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Jesús López-Medel

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Semana Santa (?) en Tierra Santa (??)

Israel veta la procesión de Domingo de Ramos en Jerusalén, símbolo clave para tres religiones, en un contexto de ocupación, éxodo cristiano y creciente marginación musulmana

Foto: Pierbattista Pizzaballa oficiando la misa del Domingo de Ramos en Jerusalén. (EFE/Ammar Awad)
Pierbattista Pizzaballa oficiando la misa del Domingo de Ramos en Jerusalén. (EFE/Ammar Awad)

Hay lugares que tienen una relevancia mundial y acontecimientos en la historia que tienen una significación excepcional. Un caso de gran singularidad es Jerusalén en lo que llamamos Semana Santa, donde ambos, lugar y hecho, se conjugan con gran relevancia. El significado que tiene históricamente se refleja en el sentido del cristianismo por la estancia final de Jesús, desde su entrada en la ciudad, su gran activismo y mensajes de esos últimos días, su pasión y muerte.

Pero también la ciudad tiene una importancia para otras dos religiones, ante todo, la judía. Fue el lugar elegido por el Rey David para convertirla en capital de las doce tribus de Israel y en la cual su hijo Salomón (omitamos sus amoríos con la reina de Saba, seductora que llevó a aquel a renunciar a sus creencias) construyó el primer templo, del cual, según la tradición hebrea, tiene su resto bíblico en una pared que es hoy el Muro de las Lamentaciones. Estos días releo algo la impresionante "Biografía" de Jerusalén que escribió en 2011 el gran historiador Montefiore o un texto fascinante de hace solo dos años, "El libro de todos los libros" (Roberto Calasso), que conjuga la Biblia y la Torá, que engancha y es de lectura fácil.

Pero también es lugar muy importante para la religión musulmana, siendo la tercera ciudad sagrada junto a la Meca y Medina de sus creencias y desde cuya mezquita Mahoma ascendió al cielo en un equino. Sin embargo, Israel, que controla toda la ciudad desde 1967, impone restricciones al culto aquí, habiéndose producido hace 2 años una entrada muy violenta en su explanada de un millar de judíos en este lugar santo de culto.

Ahora les ha tocado a los cristianos. Hacía muchos siglos que se dejaba de celebrar allí un día muy grande para estos: el domingo de Ramos. Las autoridades de Israel han prohibido el culto, en otro ataque más, aunque muy relevante, a la libertad religiosa de todos.

Foto: Varios petroleros en el estrechos de Ormuz. (Reuters)

Ese día de inicio de una semana excepcional para quienes creen o dicen creer en Cristo es "santa" entre nosotros porque son vacaciones o medio vacaciones, descanso, playa o turismo. Para la inmensa mayoría son momentos de exclusivo relajo de un tiempo intermedio entre el periodo navideño y el verano. La semana ya no es tan santa, no solo por la gran secularización de un país donde la vinculación de la religión a la fuerza abrazada a la dictadura política reflejaba una religión muy represiva, donde casi solo se podía ver "una de romanos" (Sabina) o, en los albores del cambio, la enérgica película de Pasolini, siguiendo el que algunos consideramos el más intenso evangelio, el de Mateo.

Ya aquellos macro-films de Charlton Heston ni se ven y la cultura histórica y religiosa es algo absolutamente ajena no solo a los jóvenes, sino a muchas generaciones. Ojalá algún día los jerarcas eclesiásticos y los más piadosos se interpelaran por qué a tantos españoles el mal ejemplo les ha arrancado su fe. Pero eso sí, son los que el genial Antonio Mingote, Marqués de Daroca, agrupó en un libro titulado "Al cielo iremos los de siempre". Hoy hay mucha gente liberada y emigrante de una religión impuesta durante décadas (siglos) y solo piensa en estas fechas para disfrutar y descansar.

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Otros también lo hacen, aunque tienen en un hueco de sus sentidos para manifestaciones culturales que les evocan algo "especial" en las brasas que quedaron lo que, entre otras manifestaciones, dejaron maravillosas músicas de las pasiones de Bach, los Stabat Mater (particularmente bello es el de Pergolesi) o, entre nosotros, un Tomás Luis de Victoria, entre cuyos recuperadores está el maestro Jordi Savall.

Pero volvamos a Jerusalén. Tuve allí ocasión de estar cuatro veces. Las tres primeras, en misiones de derechos humanos con contactos con grupos sociales y políticos varios junto a dirigentes en Israel, Palestina, Jordania o Líbano. En la primera vez (y repetiría) estaba el Memorial del Holocausto, cuya visita concluida con lágrimas en los ojos al final tras visionar con luz tenue (y ver al final, tras un lucernario, un campo de olivos) la crueldad que sufrieron los judíos en manos de un fascismo que se está normalizando hoy con espanto.

