El gran fracaso colectivo: la pandemia solo es el último asunto pendiente
  1. Mundo
  2. Europa
De fondo, el cambio climático

El gran fracaso colectivo: la pandemia solo es el último asunto pendiente

Nuestro fracaso colectivo a la hora de acabar con la pandemia creará y agravará problemas aún más profundos y costosos en el futuro

placeholder Foto: Protestas contra la reunión de los ministros de energía, clima y medioambiente del G20 en Nápoles. (EFE)
Protestas contra la reunión de los ministros de energía, clima y medioambiente del G20 en Nápoles. (EFE)

En la Cumbre Mundial de la Salud de mayo de 2021, los líderes del G20 declararon que la pandemia "no terminará hasta que todos los países sean capaces de controlar la enfermedad y, por lo tanto, la vacunación mundial a gran escala, segura, eficaz y equitativa... sigue siendo nuestra máxima prioridad".

Por lo tanto, se podría perdonar a los activistas que tuvieron cierto optimismo ante la posibilidad de que se adoptaran medidas significativas para abordar la desigualdad en materia de vacunas en la reunión de los líderes del G7 de junio en Cornualles o en la de los ministros de finanzas del G20 de julio en Venecia. Por desgracia, se han llevado una gran decepción. Los miembros del G7 se comprometieron a compartir solo 870 millones de su excedente de 3.000 millones de dosis para mediados de 2022, una suma mísera comparada con los 11.000 millones de dosis que se necesitan urgentemente para alcanzar la inmunidad colectiva mundial. Y el G20 se limitó a dar un vago "apoyo a los esfuerzos de colaboración" para la distribución de vacunas a nivel mundial.

Foto: Reunión del G20 en 2017. (Reuters)

Mientras tanto, desde aquella gran declaración de mayo, el covid-19 ha seguido causando estragos en todo el mundo: han muerto otras 400.000 personas y el número de víctimas a nivel mundial ha superado los cuatro millones. África se encuentra inmersa en una tercera ola de infecciones realmente devastadora, con sólo el 1,4% de la población del continente totalmente vacunada.

Habrá que pagar un precio por esta pasividad, incluso más allá del incalculable coste humano. Nuestro fracaso colectivo a la hora de acabar con la pandemia creará y agravará problemas aún más profundos y costosos en el futuro. Las repercusiones inmediatas, incluso para Occidente, serán graves. Pero este fracaso histórico del multilateralismo también está socavando la confianza y los incentivos necesarios para una cooperación internacional eficaz en los demás retos existenciales de la época, en especial el cambio climático.

La pandemia no ha terminado

A corto plazo, mientras el virus siga arrasando en cualquier parte del mundo, seguirán apareciendo variantes que tienen el potencial de devolvernos a todos al punto de partida. La Organización Mundial de la Salud advirtió la semana pasada que existe una "fuerte probabilidad" de que se desarrollen variantes más peligrosas que puedan ser aún más difíciles de controlar, subrayando que "la pandemia no está ni mucho menos acabada".

Ya estamos viendo el daño que pueden causar estas variantes, incluso en países con una alta inmunización. En Australia están aumentando los casos entre personas totalmente vacunadas debido a la propagación de la variante Delta, muy contagiosa. El Reino Unido, que ha vacunado al 68% de su población, está sufriendo ahora escasez de trabajadores, y hasta el 20% de la plantilla en algunas empresas está aislada. En junio, un brote de covid-19 en el puerto chino de Yantian amenazó con bloquear el 5% del volumen de mercancías mundial. Estas interrupciones están contribuyendo, a su vez, al aumento de la inflación debido al incremento de los precios de las materias primas.

Foto: Mercado en Wuhan (Reuters)

Pero el impacto económico de la "gran divergencia" en la respuesta global a la pandemia no ha hecho más que empezar. El año pasado, la Cámara de Comercio Internacional estimó que el acaparamiento de vacunas por parte de los países ricos podría costar a la economía mundial 9 billones de dólares, la mitad de los cuales recaería en países ricos que se enfrentarían a interrupciones en la cadena de suministro.

A medio plazo, la prolongación innecesaria de la pandemia puede socavar la seguridad y la estabilidad en el mundo. El malestar social provocado por la pandemia va en aumento a nivel global, también en África. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha advertido que la frustración por la gestión de la crisis por parte de los gobiernos, así como el aumento de la desigualdad y la corrupción, pueden dar lugar a "una nueva ola de disturbios" que podría obstaculizar la recuperación de la pandemia, sobre todo en los países en desarrollo.

Una vez más, ya estamos comprobando cómo se materializa este problema. Nigeria informó recientemente de que la pandemia ha empeorado la seguridad en el país, y 100 personas han muerto durante un bloqueo nacional. El Ministro del Interior nigeriano, Rauf Aregbesola, atribuyó los asesinatos a la frustración causada por el aumento del desempleo y las restricciones de circulación. En Sudáfrica, más de 70 personas han muerto y más de 1.300 han sido detenidas en medio de los disturbios provocados por el encarcelamiento del expresidente Jacob Zuma. El Ministerio de Sanidad advirtió de que el despliegue de vacunas y otros servicios sanitarios esenciales del país se han visto gravemente interrumpidos, y también hay informes sobre una inminente escasez de alimentos. La Oficina Europea de Apoyo al Asilo advirtió que es probable que aumente el riesgo de desplazamientos relacionados con el conflicto debido a la pandemia, lo que hace resurgir el fantasma de la crisis de refugiados de 2015, que llevó a las instituciones multilaterales de la UE al borde del colapso.

Foto: Destrozos en la ciudad de Durban, en Sudáfrica. (Reuters)

¿Quién frenará el cambio climático?

