Trump está haciendo realidad muchas de las fantasías de la izquierda
Aplicar el proteccionismo económico. Acabar con la independencia del banco central. Atacar la Organización Mundial del Comercio o enfrentarse a las farmacéuticas. Trump encarna parte del programa de la izquierda radical y los antiglobalización
El presidente de EEUU, Donald Trump. (EFE/EPA/Pool/Al Drago)
Finales de los años noventa. Cientos de miles de personas participan en manifestaciones contra la globalización en Seattle, Génova o Porto Alegre. Algunas son viejos comunistas que, tras la caída del Muro, se han convertido a la nueva causa; otras son más jóvenes y solo defienden a los indígenas americanos mientras escuchan a Manu Chao y Rage Against the Machine. La publicación de referencia es Le Monde Diplomatique y los lemas son abundantes e inequívocos: "¡Abajo la Organización Mundial del Comercio!". "Acabemos con el neoliberalismo". "No al FMI". "Stop al fundamentalismo del libre mercado".
La mayor ironía política que ha visto mi generación, y la izquierda de los últimos treinta años, es que quien está haciendo realidad una parte importante de ese programa es un presidente estadounidense del partido republicano, Donald Trump.
Obviamente, Trump no tiene un programa de izquierdas. En muchos sentidos, es un derechista clásico: no lleva ni un año de su segundo mandato y ya ha bajado los impuestos a los ricos, ha recortado servicios públicos a la clase baja y ha iniciado la militarización de algunas ciudades con la excusa de la seguridad pública. Pero algunos aspectos de su ideología conectan extrañamente con los de aquellos manifestantes y parte de la intelectualidad progresista occidental.
Ni libre mercado ni banco central independiente
Lo más evidente, y lo que está demostrando que, en efecto, "otro mundo es posible", es su intento de acabar con el libre comercio. Como los antiglobalizadores de entonces, Trump cree que este es perjudicial para los trabajadores y las empresas nacionales, y considera que los aranceles son una forma de disuadir las importaciones o, en todo caso, de lucrar al Estado con ellas. Como todos los antiglobalizadores —y la Izquierda Unida actual— es partidario de la "soberanía alimentaria" y, aunque él no lo diría con esa expresión, es un defensor del "consumo de proximidad": el viejo "Buy American!".
Al igual que los antiglobalizadores, además, Trump detesta la Organización Mundial del Comercio, que es la institución que ha gobernado la globalización económica durante las últimas décadas. Hoy, muchos creen que su supervivencia está en riesgo: con su guerra comercial, Trump ya ha hecho que sus reglas se vuelvan casi irrelevantes, y además ha decidido reducir enormemente su financiación.
Una parte de la izquierda también ha recelado con frecuencia del Fondo Monetario Internacional, al que considera una herramienta para la imposición global del neoliberalismo y las políticas de la austeridad, y del Banco Mundial, al que ha acusado de utilizar la cooperación al desarrollo como una forma de implementar el imperialismo estadounidense. Pues bien, Trump ha amenazado reiteradamente con abandonar ambas instituciones, y sin duda reducirá también su financiación tras una revisión que está llevando a cabo su Gobierno, lo que podría poner en peligro su supervivencia.
Una parte de la izquierda también ha denostado insistentemente el carácter tecnocrático de otras instituciones como los bancos centrales, y ha criticado su independencia desde que esta se convirtió, a partir de los años ochenta, en una norma. Para muchos, como el politólogo Ignacio Sánchez Cuenca, que ha insistido en ello en nuestro país, se trata de un arreglo institucional antidemocrático, hijo de la oleada neoliberal del reaganismo y el consenso de Washington. Visto así, Trump, que está tratando de poner a la Reserva Federal bajo las órdenes del poder ejecutivo para que este pueda decidir el precio del dinero, estaría llevando a cabo un simple acto de redemocratización.
Más allá de las instituciones
Pero no se trata solo de las grandes instituciones que rigen la economía global. Trump va a nacionalizar parcialmente la fabricante de chips Intel, y su secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció la semana pasada que el Gobierno piensa invertir en otras industrias clave con el argumento de que el país debe ser "autosuficiente", una tradicional reivindicación izquierdista. Trump quiere que las empresas que se deslocalizaron a México o Asia regresen a su país, y está dispuesto a utilizar la coerción para ello. Como sucede con la vieja izquierda, uno de los grandes adversarios de Trump son las empresas farmacéuticas. Y de hecho su secretario de Sanidad, como una parte relevante del mundo progresista alternativo, recomienda terapias naturales. Por supuesto, el presupuesto que ha elaborado Trump para el próximo año responde a la vieja indiferencia de muchos izquierdistas radicales por los enormes déficits y el crecimiento desmesurado de la deuda.
Hemos manoseado tanto la palabra "neoliberalismo" que hoy resulta difícil definirla con precisión. Pero si aceptamos que este era una defensa del libre comercio global, la deslocalización de empresas hacia lugares más baratos y desregulados, las instituciones económicas contramayoritarias y la responsabilidad fiscal, podemos decir que Trump lo está matando. Dudo que la mayoría de los viejos antiglobalizadores lo esté celebrando. Pero seguro que los más listos son conscientes de la ironía histórica. El partido republicano alumbró el neoliberalismo y el partido republicano está intentando matarlo con argumentos propios de la izquierda antiglobalización. Otro mundo es posible, pero este es bastante raro.
Finales de los años noventa. Cientos de miles de personas participan en manifestaciones contra la globalización en Seattle, Génova o Porto Alegre. Algunas son viejos comunistas que, tras la caída del Muro, se han convertido a la nueva causa; otras son más jóvenes y solo defienden a los indígenas americanos mientras escuchan a Manu Chao y Rage Against the Machine. La publicación de referencia es Le Monde Diplomatique y los lemas son abundantes e inequívocos: "¡Abajo la Organización Mundial del Comercio!". "Acabemos con el neoliberalismo". "No al FMI". "Stop al fundamentalismo del libre mercado".