Entonces, 2005, escribiría un artículo "Visita al Museo del Holocausto" narrando esa emoción, pero interpelándome por qué un pueblo sufriente y masacrado era capaz de actuar ya entonces y antes con igual crueldad con otro pueblo, el palestino, que llevaba miles de siglos ahí.

Foto: cuando-dios-te-ordena-matar-la-justicia-no-es-suficiente

La última visita, en 2015, quise llevar a mi familia recorriendo lugares "con historia". Jericó, Jordán o una muy pequeña ciudad palestina, Belén, donde para entrar en ese pequeño santuario del nacimiento de Jesús, como decía un periodista sacerdote como Martín Descalzo: había que ser un niño o había que tener humildad para entrar agachándose. Solo así se puede acceder.

De todos ellos, me quedo con la procesión del Domingo de Ramos en Jerusalén. Inolvidable fue ese recorrido de más de tres horas absolutamente festivo, con frailes y monjas de túnicas moradas, amarillas y de un colorido (también en su piel) que nunca imaginé, con guitarras y cánticos muy alegres, multiculturales y, por supuesto, una gran mayoría laica, con niños abundantes y muy celebrativa. Tras visualizar desde el exterior el valle de Josafat, el monte de los olivos y otros lugares, el clímax sería la entrada en la ciudad vieja desde la puerta donde entró Cristo sobre un burro.

La fusión de ramos de olivo y palmeras en un ambiente muy festivo contagiaba incluso a quienes no tenían fe o la habían perdido pero vivido con sorpresa y emoción esos momentos. Curiosos y turistas participaban de ese espectáculo donde la jovialidad y los cantos eran la nota característica. Ese recuerdo quedaría grabado en mí para siempre, pero no ha podido hacerse este año. Jerusalén, lugar de tres culturas, vive una ocupación con un progresivo éxodo de los cristianos habitantes allá, asfixiados, y una marginalidad de los musulmanes ante el poderío del control del ejército hebreo. Esos musulmanes que desde España se les insulta por miles y se mofan de ellos impunemente, y hay insensatos políticos que lo aplauden.

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Ahora, una vez más, pero con una gravedad tremenda, el sufrimiento es aterrador, no sólo ahí, sino en toda esa tierra que muy difícilmente puede calificarse como santa sino maldita. Quienes hablan de "conflicto" se equivocan o emplean ese eufemismo para ocultar lo que es una masacre, un exterminio, un genocidio. Así en Gaza y Cisjordania, ahora extendido abiertamente al Líbano mediante ocupaciones de más y más territorios. Nadie para al criminal Netanyahu ni a su socio Trump, al que miembros de sectas evangélicas imponen sus manos implorando bendiciones para un ser amoral. Todo blasfemo como es el "In Gold we trust" que rotulan en su verdadero dios, el dinero y el poder.

Concluyo con otro recuerdo personal. El 1 de marzo de 2006 se debatieron dos iniciativas parlamentarias, del PSOE y PP, en la Comisión de Exteriores, celebrando los veinte años de restablecimiento de relaciones diplomáticas entre España e Israel. Yo impulsé una de ellas. Celebrábamos entonces ese aniversario, pero en el debate invocábamos también la reivindicación de un Estado palestino (que hoy sigue siendo un mantra fantasmal), el proceso de paz o los Acuerdos de Oslo, ensoñación que fue traicionada desde Israel.

Una última evocación al mejor poeta palestino de la historia, Mahmud Darwish, que en su bellísima autobiografía: "En presencia de la ausencia", nos dejó el testimonio más humano de lo que fue ya en 1947 vivir como niño la experiencia de ser expulsado de su casa, de su tierra en Galilea y haber vagado siempre exiliado y no haber podido retornar a lo que cada vez es una tierra menos santa.

Foto: jerusalen-santo-sepulcro-domingo-ramos-1tps

*Jesús López-Medel. Abogado del Estado. Expresidente de la Comisión de DDHH, Democracia y Ayuda Humanitaria de la OSCE (PA)

Hay lugares que tienen una relevancia mundial y acontecimientos en la historia que tienen una significación excepcional. Un caso de gran singularidad es Jerusalén en lo que llamamos Semana Santa, donde ambos, lugar y hecho, se conjugan con gran relevancia. El significado que tiene históricamente se refleja en el sentido del cristianismo por la estancia final de Jesús, desde su entrada en la ciudad, su gran activismo y mensajes de esos últimos días, su pasión y muerte.

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