Por supuesto, la mayor amenaza para la estabilidad mundial es el cambio climático. Existen paralelismos deprimentes entre las respuestas internacionales a la pandemia del covid-19 y el cambio climático. Al igual que la crisis climática, la pandemia revela mucho sobre nuestra incapacidad para actuar en nuestro propio interés de forma lúcida cuando nos enfrentamos a una amenaza urgente y obvia, y proporciona una prueba abrumadora de los costes humanitarios y económicos de la inacción. Como argumenta de forma muy elocuente Martin Wolf en el Financial Times, "incluso ante una amenaza tan evidentemente global, en la que los costes son enormes e inmediatos, parecemos incapaces de actuar con la urgencia esencial" y, en consecuencia, cuando se trata del clima, "es imposible imaginarnos haciendo algo más que juguetear mientras el planeta arde".

Ni que decir tiene que se requiere una verdadera cooperación mundial para abordar eficazmente la crisis climática, que es posiblemente un problema aún más complejo y profundo que el covid-19. Pero la confianza y la buena voluntad que exige dicha cooperación se han visto diezmadas por el nacionalismo miope de Occidente ante la pandemia. Es difícil exagerar el enfado que la desigualdad en la vacuniación ha creado en África, donde se han administrado unas escasas 4,3 vacunas por cada 100 personas (en comparación con las 77 por 100 de Norteamérica y las 75 por 100 de Europa).

"Durante la crisis del sida pasaron ocho años desde que los tratamientos estaban disponibles en los países ricos hasta que lo estuvieron en África"

Strive Masiyiwa, enviado para las vacunas de la Unión Africana, explicó el mes pasado las medidas que había tomado para comprar vacunas a las empresas farmacéuticas, sólo para descubrir que el suministro del año 2021 había sido comprado por las naciones del G7: "quienes compraron esas vacunas y quienes se las vendieron sabían que no habría nada para nosotros", dijo al Milken Institute. "¿Me sorprende? No, durante la crisis del sida pasaron ocho años desde que los tratamientos estaban disponibles en los países ricos hasta que lo estuvieron en África. Es la película de siempre".

Los países africanos con mayores tasas de vacunación —Egipto, Marruecos y Seychelles— han recurrido en gran medida a las vacunas chinas. Se prevé que China produzca este año tantas dosis como India, Estados Unidos y Europa juntos. Pero, aun así, África sólo ha recibido el 26% de las donaciones globales de China, y esta solo ha vendido el 5,6% de su suministro de vacunas a África. Algunos destacados empresarios y filántropos africanos ya han llegado a la conclusión de que no pueden seguir dependiendo de otros. Ahora se han concentrado en producir vacunas en el continente. Uno de estos líderes me dijo en privado: "no queremos volver a depender de Occidente".

Foto: Destrozos tras las protestas en Durban, Sudáfrica. (Reuters)

Un futuro poco esperanzador

Uno sólo puede preguntarse, con creciente pesimismo, sobre las implicaciones de todo esto para la cooperación internacional en el futuro. ¿Qué posibilidades hay ahora de que se tomen medidas significativas sobre el clima en la cumbre COP26 de noviembre? ¿Qué posibilidades hay de que se produzcan avances en la histórica cumbre UE-Unión Africana, que sin duda se verá empañada por la falta de vacunas?

A pesar del panorama un tanto sombrío de la situación mundial, el covid-19 es un problema que tiene solución. Tenemos los recursos y las capacidades para acabar con la pandemia en todas partes; es solo una cuestión de voluntad política. Los líderes mundiales deben tomar una serie de medidas urgentes para hacer frente a la situación.

En primer lugar, los Estados Unidos y los países europeos deberían compartir sus dosis no utilizadas, empezando hoy mismo. El análisis de los datos de Airfinity realizado por mi organización, la campaña ONE, muestra que, a medida que el reparto de vacunas se ralentiza, EEUU. producirá entre 55 y 110 millones de vacunas más de las que puede administrar cada mes hasta finales de año, momento en el que el país habrá almacenado hasta 400 millones de dosis excedentes. La UE, con una población de 450 millones de habitantes y una tasa de vacunación de 79 por cada 100 personas, tiene previsto producir más de 1.400 millones de dosis antes de que acabe el año.

Foto: Imagen: Irene de Pablo.

En segundo lugar, el G20 debería apoyar y financiar íntegramente un plan para lograr la inmunidad colectiva mundial mediante la ampliación del suministro y la distribución de vacunas, con el objetivo de llegar al 40% de la población mundial este año y al 60% a mediados de 2022. El FMI, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio y la Organización Mundial de la Salud han respaldado un plan de 50.000 millones de dólares para lograrlo. Pero ningún país ha dado un paso adelante para apoyarlo. Parte de este plan debería incluir más acciones para reducir las barreras relacionadas con el comercio para aumentar la producción de vacunas, abordando las restricciones a la exportación de vacunas y materias primas, así como las limitaciones relacionadas con la propiedad intelectual.

En tercer lugar, el acuerdo para desembolsar 650.000 millones de dólares en derechos especiales de giro que ahora mismo avanza a través la burocracia del FMI debería ir acompañado de un plan para que las economías avanzadas transfieran todas sus asignaciones a los países pobres. En virtud del acuerdo, las naciones ricas recibirán 400.000 millones de dólares, algo que no necesitan. No hay ninguna razón creíble, ya sea económica, epidemiológica o estratégica, para no tomar estas medidas ahora. La única explicación puede ser la falta de clarividencia política y de valentía.

*Análisis publicado en el European Council on Foreign Relations por David McNair y titulado 'Multilateralism’s failure to tackle our biggest challenges is compounding them'

Pandemia Cambio climático G7