Europa solo podrá defender sus valores, sus intereses y su modelo de sociedad frente a EEUU, Rusia y China si actúa unida. Si nuestras decisiones se toman en clave europea, y no en clave francesa, alemana o española
Foto de varias estructuras dañadas en la ciuda de Druzhkivka, Donetsk, asediada por tropas rusas. (EFE/EPA/Maria Senovilla)
Han pasado cuatro años desde que empezó la guerra de Ucrania. Las negociaciones de paz no llevan a ninguna parte, porque Rusiano desea la paz en este momento. La guerra sólo terminará cuando ambas partes lleguen a la conclusión de que el coste de mantenerla no compensa las ganancias que tratan de obtener en el campo de batalla. Ucrania ya ha llegado a esa conclusión y quiere negociar. Sabe que no va a conseguir recuperar el territorio que ha perdido. Rusia todavía no. Sigue queriendo convertir a Ucrania en un país sometido, como Belarus, y ocupar la parte del Donbas que no ha logrado conquistar.
¿Qué podría llevar a Putin a cambiar de opinión? La situación económica ya es muy difícil. La economía rusa no se ha derrumbado, pero se han hundido los ingresos por exportaciones de energía y recursos naturales (que es lo único que Rusia puede exportar) debido a las sanciones, a los bombardeos ucranianos y a la caída del precio del petróleo en los mercados globales.
Sobre todo, los recursos de la economía productiva se han canalizado hacia la economía de guerra, que es el 8% del PIB. Ello se ha realizado a expensas de todo lo demás: inversiones, consumo, potencial de crecimiento futuro. Costará mucho tiempo y muchas turbulencias económicas revertir esta situación cuando termine la guerra. Tampoco será sencillo convencer a los inversores extranjeros de que vuelvan a Rusia
Moscú no parece capaz de lograr una victoria decisiva. Los avances de uno y otro bando son limitados por la extrema exposición de tropas y material a los drones y a los misiles. En Ucrania ha nacido un nuevo tipo de guerra que recuerda a la guerra de posiciones y trincheras de la Primera Guerra Mundial. Rusia puede golpear la infraestructura ucraniana con ataques aéreos e infligir sufrimiento a la población. Pero sólo con ataques aéreos no podrá derrotar a Ucrania.
Fermín Torrano. Donbás (Ucrania)Gráficos: Emma Esser
Rusia sigue disponiendo de más efectivos que Ucrania, pero ya no le quedan tantos. Sus reclutas se alistan por dinero, no por patriotismo, y ahora el dinero escasea. A muchos no les han pagado lo prometido. Las bajas en combate son altísimas, la moral está por los suelos, y han aumentado las deserciones.
Sin embargo, Putin piensa que la fragilidad económica y política de Ucrania es aún mayor que la de Rusia. Confía también en la fragmentación de Europa, en su dificultad para tomar decisiones, y en el posible ascenso de los populismos de derecha, más cercanos a Moscú. Espera que Trump siga mostrándose más cercano a él que a Zelensky
Putin teme igualmente que un acuerdo de paz erosione su posición política y provoque críticas internas en sectores que hasta ahora le han apoyado. No habrá logrado su objetivo de convertir a Ucrania en un Estado satélite. Previsiblemente tampoco el de obtener todo el Donbas. Ucrania se niega a cederlo porque es parte de su territorio, porque ha sido capaz de defenderlo, y porque se trata de una zona crucial desde el punto de vista estratégico.
Un acuerdo en el que Rusia no salga como clara vencedora de la guerra puede llevar a muchos rusos a preguntarse en público lo que ya se preguntan en privado. ¿Valía la pena todo esto? ¿Cientos de miles de muertos, más de un millón de bajas en total? ¿Una economía destrozada? Se supone que el ejército ruso tenía que estar preparado para hacer frente a la OTAN. ¿Cómo es posible que haya sido incapaz de derrotar a Ucrania?
