Cuando tienes fobia al movimiento: "Siento un dolor como si un dragón me quemara las piernas y las masticara a la vez"
La kinesiofobia es definida como el miedo a moverse. Es muy frecuente, aunque en diferentes grados, en los pacientes que sufren dolor crónico
La vida de Isabel Piqueras era como la de cualquier otra joven en su treintena hasta que, en 2010, su vida dio un giro de 180º, cuando padeció el síndrome de cauda equina y, como consecuencia, se tuvo que operar por una hernia discal lumbar de urgencia. La cirugía salió bien, pero cicatrizó “muchísimo” y, como consecuencia, sufre un atrapamiento de los nervios que le provoca un dolor “muy fuerte, incapacitante y refractario” de cintura para abajo.
Desde entonces, forma parte de su día a día y empeora considerablemente cuando apoya su pie izquierdo. “El dolor es punzante, como si un dragón me quemara las piernas, me las arrancara y las masticara a la vez”, describe. Además, también sufre crisis, de cuatro a seis diarias. Para poder gestionarlas, es fundamental su perro de asistencia, Luca, quien las detecta antes de que ocurra y evita que pierda la conciencia y sufra un accidente.
Cuando lo hace, le lame la pierna, ella adopta la postura de seguridad —porque sabe que en 20 o 30 minutos, como mucho, comenzará a sufrir una crisis— y toma alguna de las dos medicaciones de rescate que tiene, una de ellas, morfina. Aun así, no siempre funciona y se desmaya. Además, no puede faltar, además de Luca, su muleta y desde hace poco una Scooter PMR que le permite vivir cosas como ver a su hija aprender a montar en bici.
Isabel tiene reconocida una dependencia en grado dos y su marido es su cuidador. Él le ayuda a ducharse, hace la comida, conduce, hace la compra… Ella apoya en todo lo que puede a su hija de siete años, con las tareas del colegio, siempre que pueda estar tumbada o sentada, sin olvidarse de estar cambiando de postura.
¿Qué es la kinesiofobia?
Además de este dolor crónico, esta situación le ha traído una kinesiofobia. Almudena Mateos, psicóloga que atiende desde hace casi 30 años a pacientes que sufren dolor, explica que es el miedo al movimiento. Aunque puede ser una patología en sí, es más frecuente que esté asociado a un problema físico. “Es una cosa que se habla en consulta, no es como una patología como pudiera ser la depresión, sino que está asociada a determinadas situaciones. Habitualmente, una persona no lo tiene sin ningún motivo, sino que suele estar relacionado con situaciones, como puede ser los pacientes con dolor”, afirma.
Esta experta cree que no existe un registro de cuántas personas lo tienen, pero, en base a su experiencia, el 70% de las personas con dolor crónico lo sufre. Isabel, que además es su paciente, recuerda que comenzó a hablar sobre esto desde el primer momento y que eran los propios médicos los que le dijeron que cogiera una muleta porque me veían apoyándome en las paredes.
“Es algo de cajón, si tienes un esguince no pisas con ese pie, no es que tengas una fobia porque dices ah, voy a tener una. Es natural, evitas cualquier tipo de cosa que pudiera hacerte daño. Yo cuando piso siento dolor en las terminaciones nerviosas, es neuropático, refractario y severo. También tengo quistes intraneurales entre los nervios”, comenta.
Mateos, quien también es profesora en el Máster en Aspectos Clínicos y Básicos del Dolor de la Universidad Rey Juan Carlos, ahonda en que que todos los miedos tienen un proceso y que, si al hacer un movimiento la persona sabe que le va a generar dolor, al principio intentará no repetirlo. Esto, en un proceso de dolor agudo “es lo habitual” y ese miedo “no se considera kinesiofobia” porque es de una forma preventiva “y es saludable”.
“Al principio, alguno de nuestros pacientes la tienen, pero muy light; el tema es que los miedos se generalizan. Empieza a no mover un brazo, pero luego ya le da miedo mover el otro y todo se va convirtiendo en algo más difícil y más complejo. A veces, incluso, se anticipa y evita hacer ciertas cosas porque implica moverse de esta forma y eso cree que le va a generar dolor. Y ya no es el miedo al movimiento en sí, sino, por ejemplo, a viajar”, argumenta.
Por tanto, hay diferentes grados, desde los muy iniciales hasta los superiores que constituyen la fobia. “Muchas veces esto se produce porque el paso del dolor agudo al crónico es muy complejo. Es decir, hay personas que tienen una lesión determinada, pero no acaban con un dolor crónico y otras sí. La diferencia está en varios factores, también psicológicos, como la catastrofización”, ahonda.
Psicólogos especialistas en dolor
Isabel lleva acudiendo a terapia desde hace años y es algo que no deja a un lado. La asiduidad dependerá del momento que esté atravesando. Para explicarlo recuerda que en momentos malos ha llegado a no poder pedir una cita médica porque “no puedo ver ni a un médico al encontrarme tan agobiada con tantos”. No es que tenga nada en contra de los doctores, sino que acudir le produce tanta angustia y ansiedad por situaciones que ha pasado que le resulta imposible levantar el teléfono. En esos instantes, por ejemplo, necesita a su psicóloga.
Pero además, insiste en que es “muy importante” que sea un profesional especializado en dolor. “Para mí ha sido una herramienta que es fundamental en mi vida. Te va a dar herramientas para que tú trabajes”, resume. Por tanto, forma parte de su tratamiento, como puede ser la medicación.
Sobre cómo tratar la kinesiofobia, Mateos afirma que el primer paso en todas las fobias es ver la causa. En este caso, que es por el dolor, habría que analizar hasta qué punto puede confirmarse que el movimiento provoca el dolor. También hace pruebas de realidad junto con un recuperador físico y que, apoyándose en unas gafas de realidad virtual, pueden observar sin la tensión habitual los movimientos de la persona. En ocasiones, consiguen demostrar que no les provoca dolor. Ambos profesionales suelen trabajar de manera conjunta: primero con ella para trabajar antes de que él pueda dar determinados pasos y empiece a hacer ejercicios.
También analiza qué pensamientos hay antes de ese dolor y lo contrasta con la experiencia. En este punto recuerda, que aunque genere dolor, no siempre genera daño, por lo que trabajan para diferenciarlo. Por último, recuerda que también hay técnicas de relajación que se podrían utilizar antes de hacer la exposición a esa situación que da miedo.
La vida de Isabel Piqueras era como la de cualquier otra joven en su treintena hasta que, en 2010, su vida dio un giro de 180º, cuando padeció el síndrome de cauda equina y, como consecuencia, se tuvo que operar por una hernia discal lumbar de urgencia. La cirugía salió bien, pero cicatrizó “muchísimo” y, como consecuencia, sufre un atrapamiento de los nervios que le provoca un dolor “muy fuerte, incapacitante y refractario” de cintura para abajo.