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La paradoja de la amistad: cientos de amigos en redes y tan solo decenas en la vida real
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SOLEDAD ACOMPAÑADA

La paradoja de la amistad: cientos de amigos en redes y tan solo decenas en la vida real

Por muy alto que sea el número de contactos en redes, cada vez nos sentimos más solos. De hecho, vivimos en los albores de un nuevo fenómeno que los expertos llaman “soledad acompañada” y que está muy vinculado a las redes sociales

Foto: La mayoría de los jóvenes usan las redes sociales para relacionarse. (Freepik)
La mayoría de los jóvenes usan las redes sociales para relacionarse. (Freepik)

Tanto la comunidad científica como la sociedad en general coinciden en que las redes sociales lo han cambiado todo (o casi) en tan solo unas decenas de años. Facebook, Instagram, TikTok… se han ido filtrando en nuestras vidas poco a poco, alterando significativamente los modos y maneras que teníamos de relacionarnos con el mundo, e incluso, está llegando a destruir por completo antiguos conceptos como el de la amistad, creando otros muy distintos.

Una de las pruebas de que esta evolución está ocurriendo la tenemos en estudios como el publicado en el periódico The Guardian, donde sus autores señalan que el usuario medio acumula 121 amigos en línea, pero solo 55 en la vida real. Y es que el concepto de amistad hoy por hoy es muy distinto al de antes de las redes sociales.

Si echamos la vista atrás, no hace falta remontarse demasiados años para comprobar cómo ha cambiado el panorama. Una transformación con un origen multifactorial que la psicóloga clínica Laura García Agustín achaca sobre todo a “la digitalización de la vida cotidiana que ha convertido a las redes sociales en el espacio natural de interacción social, especialmente en las generaciones que han crecido ya dentro de ellas”.

Sin embargo, “también hay algo mucho más profundo y quizá más peligroso -continúa la experta-, también ha habido un cambio real en el modo de vincularnos. Las redes sociales ofrecen una ilusión de conexión sin el coste emocional que supone el contacto social real, esto es, gestionar el control del tiempo, del cuerpo (comunicación no verbal) y de la vulnerabilidad que supone exponerse en las interacciones reales, que no se pueden ‘editar’”.

placeholder Muchas de las amistades de los jóvenes son digitales. (Freepik)
Muchas de las amistades de los jóvenes son digitales. (Freepik)

Por otro lado, “vivimos en una cultura del rendimiento y de la exposición, donde se valora más ‘parecer conectado’ que estarlo de verdad. Esto genera vínculos cuantitativos (número de contactos) más que cualitativos (profundidad relacional). La soledad actual que se produce con mayor frecuencia en nuestra sociedad, paradójicamente, se está disfrazando de hiperconexión, que en realidad no es productiva”, concluye la psicóloga.

Lo auténtico no está reñido con lo digital

Según el estudio británico, existe una amplia brecha entre el número de amistades virtuales y reales, algo que resulta, como mínimo, significativo, y probablemente, sea síntoma de muchas otras cosas. Sin embargo, más que en la cantidad, donde la experta sugiere poner el foco es en la calidad de esos contactos y en el tipo de relación que establecemos con ellos. Es más, no hay por qué demonizar las amistades virtuales sin más, ya que “una amistad virtual puede ser tan real como una física si hay autenticidad, confianza, empatía y una comunicación productiva y sostenida en el tiempo” apunta García.

Ahora bien, “cuando las relaciones digitales sustituyen completamente la experiencia humana directa, empobrecen enormemente el desarrollo emocional, pues nos privan del lenguaje corporal, del tono, del contacto físico, del silencio compartido, de las risas contagiosas, etc., es decir, de lo que los psicólogos llamamos presencia vincular. En conclusión, -remarca la psicóloga- no es malo a priori tener amigos digitales. Lo que resulta profundamente peligroso es reemplazar por completo toda intimidad real por vínculos mediados por una pantalla”.

Más cosas malas que buenas

Cuando eso ocurre, es decir, cuando las relaciones personales son 100% digitales, nos exponemos a importantes riesgos de salud mental, que la experta resume en estos cinco peligros emocionales:

  • Empobrecimiento emocional: se limita la capacidad de tolerar la intimidad, de compartir emociones, de desarrollar la empatía y las habilidades sociales necesarias para manejar el conflicto y la gestión de la vulnerabilidad humana tan necesaria para establecer el vínculo con el otro.
  • Aislamiento encubierto: se sustituye la compañía real por conexiones superficiales que fomentan la percepción y el sentimiento de soledad.
  • Distorsión del yo: la identidad termina construyéndose en función de la imagen que proyectamos con el otro, pero no a través de una vivencia real y auténtica por lo que la percepción y el desarrollo del yo se distorsionan enormemente.
  • Falsa sensación de pertenencia, puesto que la comunidad digital de la que se forma parte puede desaparecer con un solo clic.
  • Aumento de la ansiedad social: cuanto más se evita el contacto físico directo, más temor genera después.

