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En los hospitales también se roba (y los sanitarios solo podemos advertirlo)
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'¿Qué te pasa, doctor?'

En los hospitales también se roba (y los sanitarios solo podemos advertirlo)

Sí, han leído bien. En los hospitales también se roba. Y no solo gracias a bandas organizadas (que las hay), a veces los hurtos vienen de las personas más insospechadas

Foto: Imagen de una habitación de un hospital. (EFE)
Imagen de una habitación de un hospital. (EFE)

El otro día leo la siguiente noticia: el dueño de una cafetería cobró 450 euros por un desayuno a un anciano asiduo del establecimiento. Parece un titular sensacionalista, pero es real. La crónica del suceso es aún peor; el tipo llevaba ya un tiempo haciéndolo; al principio cobrando de más, pero en pequeñas cantidades, y luego, al ver que la maniobra diaria surtía efecto, cada vez más cuantías, hasta superar los cuatrocientos euros por un café y una pieza de bollería. Su modus operandi consistía en decirle al anciano que el datáfono no tenía cobertura y que debía cobrarle dentro, en la trastienda, donde el infame marcaba los dígitos que mejor le convenían. No creo que haya persona de bien que no se soliviante al conocer esta historia. Al terrible hecho de hurtar dinero a alguien abusando de su confianza, se une la coyuntura miserable de querer aprovecharse de una persona que, dada su avanzada edad, tiene mermados sus reflejos, su intelecto y sus capacidades.

Robar al desvalido es una infamia. Propio de cobardes, de rastreros, de personas indignas, sin ética, sin moral, sin escrúpulos, sin conmiseración. En este punto, hasta una sociedad como la nuestra, dividida en dos bandos bien definidos, está de acuerdo. Estamos hablando de una persona mayor que puede ser nuestro padre, nuestro abuelo, o nosotros mismos en unos pocos años; que subsiste con una pensión, muchas veces paupérrima, después de partirse la espalda trabajando toda una vida. En este punto todos coincidimos: hay que ser muy mala persona para cometer tal fechoría.

A veces los robos no nos parecen tan mal. Los seres humanos idealizamos y comprendemos las motivaciones del pobre que se pone una media en la cabeza y atraca a un banco. “Lo hice para comer” declarará el ladrón enmascarado cuando este sea detenido. Porque, no se engañen, estos son siempre arrestados; son a ellos y no a los otros, los que atracan con chaqueta y corbata, a los que la ley atrapa y condena a un castigo ejemplar. A algunos les encantan las leyendas tipo Robin Hood, en las que quien roba lo hace a los ricos para repartirlo entre los pobres. Otros admiten la existencia de individuos que se aprovechan del poder otorgado en las urnas para llenarse los bolsillos (“todos roban”, asumimos como método de consolación).

Sin embargo, ante los atracos cometidos sobre los débiles, los ancianos, los desvalidos, todos reaccionamos de la misma manera: incomprensión, rabia y aturdimiento. Es imposible racionalizar que alguien tire del bolso de una anciana y la arrastre por la acera (esta ya ni tiene reflejos para soltarlo y dejar que se lo lleve) y le produzca lesiones por cuatro cuartos de pensión que ha cobrado ese mes.

¿Cuándo hemos construido una sociedad que permite que existan seres capaces de tal repugnante actuación?

Estamos, pues, de acuerdo en que robar al desvalido es de lo peor que un ser humano puede hacer con un congénere, y que quien lo hace merece un castigo equivalente a tal execrable acción. Pero, ¿qué me dirán entonces de quienes acuden, a propósito, a un hospital, para robar las pertenencias de quien convalece de una grave enfermedad? ¿Qué podemos opinar de quienes desvalijan a los ancianos hospitalizados? ¿Cuándo hemos construido una sociedad que permite que existan seres capaces de tal repugnante actuación?

En los hospitales, desgraciadamente, también se roba. Hay sujetos que pululan por las plantas haciéndose pasar por familiares o enfermos despistados, y que, de manera disimulada, acceden a las habitaciones para sustraer lo que el enfermo ha dejado encima de la mesita, despreocupado, con la tranquilidad lógica de aquel que piensa que “quien está ingresado bastante jodido está como para que nadie sea capaz de joderlo aún más”. Pero los hay. Lo sabemos. Son un cáncer de difícil extirpación.

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Desde hace muchos años, advierto a todos los pacientes que ingresan, que controlen sus pertenencias, como si fuera un aeropuerto o una estación de tren o autobús. Ellos reciben la noticia con cara de asombro, admirados de que tal circunstancia pueda ser posible. Yo he visto a ancianos ingresados que han ido al baño o a caminar por el pasillo y cuando han vuelto a su sitio, su móvil ya no estaba. Se han dado casos de pacientes a quienes les han hurtado dinero, relojes, tabletas, teléfonos inteligentes, o cualquier otro tipo de pertenencia que se puedan imaginar, y que se han desvanecido en cuestión de segundos, en un ambiente que se presupone de sanación, de confort para el enfermo y, cómo no, de seguridad.

Sabemos (o suponemos), que hay bandas organizadas que se dedican a estas innobles artes. De la misma manera que existen pandillas que operan en el metro o en los pasos de cebra de zonas turísticas y populosas, también las hay destinadas a trabajar en los hospitales. Quizás el personal que trabaja en los centros hospitalarios tengamos parte de culpa, al no reparar en los detalles. Estamos siempre imbuidos en una rutina diaria en la que cruzarte a cada instante con gente que no conoces de nada es normal, puesto que asumes que son familiares de visita o pacientes yendo a alguna consulta. No somos policías. Se dice que con un peto y una escalera plegable al hombro se puede entrar en el lugar más recóndito y vigilado de nuestro entorno.

