"Lo que hace el chamán indígena es muy parecido a lo que hace un científico"
Desde la University College London lidera investigaciones pioneras sobre los efectos de sustancias psicodélicas en la salud mental y se ha convertido en una de las voces más influyentes de un campo que promete revolucionar la medicina
El neurocientífico Christopher Timmermann posa para El Confidencial en el Ilustre Colegio de Médicos de Madrid. (O. C.)
El Dr. Christopher Timmermann es uno de los científicos más reconocidos en el estudio de la conciencia y los estados alterados de la mente. Desde la University College London (UCL), lidera investigaciones pioneras sobre los efectos de sustancias psicodélicas como la DMT –un químico relacionado con la ayahuasca– o la psilocibina –un compuesto procedente de setas alucinógenas–.
El objetivo de este investigador es comprender cómo el cerebro construye la realidad y explorar su potencial terapéutico frente a enfermedades como la depresión o la ansiedad. Una labor que desempeña como codirector del UCL Centre for Consciousness Research y a través de la Fundación ECOH para el Estudio de la Consciencia Humana, la cual fundó y preside.
Entre la frontera de la neurociencia, la filosofía y la espiritualidad, Timmermann se ha convertido en una de las voces más influyentes de un campo que promete revolucionar la medicina y desafiar nuestra propia visión de lo que significa ser humano.
El investigador en terapia psicodélica se encuentra en Madrid para participar en un simposio que ha reunido a más de 300 expertos en el ámbito de la salud mental, la neurociencia y la investigación en terapias asistidas con psicodélicos. El foro de debate, organizado por la Fundación Inawe, se ha celebrado bajo el lema “Transformando la salud mental del futuro, hoy”, un espacio que pretende poner sobre la mesa la evidencia científica y los resultados que ya existen sobre este nuevo enfoque terapéutico.
PREGUNTA. Su investigación se centra en comprender la conciencia. ¿Cuáles son los grandes enigmas que todavía quedan sin respuesta?
RESPUESTA. El gran enigma es entender cómo se relaciona el cerebro con nuestra experiencia consciente. Esto es vital en situaciones clínicas en las que la conciencia parece apagarse, como un coma, porque condiciona decisiones trascendentales, por ejemplo la eutanasia. Además, la conciencia está ligada directamente a la salud mental. Durante siglos nos hemos alejado de ella como factor clave y nos hemos centrado en explicaciones químicas, olvidando que la salud mental también es calidad de experiencia. Ahí entran los psicodélicos, que generan vivencias profundas y a veces sanadoras, mejorando la percepción consciente de uno mismo y ofreciendo un potencial terapéutico en depresión, ansiedad o trauma.
P. ¿Qué nos enseñan las drogas psicodélicas sobre la manera en que nuestro cerebro construye la realidad?
R. Nos muestran, sobre todo, cómo se construye la identidad, el yo o self. La neurociencia dice que este yo es un modelo social y narrativo, no una esencia fija. Los psicodélicos pueden desmantelarlo o transformarlo, permitiendo experiencias sin esa referencia personal. Así plantean dos preguntas fundamentales: ¿puede haber conciencia sin identidad?, y ¿cómo podemos cambiar realmente quiénes somos? Mi hipótesis es que al suspender esa identidad, los psicodélicos facilitan una renegociación de nuestro sentido de ser, con transformaciones en personalidad, creencias y formas de habitar el mundo.
P. ¿Cree que algún día tendremos respuestas a estas dos cuestiones?
R. Yo creo que sí, aunque queda mucho camino. Ya hemos encontrado algunas luces. Por ejemplo, acabamos de publicar un estudio con un psicodélico muy potente para disolver la percepción del yo. Es un primer paso para responder a esas preguntas sobre si la conciencia puede existir sin identidad y cómo se transforma nuestra personalidad a través de estas experiencias.
Lo que hemos visto es que la ciencia ya puede empezar a medir lo que antes eran solo especulaciones filosóficas: qué ocurre en el cerebro cuando desaparece la noción de identidad, o cómo cambian rasgos de la personalidad después de una experiencia psicodélica. Todavía no tenemos una respuesta definitiva, pero sí evidencia de que estamos en el camino correcto.
P. ¿Con qué compuesto?
Con el 5-MeO-DMT, conocido como bufo o “el sapo”. Es distinto del DMT que se relaciona con la ayahuasca: sus efectos son breves pero intensos. Este no genera tanto un mundo alternativo, sino más bien una experiencia de vacío donde incluso desaparece el yo. En el cerebro observamos un estado de gran desinhibición, casi caótico, con tal cantidad de información procesándose que se borran las distinciones habituales. Así se plantea la pregunta: ¿puede haber conciencia sin identidad? También hemos visto indicios de que una sola experiencia puede transformar rasgos de personalidad.
