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Rafael Dezcallar

Un mundo desordenado

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España y México

Ambos países tratan de ponerse de acuerdo sobre su historia común

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d), saluda a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum (i), a su llegada a la IV Cumbre en Defensa de la Democracia celebrada en Barcelona. (EFE/Alberto Estévez)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d), saluda a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum (i), a su llegada a la IV Cumbre en Defensa de la Democracia celebrada en Barcelona. (EFE/Alberto Estévez)

Durante el reciente viaje a México del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, su colega mexicano declaró que ambos países "han acordado establecer una nueva narrativa compartida de la historia común".

Es ciertamente lamentable que la situación haya tenido que llegar hasta ese punto. Incluso un poco ridículo. Pero visto lo visto, no es poca cosa.

No se trata evidentemente de un ejercicio histórico, sino político. El objetivo es que España y México dejemos de perder el tiempo en disputas sobre nuestro pasado. Unas disputas que nos debilitan políticamente y nos impiden movilizar todo el potencial de nuestra cooperación bilateral, que no es menor. Ello puede tener también efectos positivos sobre el conjunto de las relaciones entre España e Iberoamérica.

Ninguna conquista se hace pidiendo permiso. Es evidente que durante la conquista -y también más tarde- se produjeron injusticias y abusos, como dijo recientemente el rey Felipe VI. Lo mismo podría decirse de los romanos, los cartagineses, los árabes, los ingleses, o los franceses. Y desde luego de los aztecas cuando conquistaron la región de Tenochtitlán tras llegar desde el norte dos siglos antes de la llegada de Cortés.

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Pero con España llegaron a América otras cosas además de los abusos. Como el Arte de la lengua mexicana de fray Andrés de Olmos, publicada en 1547, la primera gramática de la lengua náhuatl. O Historia General de las Cosas de Nueva España de fray Bernardino de Sahagún, de 1590. La Virgen de Guadalupe. Platón y Aristóteles. Universidades. Catedrales. Hospitales. Audiencias. La lengua. España no llegó sola a América. Europa entera llegó a América con España.

También llegó el mestizaje. Ya en la primera generación, los descendientes de los emperadores aztecas e incas se casaron con aristócratas españoles, conservaron sus tierras, recibieron títulos nobiliarios e ingresaron en las órdenes militares. Un gran escritor, el Inca Garcilaso de la Vega, fue uno de ellos. Diego Luis de Moctezuma, nieto del emperador Moctezuma Xocoyotzin, fue un personaje importante en la corte de Felipe II. Los matrimonios mixtos fueron muy numerosos. No es casualidad que la mayoría de las comunidades indígenas lucharan en las guerras de independencia del lado de los españoles peninsulares. Todo eso hubiera resultado inconcebible en otros imperios europeos. En la India británica, los matrimonios mixtos estuvieron prohibidos hasta bien entrado el siglo XX.

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También llegó el desarrollo económico. El imperio español no fue -al revés que otros- un imperio meramente extractivo. Extrajo riquezas, claro, pero muchas se quedaron en América. Sobre todo, desarrolló allí una economía productiva. Cuando se hizo independiente, México era bastante más rico que España. Lo mismo que Cuba, por cierto. Cuando Humboldt viajó a México poco antes de la Independencia, se quedó asombrado de la prosperidad y el desarrollo de la ciudad.

Todo esto, unido a sus grandes culturas indígenas y al mestizaje entre unos y otros, es lo que terminó creando lo que hoy llamamos México y la comunidad iberoamericana en su conjunto. Esa comunidad existía desde mucho antes de que se fundara la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Llevaba existiendo varios siglos. Así lo entendieron quienes por propia iniciativa crearon las diversas asociaciones iberoamericanas de médicos, de abogados, de artistas y de otros muchos grupos de interés. Todas ellas funcionaban desde mucho antes de que se iniciaran las cumbres iberoamericanas en 1991.