Tenemos reciente el robo en el Museo del Louvre, donde unos supuestos operarios entraron hasta la cocina de una de las pinacotecas más importantes del planeta sin que nadie se cuestionase si aquello era sospechoso o no. En la magistral película “El golpe” unos individuos que portan un cubo de pintura y una escalera (miembros del clan de estafadores) entran en una oficina donde toman posesión de la misma para sus propósitos. En este caso en concreto, ellos son los buenos, puesto que quieren estafar a un villano que lo merece, y el espectador se congratula que la picaresca sirva de venganza. En el cine las víctimas suelen ser los malos, no los buenos. En la vida real no. Las víctimas son siempre los mismos, los ancianos, los despistados, los muy enfermos.

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Ante este tipo de hechos delictivos en hospitales, a uno apetece dejar de ser humano. La palabra "hospital" proviene del latín “hospitale”, que significaba "casa de huéspedes" o "alojamiento". Nada de eso parece ablandar las intenciones de los amigos de lo ajeno. En ocasiones los trabajadores descubrimos que los robos son causados por los propios familiares de otros enfermos hospitalizados. Hablo de un hijo que tiene a su padre hospitalizado y que aprovecha la convalecencia de su progenitor para hurtar al compañero de habitación o los vecinos de habitaciones colindantes. A los padres de otros, dolientes, vulnerables. ¿Qué podemos hacer los sanitarios? Poco. Ante la imposibilidad de demostrar, y mucho menos de denunciar o acusar, solo podemos recomendar a la víctima que tenga cuidado la próxima vez y que no se deje nada a la vista. En el caso de que se trate de un anciano con demencia senil, nos queda el recurso de hablar con los familiares para que controlen situación.

Los hospitales están dotados de un personal de seguridad que nos ayuda y protege en todo momento, pero que, a veces, se ve imposibilitado de actuar, puesto que está fuera de sus capacidades profesionales. El control de flujo de familiares que acuden a los centros médicos es algo que, de manera histórica, se ha intentado de muchas maneras, a través de pases, evitando el exceso de personas que circulan por los centros, etc., pero no es sencillo de manejar. Además, en nuestro país se permite que los familiares se queden a pasar la noche con sus seres queridos hospitalizados, circunstancia esta que supone cierta brecha de seguridad por donde se cuelan los desalmados.

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No piensen que los sanitarios y resto de trabajadores estamos exentos de que se nos robe. Se han dado casos de bandas que han entrado en los vestuarios de quirófano y han abierto las taquillas con una palanca en cuestión de minutos. Y no lo han hecho con nocturnidad, sino a media mañana, en hora punta, incluso. Pueden aparecer con traje y corbata y maletín, y hacerse pasar por representantes de la industria farmacéutica. Es muy normal ver en el vestuario a gente que no conoces que han venido para temas profesionales. No es nada sospechoso. Pues bien, sacan la palanca del maletín y en cuestión de minutos sustraen todo aquello que les ha parecido de valor, lo esconden en el maletín y adiós muy buenas.

Es conocido en el mundillo de los quirófanos la máxima de que, en los vestuarios y en los armarios no se debe de dejar nunca nada de valor. En un centro donde trabajé se produjeron hurtos en el vestuario de quirófano. Un día era un cinturón, otro una americana, unos zapatos, una cartera… Eran esporádicos y poco escandalosos. Tras unas comprobaciones se descubrió que un residente se dedicaba a equiparse con aquello que iba encontrando a su paso y le apetecía en ese momento. Fue despedido, como es obvio. Otro día, a una anestesista, le sustrajeron el móvil dentro de quirófano en plena cirugía. ¿Cómo fue posible en un espacio tan pequeño? Se descubrió que había sido un estudiante que rotaba de prácticas. ¿Qué catadura moral tiene un sujeto que le hace eso a un futuro compañero? Estamos hablando de un tipo con edad legal para otras cuestiones, no de un menor de edad. ¿Qué le han enseñado en su casa sus progenitores? ¿Qué hará en un futuro?

Si me permiten un consejo: en el hospital, mantengan las pertenencias vigiladas. Sean usuarios, visitantes, o trabajadores.

Que se mejoren.

El otro día leo la siguiente noticia: el dueño de una cafetería cobró 450 euros por un desayuno a un anciano asiduo del establecimiento. Parece un titular sensacionalista, pero es real. La crónica del suceso es aún peor; el tipo llevaba ya un tiempo haciéndolo; al principio cobrando de más, pero en pequeñas cantidades, y luego, al ver que la maniobra diaria surtía efecto, cada vez más cuantías, hasta superar los cuatrocientos euros por un café y una pieza de bollería. Su modus operandi consistía en decirle al anciano que el datáfono no tenía cobertura y que debía cobrarle dentro, en la trastienda, donde el infame marcaba los dígitos que mejor le convenían. No creo que haya persona de bien que no se soliviante al conocer esta historia. Al terrible hecho de hurtar dinero a alguien abusando de su confianza, se une la coyuntura miserable de querer aprovecharse de una persona que, dada su avanzada edad, tiene mermados sus reflejos, su intelecto y sus capacidades.

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