P. ¿De una sola?
R. Sí, con una sola puede producir cambios duraderos.
P. ¿Puede dar algún ejemplo concreto?
R. Hemos visto un aumento en el rasgo de apertura a nuevas experiencias, relacionado con la flexibilidad cognitiva y la capacidad de adaptarse a lo novedoso, y una reducción del neuroticismo, muy vinculado a depresión y ánimo bajo. Aunque no ocurre en todos los casos, lo que abre dos grandes retos: identificar qué individuos pueden beneficiarse y quiénes corren riesgos, y comprender cómo se produce esta transformación a nivel cerebral. Puede estar relacionado con la neuroplasticidad, que se incrementa notablemente con estas sustancias en estudios con animales.
Psicodélicos y medicina
P. En los últimos años se han publicado resultados esperanzadores en el uso de la psilocibina o la DMT para tratar la depresión, la ansiedad o las adicciones. ¿Estamos ante una auténtica revolución terapéutica?
Estamos en un punto interesante. Por un lado, los resultados son muy prometedores; por otro, debemos ser cautelosos. Siempre que aparece un tratamiento novedoso existe un efecto de expectativa muy fuerte, lo que puede inflar los resultados. En los ensayos vemos que quienes reciben placebo se decepcionan y no reportan mejoras, mientras que los que reciben la sustancia tienen experiencias muy positivas. Eso hace difícil separar cuánto es realmente efecto del compuesto y cuánto es expectativa.
Aun así, creo que los psicodélicos pueden aportar mucho a la salud mental. Quizá no lleguen a revolucionarla por completo, pero sí a ampliar el abanico de herramientas disponibles. No todas las personas responden bien a los antidepresivos convencionales, que además generan efectos secundarios como insomnio o disminución de la libido. Para quienes buscan un enfoque distinto, más cercano a la psicoterapia que a la farmacoterapia, estas experiencias pueden ser muy valiosas.
Timmermann en un momento de la entrevista con El Confidencial. (O. C.)
P. ¿Hay un exceso de entusiasmo con estos tratamientos?
R. Es posible. El sufrimiento humano siempre va a existir y ningún tratamiento lo va a eliminar del todo. Pero para casos límite, como depresiones resistentes a los tratamientos habituales, sí puede haber un cambio profundo. Hemos visto personas que describen su experiencia psicodélica como un antes y un después en su vida. El reto es saber si eso es generalizable a grandes grupos o si se limita a ciertos perfiles.
La gran pregunta no es si esto servirá para todos, sino para quiénes servirá. Y esa es la lógica de la psiquiatría personalizada en la que estamos entrando: distintos tratamientos para distintos pacientes. Los psicodélicos podrían convertirse en una herramienta muy potente, pero no la única.
P. ¿Qué límites éticos y científicos hay que tener claros antes de llevar estos tratamientos a gran escala?
R. Científicamente, el gran límite es que la conciencia es una experiencia subjetiva que no podemos reducir del todo a procesos cerebrales. Los psicodélicos generan vivencias muy intensas a partir de moléculas concretas, pero eso no significa que entendamos el vínculo entre cerebro y experiencia: solo vemos correlaciones, no explicaciones completas.
En lo ético, el riesgo es que estas terapias se basan en experiencias que pueden incluir recuerdos reconstruidos o incluso falsos, lo que puede aliviar pero también generar problemas legales o personales. Además, los psicodélicos pueden transformar creencias profundas y cosmovisiones, algo que en ciertos contextos culturales encaja, pero en otros puede resultar conflictivo.
Por eso es clave la integración posterior: acompañar al paciente para que procese lo vivido de forma segura y constructiva.
P. ¿Hasta qué punto estos compuestos actúan sobre el cerebro de manera distinta a los fármacos convencionales para la depresión o la ansiedad?
Los fármacos convencionales tienden a “apagar” o estabilizar la actividad cerebral, reduciendo los altibajos emocionales y ofreciendo una especie de capa protectora. En cambio, los psicodélicos hacen lo opuesto: sensibilizan el cerebro, aumentan las conexiones y vuelven más reactiva la amígdala, el centro de las emociones.
En resumen: los medicamentos tradicionales protegen al paciente haciéndolo menos vulnerable a lo que ocurre fuera, mientras que los psicodélicos abren un estado de vulnerabilidad temporal que, con el apoyo adecuado, puede llevar a una mayor resiliencia y transformación.
Espiritualidad, cultura y sociedad
P. La DMT y la ayahuasca tienen una larga tradición en comunidades indígenas de América Latina. ¿Cómo convive esa herencia cultural con la investigación científica en un laboratorio de Londres?
R. Es un proceso en construcción. La ciencia no tiene necesariamente una serie de creencias, sino que es un método, una práctica. En ese sentido, es muy parecido a lo que hace el chamán indígena con lo que hace el científico: ambos prueban. Los indígenas llegaron a la ayahuasca tras mezclar muchas plantas distintas hasta encontrar una combinación que prolonga y potencia sus efectos. Esa actitud empirista es la misma que está en la base de la ciencia: probar y ver qué ocurre.