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El rechazo a la impronta española en América ha sido una realidad en algunos sectores de la población hispanoamericana. Muchos americanos se sienten más cómodos con el término latinoamericano que con el de hispanoamericano, pensando tal vez que el primero difumina su conexión con España y en cambio la establece con Francia o Italia. Pero es inútil. La comunidad real, las raíces compartidas, la cercanía profunda existen con España. Son vínculos muy diferentes a los que pueden existir con otros países. El artículo I de la Constitución de Cádiz de 1812 define a la nación española como la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios, Igual que los madrileños el 2 de mayo, también los americanos se levantaron contra la invasión napoleónica. Como se ha dicho tantas veces, las guerras de independencia en América fueron una guerra civil entre españoles, lo mismo que la conquista fue el resultado de una guerra civil entre los indígenas. Cuando Agustín de Iturbide acabó triunfando en esa contienda en México, ofreció el trono a Fernando VII, que con su habitual visión política lo rechazó.

Parece absurdo que algunos mexicanos y otros hispanoamericanos se hayan vuelto contra sus raíces, contra su identidad, contra lo que son. Y sin embargo, eso es lo que muchos llevan haciendo desde la independencia. Pero si uno no sabe lo que es, difícilmente puede encontrar su camino. El fenómeno lo describió Octavio Paz en El laberinto de la soledad, uno de los libros más lúcidos que se han escrito sobre la identidad de México.

Muchos españoles, por su parte, se han creído la leyenda negra que otros inventaron como un arma de propaganda política contra el imperio español. A ello contribuyó el que las guerras napoleónicas y la pérdida del imperio provocaran un periodo de fuerte decadencia. España, que hasta entonces era una potencia mundial, tuvo un siglo XIX catastrófico. Fue uno de los episodios más brutales de hundimiento de una gran potencia a lo largo de la historia. España no estuvo en condiciones de apoyar a las nuevas repúblicas en su nueva andadura como Estados independientes, como hubiera sido deseable. La consecuencia fue que cayeron en manos de Inglaterra y Estados Unidos en plena época del imperialismo más depredador, cuya mejor expresión es la doctrina Monroe, ahora resucitada por Donald Trump.

Foto: bien-por-el-rey-asi-se-recupera-el-liderazgo-de-espana-en-america Opinión

La independencia era inevitable, pero -al revés de lo que sucedió con Brasil— la forma en la que se produjo rompió la unidad hispanoamericana y nos hizo a todos más débiles. A los americanos y a los españoles de Europa. Bernardo de Gálvez, el virrey de Nueva España salió de La Habana para derrotar a los ingleses en Pensacola durante la guerra de independencia de Estados Unidos. En su ejército combatían indígenas tlaxcaltecas, mestizos y españoles de Europa. Cincuenta años más tarde todas las nuevas repúblicas independientes eran marionetas de Inglaterra y de Estados Unidos. Este último arrebató a México buena parte de su territorio.

Durante el siglo XIX y gran parte del XX, España e Hispanoamérica vivieron muy distanciadas la una de la otra. Hubo algunos intentos de acercamiento, no todos retóricos. También gestos de auténtica solidaridad, como la acogida en México y en otros países americanos a los exiliados de la guerra civil española. Pero la caída de Hispanoamérica en el área de influencia norteamericana y los sucesivos desastres de España durante ese periodo -retraso económico, luchas internas, guerra civil, dictadura de cuarenta años- permiten entender que cuando sus países buscaban puntos de referencia para construir su futuro, miraran a otros lugares. Algo empezó a cambiar cuando España volvió a ser un régimen democrático, desarrolló su economía e ingresó en la Unión Europea. Hoy viven en nuestro país más de cuatro millones de inmigrantes hispanoamericanos que constituyen un auténtico vínculo de sangre entre ambas orillas del Atlántico, que se añade a otros vínculos similares generados a lo largo de los siglos. Eso explica que el modelo migratorio español haya resultado mucho menos conflictivo que en otros países.

Por eso es positivo que decidamos dejar de pelearnos por nuestra historia compartida. Hacerlo nos debilita y nos impide abordar juntos proyectos más ambiciosos. Es un ejercicio que hay que hacer tratando de entender las posiciones de unos y de otros, y evitando las provocaciones y las posiciones radicales. Somos una comunidad de 500 millones de personas con unas raíces comunes y una capacidad de entendernos fácilmente. Lo que tenemos es un tesoro que no hemos sabido aprovechar hasta ahora. No podemos seguir desperdiciándolo. Empecemos a utilizarlo, entre otras cosas para acercar más América y Europa, como acabamos de hacer con el Acuerdo entre la UE y Mercosur.

Durante el reciente viaje a México del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, su colega mexicano declaró que ambos países "han acordado establecer una nueva narrativa compartida de la historia común".

Historia México Rey Felipe VI
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