Sólo volviendo a nuestros orígenes e incorporando un cambio desde la continuidad, podremos adaptarnos, sin renunciar a nuestro ser, al nuevo e inquietante orden internacional
Parece un tanto paradójico que en estos tiempos, a veces marcados por una feminización forzada y artificiosa, un caballero elegante y discreto como el presidente del Consejo Europeo, António Costa, apunte hacia el potencial reemplazo de una señora tópica encarnación del euro-político y estilísticamente algo demodé, como la presidenta de la ComisiónUrsula von der Leyen.
La colosal categoría humana del presidente del Consejo que este lunes visita España para recibir de manos del Rey Felipe VI el XXV Premio del Fórum Europa, está logrando demostrar que cuando el varón es intelectual y políticamente superior a la fémina (como sucede en el tándem Costa/von der Leyen), el viejo topo de la historia impulsa lenta, pero inexorablemente la sustitución de la una por el otro en el desempeño de una posición del liderazgo europeo, sin que el género lo evite y sin que tampoco la mayoría de los que los rodean se hayan percatado de lo que está sucediendo.
La personalidad de Ursula von der Leyen, que vive su segundo mandato al frente la Comisión, es bastante conocida para unos europeos, que en su mayoría ignoran las circunstancias vitales que perfilan la identidad de António Costa. En la primera, lo vivido agota prácticamente al personaje hasta dejarlo exhausto y sin recursos para lo que le está viniendo encima a Europa. Del segundo, lo hasta ahora hecho acredita lo mucho que todavía puede aportar a lo que resta por andar a una Unión que se desdibuja por momentos.
De António Costa hay que añadir que no es un político al uso en el panorama europeo, como lo son esos desechos de tienta de política nacional que recalan de manera desvergonzada en la vida comunitaria como prórroga disimulada de una jubilación forzada en su país de origen. Un mal desgraciadamente extendido que está corroyendo a una Europa urgida de líderes de primera, capaces de emprender Politique d'abord que decía Maurras. Y António Costa lo es.
António Costa fue el anterior primer ministro socialista portugués que abandonó su cargo en un episodio de responsabilidad política que a los profesores de derecho constitucional nos permite explicar en las aulas desde un ejemplo efectivo, en qué consiste la "accountability". Una asunción de responsabilidad política de la que tanto hablan y poco predican en España el gobierno y la oposición.
Costa había gobernado Portugal con mano de hierro para llevar a cabo -desde el mayor de los consensos parlamentarios calculables- una política de restricciones y ajustes marcada por las inmisericordes condiciones impuestas por los hombres de negro de Bruselas, cuando fue acusado por la fiscalía de corrupción y dimitió sin pestañear antes de que se pudiera probar su completa inocencia y la absoluta limpieza de su obrar público.
No lo dudó ni un instante. No deseaba parapetarse tras las garantías procesales que con frecuencia permiten a los cargos públicos de un Estado Constitucional prevalerse de su condición para rehuir o a veces dilatar la obligación de dar cuentas de los actos, que es el gran principio que informa el oficio de responsable público.
Una dimisión que, además de honrarle como ciudadano, verifica su personal despego de una tiña repelente de ribetes autoritarios, que a menudo contamina y se apodera del cuerpo de los agentes públicos y que resulta incompatible con el hacer que anuncia a un político republicano y demócrata.
António Costa llegaba a la trasera del Palacio de São Bento desde una exitosa gestión al frente de la alcaldía de Lisboa en la que elección tras elección –hasta tres – fue creciendo en votación hasta llegar a la mayoría absoluta. Nunca abusó de su posición ni se dejó guiar por el mantra ideológico. Socialista histórico que consiguió revertir como Primer ministro una inviable privatización del metro de Lisboa, que había contestado como alcalde. De igual manera que con la misma fuerza pragmática defendió la presencia privada en la infraestructura que debía sustituir al obsoleto aeropuerto de Lisboa.
Como portugués, forma parte de ese reducido pero sólido elenco de experimentados políticos lusos - desde António Guterres hasta Vítor Constâncio - que ocupan con brillante entrega cargos internacionales de primer nivel. Todos comprenden el mundo globalmente, se manejan en términos globales y tienen en su ADN nacional la globalización, algo que sin embargo nos resulta difícil a los españoles. Posiblemente porque, como apuntaba Antonio Hespanha, Portugal es históricamente un producto de la primera globalización, de la que nace con Los Descubrimientos y se incorpora a la idiosincrasia cultural nacional como dato estructural.
Pero en el caso de António Costa ese dato se refuerza aún más en la medida que el presidente del Consejo es hijo de un literato proveniente de Goa, conoce perfectamente y tiene lazos directos con la India -país clave en la actual mundialización, que muchas veces resulta relegada en los análisis por China y Rusia- donde es acogido como un hijo de la tierra más.
Un europeo y un portugués que encierra en su mismo ser mestizo la expresión máxima de la apertura al mundo que protagonizó Europa cuando se expandió hacia el mar. Justamente lo que estamos necesitando los europeos en un momento en que los Estados Unidos pretenden avasallarnos reprochándonos los modelos de desregularización y desestatización que nos exportaron y que hoy se les vuelven en contra de sus intereses comerciales.
A nadie se le escapa que Europa tiene problemas. Muchos más que los de soportar terribles desafíos producto en muchos casos de sus crasos errores; una ampliación desaforada y cualitativamente poco exigente, la prima de lo financiero y de la construcción del euro a costa del olvido del humanismo que nos define, el terrible dominio de una burocracia indolente que quiere regularlo todo, el fracaso de las instituciones de control y de los políticos llamados a ejercerlo…. son algunas desordenadas expresiones de la situación en que se encuentra el proyecto europeo. Una situación cuyas soluciones difícilmente puede abordarse desde una Comisión presidida por Ursula von der Leyen repleta de burócratas, como ella, y compendio de todos los males que aquejan a Europa.
Solamente desde un Consejo – donde se sientan los jefes de Estado y de Gobierno - presidido por un político de raza como António Costa, es posible hoy por hoy llegar en Europa a la única solución viable a los problemas: ridurre ai principii que hicieron posible nuestro experimento político.
Solo volviendo a nuestros orígenes y, desde ellos, incorporando el cambio desde la continuidad, podremos adaptarnos sin renunciar a nuestro ser esencial, al nuevo e inquietante orden internacional que se abre ante nuestros ojos en un siglo disruptivo.
*Eloy García, catedrático de Derecho Constitucional.
Parece un tanto paradójico que en estos tiempos, a veces marcados por una feminización forzada y artificiosa, un caballero elegante y discreto como el presidente del Consejo Europeo, António Costa, apunte hacia el potencial reemplazo de una señora tópica encarnación del euro-político y estilísticamente algo demodé, como la presidenta de la ComisiónUrsula von der Leyen.