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El taller reparador de órganos que los mejoraría antes de un trasplante
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'Bajo el microscopio'

El taller reparador de órganos que los mejoraría antes de un trasplante

Un estudio internacional, liderado por investigadores españoles, acerca la posibilidad de que muchos riñones no trasplantables con los criterios actuales, puedan ser reparados en el futuro utilizando organoides

Foto: Foto de archivo de un trasplante. (Getty Images/Christopher Furlong)
Foto de archivo de un trasplante. (Getty Images/Christopher Furlong)

Según datos de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), en 2024 se extrajeron 4.657 riñones de personas fallecidas que habían donado sus órganos, con miras a ser trasplantados. De ellos se utilizaron finalmente 3.656, mientras que 1.001 (22%) tuvieron que ser desechados. Es decir, más de mil riñones se descartaron en un solo año, cerca de la cuarta parte de los extraídos, por motivos muy diversos, aunque con una misma línea argumental: los donantes de órganos son cada vez de mayor edad y tienen más factores de riesgo asociados como hipertensión, diabetes y otras patologías.

Tiene que ser así porque de seleccionar tan solo el “donante ideal” no habría órganos para trasplante más que en muy pequeña cantidad y muchos enfermos se quedarían fuera. Hay que apurar al máximo porque en este mismo año 2024, el 59% de los donantes tenían más de 60 años, el 31% más de 70 y el 5% más de 80 años, con casos puntuales por encima de noventa, casi siempre donantes hepáticos. Por el contrario, los menores de 45 años fueron tan solo un 13%, ya que afortunadamente y como en todo país desarrollado, la mortalidad a esas edades es muy reducida.

En esta situación, cualquier esfuerzo para reducir este porcentaje de riñones desechados (con otros órganos el fenómeno es similar, aunque cada uno con sus características particulares) debe ser bienvenido. Hasta ahora, la mayoría de los esfuerzos para mejorar la calidad de los riñones a trasplantar se han centrado en la prevención del daño que sufren los mismos durante la muerte del donante y el periodo que transcurre hasta la extracción quirúrgica y su posterior implante en el receptor. Un buen mantenimiento hemodinámico del donante por parte del intensivista es fundamental, evitando en lo posible las caídas de presión arterial que pueden dañar seriamente los diversos órganos. De igual manera, la reducción al mínimo posible del tiempo transcurrido entre la extracción y el trasplante (la llamada isquemia fría) es igualmente aconsejable para prevenir el daño renal.

A ello se han unido, de una forma cada vez más generalizada en la práctica diaria, las máquinas de perfusión, unos dispositivos que inyectan líquido de conservación a los riñones ya extraídos, con miras primero a conservarlos mejor, aunque transcurra un periodo prolongado de isquemia fría, y después a intentar optimizar las condiciones del órgano con una buena perfusión y el añadido de fármacos que puedan mejorar el estado del mismo.

Foto: (EFE)

Aunque históricamente han sido muchos los tipos de máquinas empleadas (las primeras son de los años setenta) y los líquidos de conservación utilizados, la tendencia actual, sobre todo en España, donde se ha dado un fuerte impulso a esta técnica es la perfusión normotérmica. Se trata de un procedimiento de preservación en la que el órgano se mantiene fuera del cuerpo y se perfunde con una solución oxigenada a temperatura corporal (aproximadamente 37 °C) simulando condiciones fisiológicas del cuerpo humano. Este método utiliza sangre compatible o soluciones con transportadores de oxígeno y permite la evaluación funcional del órgano antes del trasplante midiendo una serie de parámetros. A diferencia de la preservación en frío que se hacía antes, reduce el daño del órgano, mejora su calidad, sobre todo en órganos “límite”, aumenta el tiempo disponible para desplazamientos y permite intervenciones terapéuticas directas sobre el mismo. Es la base de un taller de reparación de órganos que va a tener cada vez más relevancia a la vista de la evolución del tipo de donante.

Y en esta línea de ir añadiendo futuras herramientas para estos talleres, se acaba de publicar un prometedor estudio fruto de la cooperación de un buen número de instituciones españolas e internacionales, lideradas por el Instituto de Bioingeniería de Cataluña y entre las que figura la ONT y el Instituto de Salud Carlos III, sobre un tema como son los organoides, de gran actualidad y con un gran futuro potencial.

Los organoides son versiones reducidas y simplificadas de un órgano humano que se cultivan en el laboratorio y que están compuestos por distintas células organizadas en estructuras tridimensionales de pequeño tamaño que pueden ir de micras a centímetros similares a los tejidos u órganos vivos, en este caso el riñón. Ya nos ocupamos en estas páginas de ellos el pasado año a raíz de un estudio japonés en el que utilizaba organoides hepáticos en ratones para intentar revertir la fibrosis hepática, que es una causa creciente de trasplante hepático entre los enfermos que acceden a una lista de espera. Su utilidad en la prueba de nuevos medicamentos está más que demostrada.

Los resultados del estudio español

En este caso, el estudio español apunta dos logros muy significativos. Por una parte, describe por vez primera un método sistemático para producir estos organoides renales humanos en cantidades significativas y de una forma asequible, utilizando técnicas de microagregación e ingeniería genética. Además, y esto es muy relevante para el tema que tratamos aquí, han conseguido infundir organoides renales humanos mediante máquinas de perfusión normotérmica de las utilizadas habitualmente en clínica, en riñones porcinos, y que tras el trasplante de estos riñones porcinos modificados a otros cerdos, los organoides humanos infundidos persistieran integrados en el tejido renal porcino, manteniendo su viabilidad y sin desencadenar respuestas inmunes significativas.

Este experimento podría abrir la puerta a un procedimiento para reparar riñones y mejorar su viabilidad antes del trasplante. Obvio es decir que estamos aún en una fase preclínica y todavía muy incipiente, pero el hecho de poder disponer fácilmente y en abundancia de estos organoides renales podría acelerar su traslado a la clínica, aparte del hecho de que la utilización de las máquinas de perfusión permite introducirlos en el parénquima renal y evaluar perfectamente los cambios inducidos por los mismos en el riñón “en vías de reparación”. Los talleres rescatadores de riñones están cada vez más cerca y con ellos una mayor posibilidad de trasplante para los insuficientes renales.

Según datos de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), en 2024 se extrajeron 4.657 riñones de personas fallecidas que habían donado sus órganos, con miras a ser trasplantados. De ellos se utilizaron finalmente 3.656, mientras que 1.001 (22%) tuvieron que ser desechados. Es decir, más de mil riñones se descartaron en un solo año, cerca de la cuarta parte de los extraídos, por motivos muy diversos, aunque con una misma línea argumental: los donantes de órganos son cada vez de mayor edad y tienen más factores de riesgo asociados como hipertensión, diabetes y otras patologías.

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