por semana), el sueño adecuado y el manejo activo del estrés contribuyen a la regulación del eje cerebro-intestino y a la reducción de síntomas digestivos funcionales”.
Y en caso de que no controlar el estrés, se puede recurrir a “una terapia cognitivo-conductual, la hipnosis dirigida al intestino, el mindfulness y técnicas de relajación como la respiración diafragmática, la meditación y el yoga. Todas ellas han demostrado reducir la intensidad y frecuencia de los síntomas digestivos funcionales, mejorar la calidad de vida y disminuir el impacto emocional asociado”, concluye Cristina Carretero Ribón.
Es muy habitual que cuando los niños van a tener una situación de estrés, como un examen o una presentación delante de sus compañeros de clase, se levanten con dolor de tripa. Y no es algo que a los padres nos extrañe. De hecho, es sencillo achacarlo a ‘los nervios’.