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Alemania y su dilema de guerra: ¿debe el país apoyar un embargo energético inmediato contra Rusia?
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La energía como arma

Alemania y su dilema de guerra: ¿debe el país apoyar un embargo energético inmediato contra Rusia?

Berlín, el mayor consumidor europeo de gas ruso, avanza a pasos agigantados para conseguir su 'decoupling' energético de Moscú. Pero el miedo a un descalabro económico plantea dudas sobre qué tan rápido hacerlo

Foto: El canciller alemán, Olaf Scholz. (EFE/Steffi Loos)
El canciller alemán, Olaf Scholz. (EFE/Steffi Loos)
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Si hay un país que encarna la problemática dependencia energética de Europa del gas ruso, ese es Alemania. Por el trasfondo político, ya que Berlín privilegió durante años los negocios con Vladímir Putin pese a sus modales autoritarios. Pero también por las meras cifras. La principal economía europea es, en números absolutos, el mayor comprador en la UE de gas proveniente de Rusia.

La decisión sobre un posible embargo europeo para golpear a la economía rusa con un boicot a su estratégico sector energético, por eso, pasa de forma inevitable por Berlín. El beneplácito germano es crucial para una medida que privaría al Kremlin de los cientos de millones de euros que los países de la UE transfieren a diario a las arcas de Putin. Se trata, eso sí, de un arma de doble filo, que podría infligir serias heridas a las propias economías europeas, en particular a la germana.

Así lo demuestra el acalorado debate en Alemania, donde crece día tras día la presión pública a favor de un embargo energético contra Rusia para frenar la guerra en Ucrania. Al mismo tiempo, se expande el temor a un descalabro económico generado por una suspensión abrupta del suministro de gas, petróleo y carbón rusos, vitales para mantener en marcha la locomotora teutona. En particular, la industria química, con gigantes globales como BASF o Bayer, depende en alta medida del gas natural.

A juzgar por la frenética diplomacia alemana, el país avanza a pasos agigantados para despedirse pronto de sus proveedores rusos

Con un embargo energético inmediato "provocaríamos una grave crisis económica", advertía hace unos días el canciller, Olaf Scholz, en una tertulia televisiva. "Se trata de muchísimos puestos de trabajo", avisaba. Al mismo tiempo, Scholz prometió que la emancipación energética de Rusia llegará "bastante rápido". A juzgar por los anuncios y la frenética diplomacia alemana, el país avanza en efecto a pasos agigantados para despedirse pronto de sus proveedores rusos. Además de enviar al ministro de Economía a negociar con el emir de Qatar la compra de gas natural licuado (GNL), el Ejecutivo asegura que ha conseguido reducir su dependencia del gas ruso de un 55% a un 40% en las últimas semanas.

¿Primero el boicot europeo o el manotazo de Putin?

Para el Gobierno se trata de una carrera contrarreloj y, en cierta forma, también de varios actos de malabarismo. Scholz y su Gobierno necesitan encontrar alternativas urgentes al gas ruso y, al mismo tiempo, mantener la presión sobre Putin, por ejemplo, con la amenaza de un embargo. Pero también poner paños fríos al miedo de muchos ciudadanos, preocupados ante la perspectiva de verse sin calefacción o sin gas en los fogones de sus cocinas, así como a los augurios de economistas que pintan un futuro sombrío para el PIB germano en caso de un 'decoupling' precipitado.

El desenlace para los dilemas alemanes, en todo caso, pareció estos días inminente por las recientes amenazas de Putin de cerrar el grifo a países 'hostiles' que se nieguen a empezar a pagarle el gas en rublos, en lugar de seguir haciéndolo en euros o dólares, como hasta ahora. El líder ruso reculó, finalmente, quizá porque el daño para la economía rusa hubiera sido mayor. También es posible que se tratase solo de amagos —muestra de la brutal habilidad política de Putin— para ayudar a estabilizar el rublo tras su desplome inicial por las primeras sanciones de Occidente. Así como que el órdago buscase, sobre todo, intimidar directamente a países como Alemania.

Foto: El bombardero Tupolev, en una fábrica rusa. (EFE/Tupolev)

Berlín, sin embargo, decidió mostrar músculo. "Para nosotros es importante no dar la señal de que nos dejamos chantajear por Putin", dijo el titular de Economía, Robert Habeck, convertido en uno de los rostros más resolutos de la respuesta germana al Kremlin. Si una de las conclusiones más dolorosas para Alemania ha sido que su antigua política de diálogo y mano tendida contribuyó a envalentonar a Moscú en las últimas dos décadas, ahora el país está decidido a devolver los bofetones, el único lenguaje que parece respetar Putin.

Las contradicciones de Berlín

El desafío, eso sí, plantea a veces dificultades dialécticas para el Gobierno de Berlín, atrapado entre los distintos frentes abiertos. Scholz, por ejemplo, pasa apuros para transmitir el mensaje contradictorio de que, por un lado, Alemania puede capear el temporal si Rusia cierra el grifo de forma inmediata, pero, por otro lado, no puede permitirse en estos momentos apoyar un embargo energético. "Estaríamos preparados (si Rusia decide cortar el suministro), pero, si esas importaciones faltan de un día para otro, eso forzaría a varios sectores industriales, al completo, a suspender sus actividades", explicó en la tertulia de la televisión pública.

