Los americanos son de Marte. ¿Son aún de Venus los europeos?
Las propuestas de Pedro Sánchez en materia de seguridad y defensa van en la buena dirección. Pero son difusas y no sabemos cómo se pagan. Además de invertir más, los europeos tenemos que adoptar cierta mentalidad estadounidense
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia en el Congreso. (EFE/Javier Lizón)
En 2002, el académico neoconservador Robert Kagan publicó un artículo en una sesuda revista de política internacional. Se titulaba 'Poder y debilidad' y explicaba por qué Estados Unidos y la Unión Europea tenían filosofías políticas tan distintas. El primero entendía que el mundo era un lugar peligroso y estaba dispuesto a utilizar unilateralmente su inmenso poder militar para aplastar toda amenaza potencial. La segunda, que había ganado la Guerra Fría sin disparar un tiro ni gastar mucho dinero, estaba convencida de que los conflictos se solucionaban mediante la diplomacia y el multilateralismo. El primero quería un mundo seguro para sus intereses; la segunda, que el resto del planeta adoptara los valores liberales de las democracias europeas.
Esa disparidad, decía Kagan, hacía inevitable una ruptura entre los dos lados del Atlántico. Occidente, entendido como la unión estratégica de Estados Unidos y Europa surgida tras la Segunda Guerra Mundial, estaba condenado a desaparecer porque nos habíamos vuelto demasiado diferentes. El artículo tuvo un enorme impacto y una frase se hizo célebre: los americanos, decía Kagan, son de Marte (el planeta que lleva el nombre del dios romano de la guerra); los europeos, de Venus (la diosa del amor).
Hoy, mientras nos preguntamos si Donald Trumpha matado la alianza atlántica, es importante recordar que hace más de veinte años también la dimos por muerta. Pero es aún más relevante otro interrogante. Es evidente que Estados Unidos sigue siendo de Marte. Quizá más que entonces: si hace veintitrés años consideraba que Irak era una amenaza y que eso le legitimaba para invadirlo, hoy siente que puede invadir sitios tan poco amenazadores como Groenlandia o Canadá. La verdadera incógnita es si Europa sigue siendo de Venus.
Sí, pero
A juzgar por la intervención de ayer de Pedro Sánchez en el Congreso, es probable que nos encontremos en pleno viaje de Venus hacia Marte. A pesar de su renuencia a utilizar la palabra “rearme”, su anuncio del nuevo plan de gasto en defensa sonó bien. Dijo cosas sensatas: “Actualizar el equipamiento de nuestras Fuerzas Armadas”, “modernizar los sistemas de protección de nuestro espacio aéreo y nuestras fronteras”, “desarrollar nuevas capacidades para bloquear los ataques cibernéticos y las campañas de desinformación de agentes extranjeros que sufrimos cada semana”. Pronunció palabras importantes, como “protección” y “disuasión”. Y citó “el desarrollo de capacidades estratégicas que hasta ahora proveía el ejército estadounidense en ámbitos como la inteligencia, la logística, y el mando y el control de la defensa aérea”.
Gobierno y oposición, sin acuerdo en el gasto militar
Pero el presidente tiene un problema de credibilidad. Piensa que los ciudadanos no son adultos: además de reiterar que nada de esto va a implicar recortes en el gasto social, debería haber explicado de dónde saldrá el dinero, sobre todo porque el Gobierno está reconociendo que no llevará los presupuestos al Congreso. Y es tramposa su propuesta ante Bruselas de que casi cualquier cosa —desde la compra de vacunas a la inversión en ferrocarriles o la lucha contra el cambio climático— puede considerarse gasto defensivo. También debería dejar de pensar que la oposición tiene que firmarle cualquier cheque en blanco que él le ponga delante. Pero, en todo caso, es bueno que España se haya alineado con los socios europeos.
Estos, sin embargo, y con la posible excepción de Italia, han sido más osados y más claros. Alemania ha cambiado sus reglas fiscales para invertir en defensa unos 43.000 millones de euros y está hablando incluso de compartir armas nucleares con Reino Unido y Francia. Esta, que ya gasta más del 2% de su PIB en defensa, quiere llegar al 3% y alardea ahora de que su modelo —no solo disponer de capacidad nuclear, sino también de un ejército menos dependiente de la OTAN— era el bueno. Polonia quiere también armas nucleares, aunque estadounidenses. Los países bálticos y Finlandia han planteado abandonar la convención internacional sobre las minas antipersona para poder utilizarlas en caso de que aumente la amenaza de una invasión rusa, y varios de ellos están aumentando su presupuesto de defensa hasta el 5% del PIB. En un giro irónico, parece que la UE va a emitir deuda mutualizada —una vieja reivindicación de los países del sur, que pensaban que podía servir para sufragar infraestructuras o gasto social— para financiar la compra de armas.
Todo esto llega tarde: los países europeos calculan que serán necesarios entre cinco y diez años para sustituir todas las capacidades militares que hasta ahora ofrecía Estados Unidos. Pero parece que el viaje de un planeta a otro va en serio. Si es así, sin embargo, el aumento de las inversiones debe ir acompañado de una nueva mentalidad. Sobre todo, en nuestro país. Es comprensible que a las puertas del Congreso se manifestaran ayer los izquierdistas enamorados del lema “No a la guerra” y que, en el interior, los antaño aguerridos muchachos de Vox se hayan vuelto pacifistas. Pero todos los demás españoles deberíamos asumir un cambio de filosofía política que va más allá de las promesas de Sánchez.
La Europa de Venus no está obsoleta. La diplomacia, el multilateralismo y las instituciones siguen siendo el mejor camino hacia el progreso y la paz. Pero tenemos que ser, también, un poco más de Marte: el mundo exterior se ha vuelto muy peligroso. Pese a los pasos en la buena dirección, España tiene que ser más consciente de ello.
En 2002, el académico neoconservador Robert Kagan publicó un artículo en una sesuda revista de política internacional. Se titulaba 'Poder y debilidad' y explicaba por qué Estados Unidos y la Unión Europea tenían filosofías políticas tan distintas. El primero entendía que el mundo era un lugar peligroso y estaba dispuesto a utilizar unilateralmente su inmenso poder militar para aplastar toda amenaza potencial. La segunda, que había ganado la Guerra Fría sin disparar un tiro ni gastar mucho dinero, estaba convencida de que los conflictos se solucionaban mediante la diplomacia y el multilateralismo. El primero quería un mundo seguro para sus intereses; la segunda, que el resto del planeta adoptara los valores liberales de las democracias europeas.