En la escena internacional, Rusia ha quedado enormemente debilitada. Ha arruinado su relación con Europa, fundamental para ella no solo por razones económicas. Los países de la antigua Unión Soviética, que Moscú considera como su patio trasero, mantienen las formas pero se han alejado sensiblemente de ella, alarmados por la invasión de Ucrania. Los de Asia Central tienen además una alternativa en China, con cuya economía están cada vez más conectados. En el Cáucaso, el acuerdo de paz entre Armenia y Azerbaiyán sobre Nagorno Karabaj se firmó en la Casa Blanca, no en el Kremlin. Ello supone un retroceso muy serio para Rusia. Rusia no se resigna a perder su imperio, pero su capacidad real de mantenerlo es limitada.
Y eso por no hablar de Ucrania, su principal objetivo. La cercanía cultural entre ambos países es real, pero el rechazo de Ucrania a Rusia tras la invasión va a ser difícil de superar durante generaciones, si es que alguna vez se supera.
Los principales amigos de Moscú en este momento son Corea del Norte, Cuba, Nicaragua y algunos países africanos como Sudán o los regímenes militares del Sahel. Todo esto explica su creciente dependencia de China, que resulta humillante para un país acostumbrado a ser el socio principal en la relación bilateral. Ahora sucede lo contrario. Las relaciones entre ambos han sido además muy complicadas en el pasado.
A Europa no le interesa que Rusia salga de la guerra humillada y lamiéndose las heridas. Esa Rusia seguirá siendo un peligro futuro. Un peligro muy serio: Rusia puede ser hoy débil en casi todo, excepto en su armamento nuclear. De ahí la importancia de la narrativa, de la manera en la que se presenta un posible acuerdo en una negociación de paz, más allá de su contenido concreto.
Europa no es enemiga de Rusia, y en su política de comunicación debe subrayarlo. Tenemos por supuesto que ayudar a Ucrania a defenderse. Pero Rusia va a ser siempre nuestro vecino, y necesitamos desarrollar en algún momento una relación con Moscú que promueva la estabilidad y la prosperidad. Rusia es parte de Europa. No es solo un país, es una civilización. Europa no sería Europa sin la gran cultura rusa.
En un sentido más amplio, el desarrollo de la guerra de Ucrania refleja los cambios en el orden geopolítico mundial en estos últimos años.
Por ejemplo, el desprecio al Derecho Internacional y a la Carta de NNUU. Lo mostró Putin en Ucrania, y lo ha mostrado Trump en Venezuela, Irán y Gaza.
También el distanciamiento de EEUU con respecto a Europa. Para Washington Ucrania es un problema europeo, y son los europeos quienes tienen que solucionarlo. EEUU ha reducido drásticamente su ayuda a Ucrania. Pero ese distanciamiento no es total. Estados Unidos sabe que la alianza con Europa sigue siendo un factor importante de su poder global, y que una victoria de Putin no le interesa. Por eso sigue enviando inteligencia a Kiev y -al revés de lo que dijo al principio- acepta darle garantías de seguridad en caso de un acuerdo con Rusia. Por eso también ha dado marcha atrás en Groenlandia cuando los europeos mandaron tropas a la isla.
China por su parte trata de aparecer como la más razonable de las grandes potencias y proclama su apoyo a la Carta de NNUU. Pero apoya a Rusia aunque Moscú está violando abiertamente la Carta, incluido el principio de integridad territorial, esencial para Pekín en la defensa de su posición sobre Taiwan, Hong Kong o Sinkiang. Los países europeos llevamos planteando a China desde el principio que presione a Rusia para acabar con la guerra, pero nunca lo hará. En el marco de su competición global con Washington Moscú es un apoyo muy importante para Pekín. La guerra además debilita a Europa y mantiene a EEUU ocupados lejos de Asia.
