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Hipotecas a 50 años o impuestos a los anillos: cómo gobernar una sociedad envejecida
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Ramón González Férriz

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Hipotecas a 50 años o impuestos a los anillos: cómo gobernar una sociedad envejecida

Los viejos tienen más fuerza electoral. Los jóvenes están más enfadados. Gobiernos de derechas como los de Trump, Meloni o Merz intentan navegar esa realidad con iniciativas imaginativas. Pero pueden empeorar los problemas

Foto: Población envejecida. (EFE)
Población envejecida. (EFE)
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A medio plazo, el fenómeno más relevante para la política occidental será la transformación demográfica. Hoy hablamos obsesivamente de una parte de ella, la inmigración. Pero aunque los economistas cada vez le prestan más atención, aún no sabemos muy bien cómo abordar políticamente la otra: el drástico envejecimiento de la sociedad.

La consecuencia más evidente de este envejecimiento es el creciente peso de las pensiones en las cuentas de los Gobiernos. Hoy estas suponen el 40% del gasto público en países como Alemania o España. Pero su efecto general consiste en un reparto más desigual de la riqueza entre los jóvenes, que cada vez tienen más dificultades para acceder a viviendas asequibles, y los mayores, que han construido su patrimonio durante unas décadas en las que hacerlo era un poco más fácil.

Los políticos están empezando a entender el hartazgo de los jóvenes, pero su prioridad es no molestar a los votantes mayores, que son muchos y muy exigentes. La semana pasada, en tres países ricos con Gobiernos de derechas, se propusieron tres medidas políticas que ilustran cómo estos intentan adaptarse a la nueva realidad. Vale la pena prestarles atención, porque es probable que empeoren las cosas.

Hipotecas a 50 años

Donald Trump ha pedido a los bancos que estudien la posibilidad de normalizar las hipotecas a 50 años. En la década de los noventa, la edad media de quienes compraban su primera casa era de 28 años. Ahora, es de 38. Trump quiere bajar esa edad. Pero de acuerdo con una estimación del Wall Street Journal, si una pareja joven compra una casa de 400.000 dólares con un 20% de entrada y una hipoteca con un tipo medio, pagaría, con la hipoteca a 50 años, 200 dólares menos al mes que con la hipoteca a 30 años, pero al final de la vida del crédito habría pagado 335.000 dólares más en intereses. Y los compradores terminarían de pagar el crédito con 80 años o más. Es decir, el plan para ayudar a los jóvenes a emanciparse y formar una familia y un patrimonio consiste en permitirles que acaben liquidando sus deudas a un paso de la tumba.

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Un impuesto al oro

En Italia lleva tiempo discutiéndose la posibilidad de subir los impuestos a quienes dedican su segunda o tercera vivienda al alquiler turístico. Una parte del Gobierno de Georgia Meloni cree que eso ayudaría a sacar más pisos al mercado del alquiler tradicional. Pero otra parte de la derecha, la Liga y Forza Italia, se ha opuesto a esa medida porque entiende que, para una generación de mayores que ha podido comprar más de una propiedad a lo largo de su vida, alquilar un piso a turistas es una manera adecuada de completar la pensión o pagar la universidad del hijo. Un grupo de legisladores que se oponen a ese impuesto ha planteado a Meloni una alternativa para recaudar una cantidad equivalente, unos 2.000 millones de euros: un impuesto a los objetos de oro que muchos italianos tienen en su casa. Se trata de lingotes, anillos o monedas que los abuelos acumularon durante las décadas en que la lira era muy volátil. Y que luego regalaban, o dejaban en herencia, a sus hijos o nietos.

Ahora, dicen esos legisladores de derechas, se podría gravar con un impuesto del 12,5% a quienes declaren a Hacienda la existencia de ese oro. La filosofía está clara: no se pueden subir los impuestos a quienes tienen varios pisos; la solución es que quienes recibieron una medalla por su primera comunión, asuman ahora los impuestos que sus abuelos nunca tuvieron que pagar.

Pensiones y mili

Lo cual nos lleva de vuelta a la creciente carga de las pensiones. El canciller alemán Friedrich Merz ha presentado su propuesta estrella: incentivar que los jubilados sigan trabajando y permitir que los primeros 2.000 euros que ganen cada mes estén libres de impuestos y sean compatibles con el cobro de una generosa pensión de jubilación. Tiene sentido que en una sociedad en la que la gente vive cada vez más y con mejor salud se permita a los mayores trabajar más tiempo y se les premie por ello.

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Pero, al mismo tiempo que Merz ​presentaba esta medida, el país se sumía en un agrio debate por otra iniciativa de su Gobierno: reintroducir el servicio militar; primero de manera voluntaria, pero a medio plazo por sorteo o quizá, si con eso no basta, de manera obligatoria para todos los jóvenes. Alemania necesita las dos cosas: más mayores muy cualificados que trabajen y más jóvenes que se hagan soldados. Pero la coincidencia en el tiempo de las ambas medidas ha evidenciado dolorosamente cómo se están repartiendo las recompensas y las cargas en las sociedades ricas.

Una adaptación difícil

Los Gobiernos y las sociedades deben adaptarse al drástico envejecimiento de la población, pero tienen que hacerlo a la vez que aumenta el malestar entre los jóvenes. Estas tres propuestas son solo una muestra de lo difícil que va a ser el proceso y de lo imaginativos que van a tener que ponerse los políticos. Las cosas van a empeorar mucho antes de que empiecen a mejorar. Quizá entonces los jóvenes ya sean viejos y le hayamos pasado la carga a la siguiente generación.

A medio plazo, el fenómeno más relevante para la política occidental será la transformación demográfica. Hoy hablamos obsesivamente de una parte de ella, la inmigración. Pero aunque los economistas cada vez le prestan más atención, aún no sabemos muy bien cómo abordar políticamente la otra: el drástico envejecimiento de la sociedad.

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