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Donar tras una eutanasia: gracias a Ana se pudieron trasplantar órganos a cinco personas
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Donar tras una eutanasia: gracias a Ana se pudieron trasplantar órganos a cinco personas

Braulio de la Calle, coordinador de trasplantes en el Hospital General Universitario Gregorio Marañón, afirma que suele ser más común que en personas que han fallecido sin la prestación de ayuda para morir

Foto: Ana recibió la eutanasia a los 28 años. (Cedida)
Ana recibió la eutanasia a los 28 años. (Cedida)
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Ana Segundo Urbano nació con un mielomeningocele lumbosacro, una espina bífida. A pesar de ello, llevaba una vida “bastante normal” dentro de lo que cabe. Eso sí, con horas y horas de rehabilitación, con férulas y operaciones traumatológicas, además de complicaciones que afectaban, por ejemplo, a sus riñones. Sin embargo, sus padres, Salvador y Puri, recuerdan que en 2013 se le volvió a hacer un segundo mielo y se le empezó a acumular líquido en la zona lumbar.

Fue entonces cuando su médico decidió operar, pues ese líquido estaba presionando la médula y, como consecuencia, estaba empeorando. Pero hubo complicaciones y tras ellas vinieron varias intervenciones más. Tras más de dos años entrando y saliendo del hospital, consiguieron que “funcionara”. Sin embargo, todo el proceso vivido, con meningitis incluidas, derivó en la formación de quistes y en una aracnoiditis.

“La aracnoiditis empezó muy rápido, iba subiendo de forma muy rápida por las vértebras y llegó un momento en el que ella sufría dolores neuropáticos, que no conseguíamos que se calmaran, ni con paliativos. Y en un momento determinado, ella se enteró de cuál podría ser su final y que seguramente moriría asfixiada”, relata su madre Puri.

El dolor era insoportable, no había ningún tipo de solución, ni iba a curarse, ni siquiera a mejorar. Ana, años atrás, ya comentó que ella no quería estar postrada en una cama sin poder mover más que los ojos. Y con 27 años pidió la eutanasia. Durante el protocolo, tal y recuerdan sus padres, “no agotaron tiempos porque se ve que lo tenía todo el mundo muy claro”. Cuando falleció, en 2023, donó todos sus órganos.

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Esta es la historia de Ana contada por sus padres este viernes en el XX Encuentro entre profesionales de la comunicación y coordinadores de trasplantes, organizado por la Organización Nacional de Trasplantes (ONT). Braulio de la Calle, coordinador de trasplantes del Marañón y el médico que encargado la donación de Ana, explica a El Confidencial que el procedimiento de donación de órganos, tanto si es después de una prestación de ayuda a morir, como no, se llama donación en asistolia y el método es “exactamente el mismo”: el paciente ha de fallecer por parada cardiaca, no por muerte cerebral y esto implica que hay que realizar una serie de medidas de preservación de los órganos para luego continuar con el proceso.

En el caso de Ana y de otros donantes en la misma situación ha de ser la persona interesada en ser donante quien lo comunique. “En determinados momentos dentro del proceso de autorización de realización de la prestación de ayuda a morir, cuando ya se ha prácticamente completado y el paciente se reitera en la decisión de acogerse a ella, es cuando nos ponemos en contacto con los equipos de coordinación de trasplantes para informarle más detenidamente lo que implica la donación, para pedirle que aclare todas sus dudas, que haga todas sus preguntas, reflexione y en un momento más avanzado se comprueba que la persona se reitera en su decisión y ya se autoriza la donación formal y documentalmente”, detalla.

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Además, destaca que probablemente sean más, en proporción, los que donan órganos tras una eutanasia que los que mueren de otras maneras. Como Ana era una persona joven, apenas tenía 28 años, pudo donar todos los órganos, es decir, gracias a su acto, cinco personas recibieron un trasplante de órganos y dos más de tejidos.

Donar órganos es algo que Ana siempre quiso. Sus padres son donantes “de toda la vida” y ella se crió con la idea de que era muy importante “y digno de hacerse”. “Cuando cumplió los 18, lo primero que pidió fue hacerse donante de órganos y de sangre. La idea de su vida era que esa: en el momento en el que ella no pudo más y se planteó solicitar la eutanasia, una de las cosas que dijo es que sabía diferenciar entre eso y la donación y que cuando falleciera quería que sus órganos sirvieran. ‘Ya que a mí no me van a servir, pues que puedan dar la oportunidad de curar o que alguien pueda tener la vida que yo no voy a tener’, decía”, recuerda Puri.

Además, toda esta situación coincidió con que un familiar suyo estaba a la espera de poder recibir un pulmón. Cuando Ana se despidió de esta persona, pues también estaba ingresada, le dijo que era una pena que ella misma no pudiera donarlo, “pero esto no funciona así y es como debe ser”. Sus padres matizan que a continuación aseguró que si hay algo en algún lado, ella estaría pendiente para que alguien le donase lo que necesitase. “Muy poquito después apareció un donante para nuestro familiar y pudo recuperarse. Entonces, ella estaba especialmente motivada porque sabía que lo iba a hacer, iba a servir para alguien como nuestro familiar”, afirman.

placeholder Salvador, Puri y Ana. (Cedida)
Salvador, Puri y Ana. (Cedida)

Salvador recuerda un momento “muy importante” tras el fallecimiento, apenas dos meses después, cuando recibieron una carta de la persona que llevaba el corazón de su hija. Como no podía ser de otra manera, todo fue anónimamente: el receptor le hizo llegar una carta al doctor De la Calle, quien posteriormente se la dio a él y su pareja. Aquel testimonio lo califican de “muy consolador”.

“Aquello llegó en medio del dolor porque al principio es todo muy intenso, no hay nada que te pueda consolar. Son muchos los recuerdos y el afán que ella tenía era precisamente ese y que esa persona pudiera tener una vida como la que ella había tenido para nosotros fue balsámico”, recuerda el padre, visiblemente emocionado.

A ambos hay un momento que les quedó grabado, que fue oír como el monitor que estaba conectado a su hija emitía sonidos cada vez más lentos y esparcidos en el tiempo. “Ese latido va a volver a sonar, nosotros ya no lo vamos a oír, pero va a haber otro sonido en otro quirófano donde empezará a sonar. En el final de la carta había un párrafo en rojo y la persona que lo escribió decía que iba a cuidar ese corazón, que iba a darle todas las posibilidades gracias a la donación y que se lo agradecía en el mismo color sangre que ahora corría desde su corazón por todo su cuerpo”, rememora Puri.

Ana Segundo Urbano nació con un mielomeningocele lumbosacro, una espina bífida. A pesar de ello, llevaba una vida “bastante normal” dentro de lo que cabe. Eso sí, con horas y horas de rehabilitación, con férulas y operaciones traumatológicas, además de complicaciones que afectaban, por ejemplo, a sus riñones. Sin embargo, sus padres, Salvador y Puri, recuerdan que en 2013 se le volvió a hacer un segundo mielo y se le empezó a acumular líquido en la zona lumbar.

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