El argumento no ha convencido a muchos. También Habeck, un político ecologista de Los Verdes, afronta el problema de explicar por qué ha viajado a Qatar, un país dirigido por autócratas y criticado por violar los derechos de trabajadores extranjeros, para negociar los contratos de GLN que deben sustituir al gas ruso.

Plan de emergencia: hogares primero

Habeck, vicecanciller, además de titular de Economía y Medio Ambiente, fue el encargado en los últimos días de activar la 'alerta temprana', la primera fase del plan energético de emergencia del Gobierno de Berlín, después de que Putin amenazase con cortar el suministro. El plan de tres niveles ('alerta temprana', 'alarma' y 'emergencia') dispone en la fase actual la creación de un equipo de crisis para monitorear a diario la situación y poder reaccionar rápidamente, según el Gobierno.

El plan de contingencia prevé que los posibles recortes por falta de suministro afecten primero a las empresas y solo en último lugar a los hogares. "Si hay que limitar el consumo, se empieza por la industria, que recibiría compensaciones, y se termina con las calefacciones", explicó al canal de televisión n-tv la economista Claudia Kemfert, del Instituto Alemán de Investigación Económica (DIW) en Berlín. Una pesadilla, aun si el verano y el consecuente menor gasto de estufas y calefactores en los próximos meses aplazan los problemas más serios hasta la llegada del otoño y del invierno.

Las cifras respaldan ese escenario oscuro, por el alto nivel de dependencia de la economía alemana de los gasoductos rusos

El país repasa, por eso, con temor las previsiones económicas en un escenario sin suministro energético ruso, que apunta a una caída del PIB que va desde el 2% hasta incluso el 6%, en las más pesimistas. "Sería una gran recesión, sin duda", dijo a la emisora DW el economista Rüdiger Bachmann, que se decanta por un retroceso de alrededor del 3% del PIB. Las cifras respaldan ese escenario oscuro, por el alto nivel de dependencia de la economía alemana de los gasoductos rusos y las enormes cantidades que fluyen por ellos.

El voraz apetito alemán por el gas ruso

Si bien la dependencia del gas ruso de países del este como República Checa, Letonia o Hungría es mayor, ninguno de ellos recibe tanto en cifras totales como Alemania. Según cifras del DIW, la Unión Europea importó en 2020 casi 155.000 millones de metros cúbicos de gas desde Rusia. Alrededor de un tercio de esa cantidad, unos 55.000 millones de metros cúbicos, fue a parar a Alemania. Italia, otro de los grandes compradores del Kremlin, recibió casi una quinta parte. A nivel de su propia economía, Alemania dependía hasta hace poco en el mencionado 55% del suministro de gas ruso (ahora reducido ahora al 40%), además de en un 50% del carbón y en un 35% del petróleo procedentes de Rusia.

Foto: Foto: EC.

En un reciente estudio, el DWI achaca esos problemas a la ceguera de los políticos alemanes, que siguieron apostando por los negocios con Putin incluso después de que el autócrata mostrara su agresividad geopolítica con el primer ataque contra Ucrania y la anexión de Crimea ocho años atrás. "El DIW ya apuntó en 2014 a los riesgos de la dependencia [de Alemania] del monopolio de gas ruso Gazprom", señaló el instituto.

En contrapartida, cita como más previsora e inteligente la política de algunos gobiernos vecinos: "Algunos países del este y del centro de Europa redujeron su dependencia de Rusia en los últimos años. Entre ellos, Polonia y Lituania que, tras la anexión de Crimea, construyeron terminales para gas licuado en sus costas del mar Báltico".

Las matemáticas del 'decoupling'

Los llamados para apoyar un embargo energético contra Rusia resuenan cada vez más fuerte, en tanto, mientras proliferan los distintos cálculos sobre las formas de llevar a cabo el 'decoupling'. En su sobrio informe económico, el DIW esboza la necesidad de que Alemania diversifique sus fuentes energéticas, con un plan en el que el aumento de las importaciones de gas licuado procedentes de Estados Unidos y de Oriente Próximo tendría un papel crucial.

Aquellos con más prisa, por otro lado, prefieren apuntar a la necesaria voluntad política, así como a la fortaleza económica germana y su capacidad para afrontar cualquier crisis. "Estoy convencido de que es algo que Alemania puede resistir", dijo el economista Bachmann, que no cree en un índice del paro disparado o en un aumento del descontento social como consecuencia de un posible corte inmediato en el suministro ruso, tal y como temen las voces más agoreras.

"Pongámoslo en perspectiva: la recesión por el coronavirus fue de alrededor de -5%", consideró Bachmann. "Es cosa de los políticos decidir si vale la pena imponer un embargo y si eso podría ayudar a Ucrania y terminar pronto la guerra", sentenció. Al frente tiene, por ahora, las dudas de Scholz y de su Gobierno.

Si hay un país que encarna la problemática dependencia energética de Europa del gas ruso, ese es Alemania. Por el trasfondo político, ya que Berlín privilegió durante años los negocios con Vladímir Putin pese a sus modales autoritarios. Pero también por las meras cifras. La principal economía europea es, en números absolutos, el mayor comprador en la UE de gas proveniente de Rusia.

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