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Más allá de los jóvenes: la otra cara de los trastornos alimentarios se da a partir de los 60
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SÍNTOMAS Y TRATAMIENTO

Más allá de los jóvenes: la otra cara de los trastornos alimentarios se da a partir de los 60

Problemas como la falta de apetito pueden poner en jaque la salud de las personas mayores si no se actúa a tiempo. Identificar los síntomas es clave para evitarlo

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Sin restarle ni un ápice de importancia a los trastornos alimentarios entre los jóvenes y adolescentes, lo cierto es que existe una realidad similar muy vinculada a esta, y de la que apenas se habla, nos referimos a los trastornos de la alimentación a partir de los 60 o 65 años. En concreto, el más extendido tiene que ver con la pérdida de apetito en distintos grados, hiporexia (disminución) y anorexia (ausencia).

Además, a esa falta de foco en los trastornos alimentarios en los mayores, se suma un escaso interés científico por estudiarlos. Una de las consecuencias de esta situación es que, mientras que en lo que a los adultos mayores se refiere, nos movemos prácticamente a ciegas. “Es difícil conocer la prevalencia real de la anorexia nerviosa o la bulimia en ancianos, porque al considerarse trastornos que afectan a población más joven apenas hay estudios.

En todo caso, sí se sabe, por ejemplo, que la anorexia es una enfermedad que presenta una alta cronicidad, por lo que un porcentaje no despreciable de las personas que la padecen muestran conductas anormales de la alimentación décadas después del diagnóstico inicial y, en otros casos, hay pacientes que desarrollan la enfermedad por primera vez en edades más tardías, a menudo en el contexto de un evento estresante o un trastorno afectivo”, sostiene el doctor Abel González González, profesor del Departamento de Ciencias de la Salud de la Universidad Europea Miguel de Cervantes (UEMC) de Valladolid.

Por otro lado, el experto señala la necesidad de “diferenciar entre trastornos alimentarios en general, de origen multicausal en cualquier etapa de la vida, y los trastornos de la conducta alimentaria (TCA), que es una entidad nosológica de origen mental (que engloba a la anorexia nerviosa, la bulimia, el trastorno por atracón y las formas atípicas de los TCA), que comienza muy frecuentemente en el periodo de la peri-adolescencia, pero que también puede diagnosticarse en población geriátrica”.

La desnutrición, especialmente peligrosa en estas edades

Teniendo en cuenta esta distinción, en el marco de los trastornos alimentarios en los mayores, según el experto, “la pérdida de apetito, en distintos grados: hiporexia (disminución) y anorexia (ausencia), por diferentes causas, es el principal trastorno alimentario”.

Y advierte que, “aunque la desnutrición es la consecuencia más preocupante de los trastornos alimentarios en cualquier edad, en el caso de los ancianos lo es todavía más, ya que incrementa la morbimortalidad de la persona que lo sufre”.

Foto: Foto: Europa Press/Archivo/David Zorrakino.
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Por eso, es importante actuar ante la aparición de los primeros indicios de que algo no va bien. En este sentido, “el principal signo objetivo de alerta de un trastorno alimentario en un anciano es la pérdida de peso involuntaria (no asociada a ningún plan dietético que busque perder peso en el contexto de una obesidad previa o una diabetes mellitus tipo 2, por ejemplo)”, apunta González.

Anorexia propia de la vejez

En cuanto a las causas que podrían explicar un trastorno alimentario pasados los 60, lo habitual es que no estén relacionados con la apariencia física, como sí ocurre entre los más jóvenes. El origen entre las personas de edad avanzada está vinculado a los factores metabólicos, gastrointestinales y psicológicos que afectan a la regulación del hambre y la saciedad.

Así, “se conoce una anorexia relacionada con el proceso del envejecimiento, que condiciona una pérdida de peso en la población geriátrica y que está causada por alteraciones sensoriales (sobre todo del gusto y del olfato), disminución en su capacidad de masticación y enlentecimiento del vaciado gástrico (que provoca una saciedad precoz), entre otros aspectos”.

Foto: Foto de archivo de dos ancianos en Benidorm. (Sergio Beleña)

Pero “también existen otros factores sociales, psicológicos (depresión, demencia, incluso trastornos de conducta alimentaria, etc.), enfermedades médicas que pueden afectar de distintas manera al estado nutricional como enfermedades pulmonares crónicas o enfermedades cerebro vasculares o el consumo de fármacos, algunos con efecto negativo sobre el apetito, que son claramente más prevalentes en la población geriátrica y que, de forma aislada o asociada, pueden provocar pérdida de peso y desnutrición”, aclara el experto.

Priorizar las apetencias personales

Si respecto a los desencadenantes de un trastorno alimentario entre jóvenes y mayores, el doctor señala claras diferencias de diversa índole, no ocurre lo mismo al hablar sobre el tratamiento a seguir para su resolución, ya que, suele ser el mismo, independientemente de la edad. Eso sí, “hay que intentar individualizar el tratamiento todo lo posible”, remarca.

Por tanto, llevar una dieta ajustada a la edad puede ser un buen complemento para recuperar la salud. En este sentido, el único aspecto concreto que González cree que debería tenerse en cuenta en la alimentación enfocada a las personas mayores es que “en la preparación de la dieta sería importante contemplar la preferencia de sabores y la textura de la dieta para intentar que estas personas sean capaces de ingerir lo necesario para cubrir sus necesidades de calorías y nutrientes para mantener la salud”. En todo lo demás, las pautas a seguir no serían distintas a las de cualquier persona adulta: “Una dieta variada basada, en lo posible, en alimentos naturales, con verduras y frutas de temporada, limitando los alimentos ricos en carbohidratos (sobre todo los de absorción rápida) y en grasas saturadas y evitando los alimentos procesados”, resume el experto.

Sin restarle ni un ápice de importancia a los trastornos alimentarios entre los jóvenes y adolescentes, lo cierto es que existe una realidad similar muy vinculada a esta, y de la que apenas se habla, nos referimos a los trastornos de la alimentación a partir de los 60 o 65 años. En concreto, el más extendido tiene que ver con la pérdida de apetito en distintos grados, hiporexia (disminución) y anorexia (ausencia).

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