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600 millones, una lengua: el poder invisible de Iberoamérica
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Tomás Vera Romeo

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600 millones, una lengua: el poder invisible de Iberoamérica

Es el momento de girar la política de relaciones exteriores de España de forma inequívoca al continente americano, construir un modelo de relación entre iguales que aborde sin ambages la búsqueda de la coordinación

Foto: El rey Felipe VI recibe las banderas de los países de Iberoamerica del presidente de Ecuador, Daniel Noboa, al cierre de la sesión plenaria de la XXIX Cumbre Iberoamericana en 2024. (EFE/Bienvenido Velasco)
El rey Felipe VI recibe las banderas de los países de Iberoamerica del presidente de Ecuador, Daniel Noboa, al cierre de la sesión plenaria de la XXIX Cumbre Iberoamericana en 2024. (EFE/Bienvenido Velasco)

Entre Madrid y Pekín hay aproximadamente la misma distancia que entre el Río Grande y la Tierra del Fuego, y sus dos capitales: Ciudad de México y Buenos Aires. Esa franja de tierra, de unos 10.000 kilómetros, está habitada por cerca de 600 millones de personas que hablan, piensan, crean y sueñan en un solo idioma. Jóvenes, diversos, conectados por una cultura común, por referencias compartidas, por una forma de entender el mundo que trasciende fronteras y banderas.

Es una comunidad viva, con todos los recursos naturales, agrícolas, ganaderos y minerales necesarios para generar un modelo de desarrollo de alto crecimiento. Una región prácticamente alineada en los husos horarios, con sinergias productivas evidentes y una capacidad única para dialogar consigo misma en tiempo real. Un contraste evidente con la multitud de lenguas, culturas, filosofías y obstáculos naturales que caracterizan las relaciones dentro de Europa y con el resto de continentes.

Y, además, con una palanca natural de conexión con Europa, Mundo Árabe y Asia: España. Un país europeo, sí, pero con el corazón y la historia enlazados a Iberoamérica. España puede y debe ser el puente entre Europa y Asia hacia Iberoamérica, y de Iberoamérica hacia el mundo. Es el momento de girar la política de relaciones exteriores de España de forma inequívoca al continente americano, construir un modelo de relación entre iguales, un modelo que aborde sin ambages la búsqueda de una coordinación común de sinergias y esfuerzos, que construya elementos de comunicación, de presencia y de influencia mutua, nos tenemos que conocer profundamente, tenemos que saber mutuamente nuestros problemas y nuestros potenciales, nuestras circunstancias, tienen que ser sus circunstancias y viceversa. Crear canales de comunicación conjuntos, itinerarios universitarios conjuntos, inversiones estratégicas conjuntas y mercados prioritarios conjuntos. Y un compromiso por la libertad y la democracia plena en el que todos los países estén implicados de forma directa y profunda.

No hay otra unión de regiones en el planeta que combine esa unidad lingüística, esa densidad humana, esa riqueza cultural, con semejante potencial estratégico. Y, sin embargo, esa promesa compartida sigue esperando convertirse en proyecto.

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Pero aquí está la clave: esa unidad no se impone ni se decreta. Se construye. Y solo puede construirse desde una visión política basada en la moderación, en la responsabilidad, en el sentido común. Si queremos levantar un modelo iberoamericano que sea competitivo y justo, necesitamos alejarnos de los extremos, abandonar los discursos excluyentes que dividen, polarizan y empobrecen.

La transformación debe hacerse desde modelos económicos liberales en el mejor sentido de la palabra: abiertos al mundo, comprometidos con la equidad, orientados al máximo desarrollo de las capacidades de todas las personas. Esto no es tarea de un solo actor. Requiere alianzas reales: entre trabajadores y empresarios, entre la sociedad civil y los gobiernos, entre la ciudadanía y sus instituciones. Solo así, poniendo el bien común por delante de las diferencias, podremos convertir nuestro potencial en prosperidad compartida.

