Trump se lo está poniendo muy fácil a los rivales de Occidente
Creyendo que Estados Unidos sigue siendo capaz de dictar la política mundial, Trump ha dado alas a adversarios como Rusia, China o Corea del Norte. No se trata de un bloque compacto ni coherente, pero su objetivo es claro: quitarnos poder
Todos los observadores de la política internacional actual deberían recordar una frase del novelista Francis Scott Fitzgerald: "El verdadero reto para una inteligencia de primera clase —decía— es la capacidad de tener dos ideas opuestas en la cabeza y, al mismo tiempo, ser capaz de seguir pensando".
Hoy, las dos ideas opuestas que debemos tener siempre en mente son: en primer lugar, que Estados Unidos es el país más poderoso del mundo. Y, en segundo lugar: que Estados Unidos ya no es el país más poderoso del mundo.
Las dos cosas son parcialmente ciertas. Pero la unión de ambas es lo que hace que Donald Trump le esté poniendo las cosas tan fáciles a los adversarios de Occidente. Esto se ha visto de manera evidente en las últimas semanas.
India, por libre
Estados Unidos e India siempre han tenido relaciones complicadas. Durante la Guerra Fría, la Casa Blanca quería contar con India para combatir al comunismo. Pero esta prefirió formar parte de los países no alineados: un tercer bloque cuyos miembros rechazaban por igual el capitalismo occidental y el modelo soviético. Y que querían tener libertad de movimientos para escoger a socios de uno u otro lado según el momento y sus intereses.
Durante las tres últimas décadas, esas relaciones han mejorado gracias a la buena voluntad de ambas partes, que se han acercado en materia nuclear, comercial y de defensa. En parte debido a la histórica mala relación de India con su vecino chino, el país se ha ido integrando paulatina y prudentemente en el bloque occidental. Su actual primer ministro, Narendra Modi, ha sido partidario de ello.
Hasta ahora. Convencido de que podía utilizar los aranceles para obligar a India a aumentar su dependencia de Estados Unidos, en agosto Trump exigió a Modi que dejara de comprar petróleo ruso y que renunciara a acercarse a China. De lo contrario, dijeron sus negociadores, le impondría unos aranceles del 50%. Era una amenaza fruto de la confianza del presidente en la primera idea: que el poder americano es casi ilimitado.
India se quedó estupefacta y dijo que no aceptaba el trato porque solo ella es soberana para decidir su estrategia energética. Y Modi corrió a reunirse con Xi Jinping. El resultado del encuentro entre dos países que hace apenas cinco años parecía que podían ir a la guerra por culpa de un conflicto fronterizo asombró al mundo. Ambos líderes dijeron que no eran rivales, sino socios; se restituyeron los vuelos directos entre ciudades de los dos países y acordaron reforzar sus acuerdos comerciales. China incluso se mostró dispuesta a comprar más productos de India, con la que tiene un enorme superávit comercial. E India, por supuesto, va a seguir comprando petróleo ruso. Este acercamiento de potencias antes enfrentadas es una consecuencia de la segunda idea: que, si sus rivales se ponen de acuerdo, Estados Unidos ya no es el país más poderoso del mundo.
El resto contra Occidente
El caso de India es llamativo por la extraordinaria torpeza de Trump. Pero China se ha dado cuenta de que puede acudir en ayuda de todos quienes, con razón o sin ella, se sienten ofendidos por la agresividad estadounidense. Además de India, es el caso de Rusia, a la que China compra mucho petróleo, a la que ha prometido comprar aún más gas por medio de un nuevo gasoducto, y a la que de manera tácita ayuda en la guerra de Ucrania.
En la reunión celebrada la semana pasada en Pekín con motivo del ochenta aniversario de la victoria China en la Segunda Guerra Mundial —China era la socia de los aliados en Asia contra Japón— acudieron, además de Vladimir Putin, los líderes de Corea del Norte, Irán, Bielorrusia y Cuba, entre muchos otros. Xi sabe que se trata de un grupo incoherente y muchas veces enfrentado: los ayatolás iraníes odian a los comunistas; Cuba es completamente irrelevante, y por mucho que Xi y Modi simulen una nueva amistad, no se fían del otro y son fieros competidores.
Pero Xi piensa que puede liderar esa recelosa coalición unida por una sola idea: quitar poder a Occidente, al que considera hipócrita y neocolonial. Y que, cree, apuesta por un modelo político viejo y decadente: la democracia liberal. Todos esos países, aunque se lleven mal entre sí, creen que la torpeza de Trump es una oportunidad única para reforzar esa inestable pero enorme alianza de los agraviados de Occidente.
Trump entiende lo que está pasando: él mismo afirmó, tras la reunión de esa circunstancial alianza, que "hemos perdido a India y Rusia a manos de la China más profunda y oscura". India sabrá seguir siendo ambivalente y es posible que Trump rectifique. Pero, con su arrogancia, y la creencia de que se pueden hacer amigos por la fuerza, este se lo ha puesto demasiado fácil a esos rivales de nuestros valores. Sobre todo porque Trump también alberga dos ideas contradictorias en su cabeza. En primer lugar, que Estados Unidos es el gran defensor de los valores democráticos. En segundo lugar, que Estados Unidos ya no es un defensor de los valores democráticos.
Todos los observadores de la política internacional actual deberían recordar una frase del novelista Francis Scott Fitzgerald: "El verdadero reto para una inteligencia de primera clase —decía— es la capacidad de tener dos ideas opuestas en la cabeza y, al mismo tiempo, ser capaz de seguir pensando".