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Cuando un médico no quiere hablar por teléfono con otro sobre un familiar: el sabor de su propia medicina
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'¿Qué te pasa, doctor?'

Cuando un médico no quiere hablar por teléfono con otro sobre un familiar: el sabor de su propia medicina

Cuando un médico tiene un familiar hospitalizado, sufre su ingreso con preocupación, en especial si está lejos. En esos casos, la información telefónica sobre su estado resulta crucial, como pudimos comprobar durante la pandemia

Foto: Imagen de archivo: EFE / Ana Escobar
Imagen de archivo: EFE / Ana Escobar

Hace unas semanas, nada más acabar una cirugía, encontré dos llamadas perdidas y un mensaje de mi padre. Como era un hecho tan inusual como alarmante, devolví la llamada de inmediato. Mi madre estaba en urgencias. Se encontraba bien, pero se quedaría ingresada en observación. Le pregunté por el motivo y su respuesta fue vaga. No lo sabía. Tampoco había entendido bien las explicaciones del médico que les había atendido. Y entonces mi padre hizo lo que hacen todos los pacientes y/o los familiares cuando quieren aportar al médico toda la información posible por si ésta fuera relevante: comenzó de manera cronológica a contarme con detalle la secuencia de los acontecimientos. Escuché impaciente, interrumpiéndole a veces, y reconduciendo el relato cuando me pareció oportuno. Al final, acabé por hacerme una idea de la situación.

La historia era la siguiente: regresando a casa de un paseo, mi madre había dejado de ver por un ojo. La visión había regresado unos minutos después, pero, no convencidos por el suceso (ella está operada de ese ojo), acudieron al centro de salud, de donde le derivaron a urgencias del Hospital. Y ahí estaban hacía horas. Era el resumen que colegí después de apartar la paja de su narración. Los médicos nos dedicamos a eso, a desbrozar la maleza y la hierba alta que no interesa. Lo hacemos a diario, en las consultas de cualquier especialidad, utilizando preguntas que reconducen el relato del enfermo o de su familiar, en busca de datos relevantes que nos lleven al diagnóstico.

Mi madre había sufrido una amaurosis fugax. Se trata de la pérdida temporal y repentina de la visión en un ojo debido a una interrupción del flujo sanguíneo a la retina. Suele ser síntoma de algo que subyace, como arteriopatía, arritmias u otras enfermedades del ámbito cardiovascular. Requiere atención médica inmediata para descartar causas graves y puede ser tratada si se coge a tiempo. Ellos habían hecho muy bien en acudir a urgencias. Me contuve de preguntarle por qué no me habían avisado antes, un reproche que los médicos solemos soltar en estos casos con nuestros familiares y que no aporta nada, puesto que culpabiliza al paciente y aumenta la ansiedad del que lo escucha.

Me preocupaba el hecho de que se quedase ingresada. ¿Habrían detectado algo? ¿Tendrá una fibrilación auricular? [Arritmia que favorece la formación de trombos en el corazón, los cuales pueden migrar por el torrente circulatorio]. Podría ser que un trombo pequeño impactase en la arteria central de la retina produciendo aquella amaurosis. ¿Sería su ceguera transitoria consecuencia de otro problema? Mi padre insistía en ella que estaba bien, tranquila y un poco molesta por la situación (entendible, por otro lado, puesto que a nadie le gusta estar en un box de urgencias esperando un traslado a planta que no acaba de llegar). Se daba el caso, además, que ese día era festivo en la comunidad donde viven, lo cual es sinónimo de enlentecimiento de la movilización intrahospitalaria de los pacientes. Pregunté a mi padre si ella tenía el móvil y la respuesta fue afirmativa. La noticia me agradó mucho. Hoy en día los teléfonos inteligentes y, en especial, las aplicaciones de mensajería instantánea son extremadamente útiles en estos casos en los que los pacientes quedan en un limbo hospitalario a la espera de que les den alta, traslado a distintas dependencias, o les encaminen hacia otras pruebas o tratamientos.

Foto: Imagen de archivo. (EFE/Quique García)
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Marqué su número y me contestó más rápido de lo habitual, señal de que estaba bien, al menos cognitivamente. Me informó que le habían hecho un TAC, y que había sido visto por el neurólogo y el oftalmólogo y que, aunque ambos excluían algo gordo, se quedaría ingresada a cargo de neurología para observación. Estaba tranquila pero con ganas de irse. Le pregunté más detalles técnicos en relación con su situación, pero no supo responder. Estaba monitorizada, eso sí, y por un momento deseé mirar por un agujero, para ver si su trazado cardiaco correspondía al de una arritmia. Sopesé decirle que hiciera una foto y que me la mandase pero me pareció incómodo de ejecutar si estaba tumbada y podía resultar vergonzante si al hacerla fuese sorprendida justo en ese momento por una enfermera. Y entonces, en ese momento, se me ocurrió una idea: “¿Por qué no le dices al médico de urgencias que me llame?”. Ella dudó, porque no quería importunar, pero conseguí convencerla. “Explícale que tu hijo es médico, que vive fuera, que está preocupado, y que, si no le importa, me gustaría hablar un minuto con él”, dije.