Frente a esta retahíla de efectos negativos relacionados con el exceso de relaciones a base de conexión vía internet, la experta muestra otros aspectos positivos que podrían vincularse a las amistades digitales:

  • Facilitar el contacto con personas afines cuando el entorno físico no lo permite.
  • Romper el aislamiento en personas con ansiedad social, movilidad reducida o en contextos rurales más restringidos.
  • Favorecer el intercambio intelectual o emocional entre personas de distintas culturas.
  • Servir como puente hacia relaciones presenciales.

En conclusión, “podríamos decir que las relaciones virtuales no deberían ser el destino, sino el puente para llegar a él”, concluye.

¿Por qué el cara a cara es mejor?

Si comparamos las amistades digitales con las reales es fácil encontrar numerosas diferencias, las cuales van mucho más allá del simple modo en que nos comunicamos. “La amistad presencial involucra todos los canales de la comunicación verbal y no verbal, por lo que la experiencia es enormemente más rica y variada: contacto visual, tacto, tono y volumen de voz, expresión corporal, sintonización emocional”, resume la experta.

Además, “las relaciones virtuales, por muy intensas que puedan llegar a ser, carecen casi absolutamente de esa información sensorial y afectiva”, añade.

En la consulta la psicóloga observa cómo muchas personas tienden a idealizar las amistades digitales, “principalmente porque se acaba construyendo al otro con suposiciones o creencias que en muchas ocasiones acaban siendo erróneas, en base a una información muy inmediata, pero muchas veces muy superficial y muy poco profunda. Y se confunde mucha información con conocimiento del otro, pero no es lo mismo”, recalca.

Por otro lado, las amistades reales “se cocinan” más lentamente. En palabras de Laura García Agustín: “se elaboran con más capas de información que se van sumando de forma más gradual y profunda y eso nos ‘obliga’ a tolerar lo imperfecto, lo cotidiano, incluso a veces, lo incómodo porque todo es más gradual, más pausado, y eso permite la tolerancia a la frustración, la demora de gratificaciones y pequeñas decepciones, que permiten humanizar al otro en lugar de idealizarlo”.

ChatGPT, el nuevo “mejor amigo” de muchos jóvenes (y no tan jóvenes)

Por último, a la lista (más o menos larga) de amigos virtuales, en los últimos meses muchas personas han incorporado uno más, ChatGPT. Este hecho está alcanzando la categoría de fenómeno social por la rapidez e intensidad con que se está produciendo. Tanto es así, que para la experta se trata de un fenómeno fascinante y preocupante.

Lo que está sucediendo es que “personas jóvenes (y no tan jóvenes) están experimentando una conexión emocional muy potente con la Inteligencia Artificial que responde a una profunda carencia emocional estructural en la sociedad actual que se está construyendo y que fomenta la falta de escucha empática y de una presencia emocional real. Y eso no solo es profundamente triste sino altamente preocupante como sociedad”, describe García.

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“ChatGPT (y modelos similares) ofrecen algo que muchos no encuentran en otros lugares (y ya es tremendamente lamentable), y es atención incondicional, disponibilidad constante y absoluta, y ausencia de juicios de valor. Esto, tristemente, satisface necesidades reales básicas de apego que no han sido cubiertas, pero claro está de forma ilusoria”, se lamenta la experta quien considera que “el auténtico peligro está en la sustitución de la relación humana por una relación sin reciprocidad real. La IA no tiene una historia emocional, no se transforma, no sufre ni se alegra contigo. Puede simular empatía, pero no la siente. Esto puede derivar en un apego parasocial, ficticio e irreal, que desemboca en una dificultad para construir vínculos humanos auténticos y en casos extremos, dependencia emocional con un interlocutor inexistente”.

Parece, por tanto, que estamos ante una nueva forma de soledad que la experta llama “soledad acompañada” y que cada vez se observa con mayor frecuencia, ya que “lamentablemente, vivimos un tiempo de vínculos irreales y pantallas que actúan como espejos emocionales. No se trata de demonizar la tecnología, sino de recuperar el arte del encuentro, de defender la vuelta de la conversación cara a cara, la que a la larga favorece la amistad real donde la mirada sostenida, el cuerpo presente y los espacios de silencio compartido, generan vínculos reales y sólidos. La tecnología puede acompañarnos, pero nunca debe sustituirnos. Porque ninguna inteligencia artificial —por más brillante que sea— puede ofrecernos lo que solo un ser humano puede dar: presencia emocional, reciprocidad y ternura real”.

Tanto la comunidad científica como la sociedad en general coinciden en que las redes sociales lo han cambiado todo (o casi) en tan solo unas decenas de años. Facebook, Instagram, TikTok… se han ido filtrando en nuestras vidas poco a poco, alterando significativamente los modos y maneras que teníamos de relacionarnos con el mundo, e incluso, está llegando a destruir por completo antiguos conceptos como el de la amistad, creando otros muy distintos.

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