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Y si queremos que esa transformación empiece por algún lugar, que empiece por donde late con más fuerza la vida iberoamericana: las ciudades.

Hoy, cerca del 50% de los ciudadanos en Iberoamérica que viven en zonas urbanas, lo hacen en condiciones de exclusión o precariedad. Y eso no puede seguir siendo una normalidad aceptada. Transformar nuestras ciudades no es solo deseable, es absolutamente necesario si queremos construir un continente más justo, más digno, más sostenible. Y sobre todo si queremos incluir a cerca de 300 millones de personas en la ecuación del desarrollo, que contribuyan con su fuerza laboral, económica, social y cultural al crecimiento del continente.

Necesitamos ciudades más densas, más compactas, más humanas. Ciudades que puedan financiar servicios públicos universales y de calidad. Ciudades que ofrezcan igualdad real de oportunidades, donde nacer en un barrio u otro no determine el destino de una vida.

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Las ciudades siempre han sido el lugar natural del encuentro, de la suma de talentos, de la creatividad que impulsa la innovación y el progreso. Son motores de productividad, pero también espacios donde florece la cultura, la ciencia, el arte, la civilización.

Y de nuevo España se convierte en un actor clave de la revitalización de las ciudades iberoamericanas, España ha tenido un proceso de transformación de sus ciudades en su pasado reciente que sirve de guía a los países iberoamericanos, los profesionales del urbanismo, la ingeniería y la arquitectura, así como las empresas de infraestructuras, construcción y servicios de agua, energía, RSU, movilidad, etc. españoles forman un pool líder mundial. Una verdadera industria del desarrollo capaz de posicionarse con eficacia y contribuir a crear riqueza y oportunidades.

Desde la Fundación Ciudad, a través del Foro Iberoamericano de Ciudades, trabajamos sobre esta hipótesis: que el crecimiento de Iberoamérica debe comenzar en sus ciudades. En los últimos años, el Foro ha reunido a más de 7.000 tomadores de decisiones de más de 1.000 ciudades, en ediciones celebradas en Lima, Veracruz, Querétaro y Cancún.

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Y lo que hemos aprendido es poderoso: ningún país, ninguna ciudad, puede enfrentar sola los desafíos del siglo XXI. Necesitamos pensar en comunidad, actuar en red, sumar fuerzas. Compartir buenas prácticas, innovaciones urbanas, estrategias comunes.

Una Iberoamérica unida por sus ciudades, consciente de su fortaleza, puede liderar un nuevo modelo de urbanismo: inclusivo, resiliente, verde, eficiente. Un modelo capaz de ofrecer calidad de vida real para todos. Y desde ahí, proyectarse al mundo.

Por eso volvamos al principio. Hablemos de esa vasta región de 600 millones de personas, unidas por una lengua, una cultura, una historia. Una comunidad que, junto a España, puede forjar una alianza única en el planeta. Un bloque humano, social y estratégico con capacidad de mirar al futuro con ambición y con esperanza.

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Porque cuando un continente se reconoce, se organiza y se pone de pie con una visión común —moderada, moderna, decidida—, no hay desafío que lo detenga. Iberoamérica no necesita permiso para construir su destino. Solo necesita creérselo. Tenemos que creerlo, tenemos que construir ese camino, y el mundo, créanme, lo sabrá.

*Tomás Vera Romeo, presidente Fundación Ciudad.

Entre Madrid y Pekín hay aproximadamente la misma distancia que entre el Río Grande y la Tierra del Fuego, y sus dos capitales: Ciudad de México y Buenos Aires. Esa franja de tierra, de unos 10.000 kilómetros, está habitada por cerca de 600 millones de personas que hablan, piensan, crean y sueñan en un solo idioma. Jóvenes, diversos, conectados por una cultura común, por referencias compartidas, por una forma de entender el mundo que trasciende fronteras y banderas.

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