El estallido de la guerra colocó a Europa frente a sus propias miserias, empezando por su extrema vulnerabilidad por su dependencia militar de EEUU y energética de Rusia. Desde entonces ha dado pasos adelante. Ya no depende de la energía rusa. Hoy suministra más ayuda militar y económica a Ucrania que EEUU, también en áreas sensibles como la adquisición de inteligencia. Está dispuesta a enviar tropas a Ucrania para garantizar un posible alto el fuego. Se está hablando de ampliar el paraguas nuclear de Francia y del Reino Unido a otros países europeos. Al hacer todo esto está asumiendo riesgos con Rusia que hasta hace poco resultaban impensables. Pero sin asumir riesgos no se puede crecer.
En diciembre pasado, la UE adoptó una decisión importante. No solo por su contenido, el incremento de su ayuda económica y militar a Ucrania, sino por la forma en que lo hizo. Financió ese incremento emitiendo eurobonos. Un endeudamiento común refleja la conciencia de que existen unos intereses comunes, en este caso de seguridad. Genera además una dinámica de integración fiscal, aún insuficiente. Lo hizo además mediante un acuerdo entre los países dispuestos a ir adelante, dejando atrás a los que no lo estaban. En los temas más sensibles, Europa solo podrá avanzar con esta fórmula de geometría variable. En diciembre demostró que está dispuesta a hacerlo.
Europa ha entendido que necesita eliminar su dependencia defensiva de Washington, que genera dependencia política. Eliminar la dependencia, no la alianza. Ha plantado cara a EEUU en Groenlandia. Ha aceptado incrementar su gasto en defensa -Trump tiene razón al exigirlo- y hacerlo de manera más coordinada. Está buscando una mayor integración en su política exterior y de defensa. De nada sirve tener más tanques si no se ponen al servicio de una política común.
Queda mucho camino por delante. Avanzar es muy difícil porque la política exterior y de defensa son el nervio más sensible de la soberanía y de la identidad nacional, que en Europa son muy fuertes, de viejas naciones con largas historias entre ellas. Además, Europa no se creó como un proyecto de crear un Estado. Por eso fracasó en 1954 la propuesta de una Comunidad Europea de Defensa. Europa nació como una fórmula para acabar con las guerras entre Francia y Alemania. Ha sido el éxito de esa fórmula la que ha generado una demanda de mayor integración, que ya ha conseguido logros relevantes: la moneda única, las políticas comercial o agrícola, Schengen. Lo que hace falta ahora es que esa integración alcance los planos político y de defensa.
La guerra de Ucrania ha acelerado ese proceso. En un mundo de Trumps, Putins, y Xi Jinpings, no podemos seguir dependiendo de las decisiones de otros. Ha quedado claro que Europa solo podrá defender sus valores, sus intereses y su modelo de sociedad frente a EEUU, Rusia y China si actúa unida. Si nuestras decisiones se toman en clave europea, y no en clave francesa, alemana o española. Tenemos el triple de población que Rusia, el triple también de gasto en defensa, ocho veces su PIB, y dos potencias nucleares, pero nos sentimos militarmente vulnerables ante Moscú. Hay algo que estamos haciendo mal.
El dilema entre mantener el Estado de bienestar y aumentar el gasto de defensa es un falso dilema. Si no somos capaces de defenderlo, nuestro Estado de bienestar puede desaparecer en cualquier momento. Otros podrán imponernos sus decisiones.
España es uno de los grandes países de la Unión Europea y debe participar activamente en este proceso de integración de la política exterior y de defensa europeas. La sensación de seguridad derivada de la lejanía de Rusia es falsa. Un misil tardaría solo unos pocos minutos más en llegar a Madrid que a Varsovia.
Han pasado cuatro años desde que empezó la guerra de Ucrania. Las negociaciones de paz no llevan a ninguna parte, porque Rusiano desea la paz en este momento. La guerra sólo terminará cuando ambas partes lleguen a la conclusión de que el coste de mantenerla no compensa las ganancias que tratan de obtener en el campo de batalla. Ucrania ya ha llegado a esa conclusión y quiere negociar. Sabe que no va a conseguir recuperar el territorio que ha perdido. Rusia todavía no. Sigue queriendo convertir a Ucrania en un país sometido, como Belarus, y ocupar la parte del Donbas que no ha logrado conquistar.