680 soldados españoles en el sur de Líbano: vidas en riesgo sin poder cumplir su misión
El contingente de cascos azules desplegado en la frontera con Israel no puede, ni de lejos, cumplir su cometido sobre todo desde que empezó la guerra en Gaza
Soldados españoles de la Fuerza Interina de las Naciones Unidas en el sur del Líbano (FINUL) y soldados libaneses inspeccionan unos cohetes descubiertos en la localidad de El-Mari. (EFE/Archivo/Str)
Son unas cuantas las misiones de Naciones Unidas que, por múltiples razones, no pueden llevar a cabo sus cometidos empezando por MINURSO, la que está destinada en el Sáhara Occidental y que, desde hace 33 años no organiza el referéndum de autodeterminación pactado ni tampoco vigila un alto el fuego roto desde finales de 2020.
Hay, sin embargo, una misión que además de no poder cumplir su mandato, sobre todo desde hace casi once meses, pone en peligro la vida de sus 10.500 soldados, entre los que hay 680 españoles. Es la Fuerza Interina de Naciones Unidas en Líbano (FINUL), desplegada en el sur de ese país, en los 30 kilómetros que separan la frontera con Israel del río Litani. Es la más numerosa de todas las misiones de cascos azules y la manda el teniente general español Aroldo Lázaro. Su presupuesto anual es de 460 millones de euros.
El mandato de la FINUL se remonta a 1978, pero fue ampliado en 2006 y expira el sábado 31 de agosto, pero el Consejo de Naciones Unidas ya se anticipó y lo renovó el miércoles pasado por un año. Así lo había solicitado Líbano y solo Israel, que no forma parte del Consejo, puso reparos.
“A veces tenemos que refugiarnos debido a los bombardeos, a veces incluso dentro de los búnkeres”, declaraba el casco azul Álvaro González Gavalda, a la agencia de prensa AFP en un reportaje que publicó la semana pasada. Así viven sus soldados, atrapados entre los duelos del Ejército israelí con la milicia libanesa de Hezbolá, sobre todo desde que el 7 octubre de 2023 Hamás desencadenó su brutal ataque sobre el sur de Israel. La FINUL ha reducido drásticamente sus patrullas.
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“Desgraciadamente, la FINUL lleva décadas demostrando su ineficacia en el cumplimiento de su misión y, a falta de cambios significativos, hay pocas esperanzas de que pueda desempeñar un papel relevante en la seguridad de la frontera entre Israel y Líbano”, escribió hace una semana David Schenker, exsubsecretario de Estado de EEUU, y ahora director de un programa del Washington Institute for Near East. “Si esa fuerza sigue rindiendo por debajo de sus posibilidades, Washington debería volver a plantearse seriamente vetar su mandato (...)”, concluía.
La FINUL ya cumplió, en 2020, parte de su mandato -comprobar la retirada israelí del sur de Líbano- y no puede desarrollar el resto. No va a restaurar la paz ni la seguridad, en constante deterioro, ni supervisar un cese de hostilidades que se han acentuado.
Tampoco va a asistir la FINUL al Gobierno libanés en el restablecimiento de su autoridad en la zona porque es cada día más débil frente a Hezbolá, que cuenta con un auténtico Ejército. No puede, por último, garantizar el regreso seguro de las personas desplazadas del sur al centro del país. El sur es una retahíla de pueblos casi fantasmas cuyos vecinos no quieren volver por miedo a la guerra.
Suena quimérico y engañoso escuchar estos días al ministro libanés de Asuntos Exteriores, Abdallah Bou Habib, ensalzar el papel de la FINUL en “la preservación de la estabilidad”. Un mes antes, el teniente general Lázaro se declaraba “orgulloso” de la dedicación de sus hombres “a la desescalada de las tensiones y al restablecimiento de la seguridad y la estabilidad (...)”. Mucha dedicación, pero ¿con qué resultados?
Más allá de llevar la contabilidad de los enfrentamientos entre Israel y Hezbolá que han causado más de 800 muertos, sobre todo en Líbano, la FINUL solo cumple un modesto papel. Proporciona, con más de poderío que una ONG, algo de ayuda humanitaria a los cuatro ancianos que se resisten a abandonar los pueblos cercanos a la frontera con Israel.
Sirve también de enlaceentre el Gobierno de Benjamín Netanyahu y el de Líbano, carente de autoridad en buena parte del país, especialmente en el sur. Es el interlocutor legal, pero poco representativo de la realidad sobre el terreno.
Para esa labor tan limitada no se necesitan tantos cascos azules y menos aún cuando la intensificación de la guerra que libran el Ejército israelí y la milicia chií pone en riesgo sus vidas.
Son unas cuantas las misiones de Naciones Unidas que, por múltiples razones, no pueden llevar a cabo sus cometidos empezando por MINURSO, la que está destinada en el Sáhara Occidental y que, desde hace 33 años no organiza el referéndum de autodeterminación pactado ni tampoco vigila un alto el fuego roto desde finales de 2020.