Lo que cambia es la interpretación: en contextos indígenas se habla de espíritus o realidades trascendentes, algo que desde la ciencia no se toma como literal. Nuestro interés no es validar esas creencias, sino estudiar el potencial y los riesgos de estas sustancias para la salud mental y el bienestar humano. Y ahí la conciencia es el gran punto de confluencia entre lo cultural, lo terapéutico y lo científico.
P. ¿Cree que la ciencia está empezando a acercarse a preguntas que antes se consideraban filosóficas o espirituales?
R. Absolutamente. La ciencia de la conciencia como tal empieza a tomar forma en los últimos 30 años. Antes teníamos ciencias de la percepción, de la atención o de la emoción, pero no de la conciencia, que siempre fue un tema complejo y, por eso mismo, propio de la filosofía.
La conciencia está en la base de todo: antes de las emociones, percepciones o pensamientos, está la vivencia consciente. Y como está tan en el origen de la experiencia humana, durante siglos fue un asunto filosófico o espiritual. Lo que ha cambiado es que hoy contamos con herramientas de las neurociencias, como la neuroimagen, que nos permiten formular preguntas empíricas y ponerlas a prueba. En ese sentido, la ciencia está entrando en un territorio que antes ocupaban la filosofía o el chamanismo, pero con métodos distintos.
P. Hay quien describe las experiencias psicodélicas como una “muerte del ego”. ¿Tiene sentido esa metáfora desde el punto de vista neurocientífico?
R. La “muerte del ego” se refiere a la disolución de la identidad. Solemos pensar que el yo es algo unitario y estable, pero en realidad es un conjunto de procesos cambiantes. Con los psicodélicos esa construcción puede desmantelarse: desaparecen pensamientos, sensación de identidad e incluso la percepción del cuerpo, quedando solo un estado de “estar siendo”.
Lo interesante es que los estudios muestran que cuanto más intensa es esta experiencia, mayores son las mejoras en salud mental, como si al sacudir el yo se abriera la posibilidad de reconstruirlo de una forma más saludable.
Riesgos, tabúes y futuro
P. ¿Cuáles son los principales riesgos de un mal uso de estas sustancias fuera de un entorno controlado?
R. El gran riesgo es pensar que los psicodélicos son una panacea. Estas experiencias requieren siempre acompañamiento y un contexto seguro, ya sea médico o incluso recreativo. Usarlos sin cuidado puede generar daño en lugar de beneficio.
También es un problema idealizarlos: creer que van a resolver todos los males de la humanidad o que si un político toma la sustancia ya no habrá guerras es ingenuo. Como cualquier herramienta poderosa, tienen potencial para sanar, pero también para perjudicar si no se emplean con la preparación y el apoyo adecuados.
P. ¿Dónde ve el futuro de esta investigación dentro de diez años: en clínicas, en hospitales, en la vida cotidiana?
R. Creo que veremos aplicaciones clínicas reales. La FDA en EEUU y la EMA en Europa ya están evaluando la aprobación del MDMA y la psilocibina, y en lugares como Australia u Oregón ya hay tratamientos legales. Lo que falta es abaratar costes y crear modelos que permitan un acceso más amplio, siempre manteniendo los cuidados y la seriedad que exige este tipo de terapia. Si los resultados siguen siendo positivos, la integración en centros médicos será cada vez mayor.
La experiencia de estar vivo
P. ¿Cómo le ha cambiado a usted, en lo personal, estudiar durante años los límites de la conciencia?
R. Me ha hecho apreciar más la riqueza de la experiencia de estar vivo. Cuanto más me adentro en estos temas, más valoro la complejidad de la mente y también la sabiduría que hay en algo tan simple como vivir bien, mantener buenas relaciones, cultivar la gentileza. Esa conciencia de lo difícil que es estar vivo me ha dado una mayor gratitud y también el deseo de transmitir esa sabiduría a quienes enfrentan más dificultades.
P. Si pudiera resumir en una sola frase lo que los psicodélicos nos enseñan sobre lo que significa ser humano, ¿cuál sería?
R. Nos recuerdan la importancia de apreciar el simple hecho de estar vivos. En un mundo lleno de estímulos y distracciones, estas experiencias suelen despertar gratitud y una actitud lúdica hacia la existencia: tomarse la vida en serio cuando es necesario, pero también con cierta ligereza y capacidad de juego.
El Dr. Christopher Timmermann es uno de los científicos más reconocidos en el estudio de la conciencia y los estados alterados de la mente. Desde la University College London (UCL), lidera investigaciones pioneras sobre los efectos de sustancias psicodélicas como la DMT –un químico relacionado con la ayahuasca– o la psilocibina –un compuesto procedente de setas alucinógenas–.