Durante mi vida profesional he llamado miles de veces a familiares de pacientes ingresados para informar sobre su evolución, por encontrarse éstos lejos, en otras ciudades o, incluso, en otros países. La mayoría de las veces he usado el teléfono del propio paciente para hablar, en manos libres. Lo considero como parte de las funciones de un médico. Si se da el caso de que el familiar es un compañero, lo he hecho con más razón, y no por corporativismo, de lo que se me podría juzgar a priori, sino porque entiendo la incertidumbre de ese familiar médico a quien llamo, que sabe de la lentitud del sistema, y que es buen conocedor de que una hospitalización no tiene por qué ser completamente inocua. Además, al ser un compañero, mi lenguaje puede contener tecnicismos y la comunicación se torna más eficaz. Así pues, la idea de que el médico de urgencias me llamase para comentarme el estado de mi madre, me parecía lógica y pertinente.

Foto: Foto de archivo de retenciones de tráfico ocasionadas por la vuelta de las vacaciones. (EFE/Marcial Guillén)
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Quedamos en que se lo diría y aguardé la llamada el resto de la tarde. Pero el contacto no se produjo. Y ya entrada la noche perdí la esperanza. Pregunté a mi madre por WhatsApp y me respondió que se lo había dicho al enfermero, y que éste, había vuelto un rato después informándola que a ese médico que estaba de guardia en ese turno no le gustaba informar por teléfono. Aquello me sentó mal. Durante la pandemia, en todos los hospitales del país se repitieron durante semanas y meses, jornadas interminables en los que todos los médicos nos dedicamos a llamar a los familiares de los pacientes, puesto que era el único vínculo que existía entre ellos y los enfermos ingresados (y en gran riesgo de muerte). Desde entonces, y por ese motivo, se ha normalizado más que nunca que la información se transmita vía telefónica. Hubiera podido entender que adujera que no quisiera incurrir un delito de revelación de datos personales. De acuerdo, pero yo me hubiera identificado y mi madre hubiese confirmado que al otro lado del hilo estaba su hijo, y no otra persona. Entonces, ¿por qué razón no quiso llamarme? ¿Y por qué usó al enfermero para notificar tal decisión? ¿Cómo no fue capaz de informar a un compañero sobre el estado de su madre? A lo mejor no llegó a saber nada: ¿era posible que el enfermero no le hubiera transmitido el mensaje (y que se hubiera inventado tal respuesta)?

En el año 1991 se estrenó la película El Doctor, protagonizada por William Hurt. La película narra la historia de un arrogante y exitoso cirujano que, tras ser diagnosticado de un cáncer, experimenta una profunda transformación en su perspectiva sobre la vida, la enfermedad y las relaciones humanas. Al verse, de repente, del otro lado, nota en sus carnes como, a veces, es tratado de forma displicente por un personal sanitario poco humano y nada empático, tal y como él tenía a gala hacer con sus propios pacientes antes de enfermar. El guion es una adaptación libre del libro del Dr. Edward Rosenbaum (1988) A Taste Of My Own Medicine (El sabor de mi propia medicina, en castellano). La película, que pasó sin pena ni gloria por las salas de nuestro país, debería ser de visionado obligatorio en todas las escuelas de enfermería y facultades de medicina.

Foto: El Doctor Rafael Hernández Estefanía, posa para EC en el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz de Madrid. (Alejandro Martínez Vélez)
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Si aquel médico realmente no me llamó porque “no le gustaba dar información por teléfono“, algún día, irremediablemente, conocerá el sabor de su propia medicina. El hinduismo y el budismo lo conocen como Karma, y hace referencia a una ley de causa y efecto en cuestiones morales. Lo cierto es que no quita que su desempeño profesional hubiese sido impecable con mi madre, pero, él sabrá. Al día siguiente el neurólogo me llamó. Me comentó sus impresiones diagnósticas, el tratamiento que le parecía pertinente y las pruebas que mi madre haría de forma ambulatoria, puesto que le daba alta. Gastó tres minutos de su vida en mí y yo se lo agradecí de corazón. Un gran médico, pensé.

Que se mejoren.

Hace unas semanas, nada más acabar una cirugía, encontré dos llamadas perdidas y un mensaje de mi padre. Como era un hecho tan inusual como alarmante, devolví la llamada de inmediato. Mi madre estaba en urgencias. Se encontraba bien, pero se quedaría ingresada en observación. Le pregunté por el motivo y su respuesta fue vaga. No lo sabía. Tampoco había entendido bien las explicaciones del médico que les había atendido. Y entonces mi padre hizo lo que hacen todos los pacientes y/o los familiares cuando quieren aportar al médico toda la información posible por si ésta fuera relevante: comenzó de manera cronológica a contarme con detalle la secuencia de los acontecimientos. Escuché impaciente, interrumpiéndole a veces, y reconduciendo el relato cuando me pareció oportuno. Al final, acabé por hacerme una idea de la situación.

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