Por qué Europa del Este está harta de la "homeopatía" de la UE ante Rusia
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Buscan garantías frente a Moscú

Por qué Europa del Este está harta de la "homeopatía" de la UE ante Rusia

En las últimas semanas, el Kremlin ha expulsado a 20 diplomáticos checos, cinco polacos y tres eslovacos, elevando la presión sobre los países que pertenecían a la esfera soviética

placeholder Foto: Manifestación en respaldo del líder opositor ruso Alexéi Navalni en Praga, República Checa. (EFE)
Manifestación en respaldo del líder opositor ruso Alexéi Navalni en Praga, República Checa. (EFE)

Expulsiones de diplomáticos, actos de sabotaje, acumulaciones de tropas en fronteras calientes, ciberataques, operaciones de espionaje con secuestros y envenenamientos… Las noticias que desde hace tiempo genera Rusia parecen del siglo XX. Moscú mantiene abiertos todos los frentes con/contra Europa y se comporta “como una ex controladora que nunca superará su divorcio, aunque en vez de una esposa se trate de todo un harén: los países del Este de Europa”.

El comentario es de Kuba Kaminski, un politólogo polaco de 44 años que asegura que, para hablar de Rusia, daría lo mismo hablar con él que con su padre, porque “yo estoy viendo pasar cosas que él ya ha vivido”. Su metáfora resume la visión que tienen casi todos los países de Europa central y oriental de la política exterior rusa y la influencia que la alargada sombra del Kremlin tiene en la geopolítica de esta parte del mundo.

En las últimas semanas, Putin ha expulsado a 20 diplomáticos checos, cinco polacos y tres eslovacos y ha “llamado a consultas” al embajador polaco. Por su parte, los gobiernos de estos países han reaccionado de la misma manera, obligando a varias decenas de empleados de embajadas rusas a dejar su territorio. En el ajedrez de las relaciones internacionales difíciles, los empleados de embajadas son solo los peones, pero el intercambio de piezas que está teniendo lugar estos días no tiene precedentes.

Foto: Vladimir Putin, en una imagen de archivo. (Reuters)
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Tras siete años de investigación, Praga considera probado que los rusos expulsados eran espías que participaron en 2014 en el sabotaje del arsenal de Vrbětice, donde murieron dos personas. Informaciones posteriores han revelado que dos de los agentes expulsados Anatoly Chepiga y Alexander Mishkin, envenenaron a un traficante de armas en Bulgaria y al disidente ruso Sergei Skripal en el Reino Unido en 2018. De hecho, la explosión del arsenal en suelo checo era en realidad un ataque planeado para llevarse a cabo en Bulgaria.

La represión de la minoría polaca en Bielorrusia es otro motivo de disputa entre el gigante ruso y sus antiguos aliados. El dictador Aleksandr Lukashenko mantiene su régimen gracias al apoyo explícito de Putin, que tiene en él a un servidor más leal que la mayoría de los miembros de su propio gabinete. En la provincia bielorrusa de Grodno, donde el 80% de la población es de cultura polaca, el Gobierno bielorruso ejerce una agresiva represión contra las asociaciones, medios de comunicación y personalidades de la minoría polaca y varios de sus líderes han sido encarcelados.

Oficialmente se les acusa de organizar actos conmemorativos en los que se ensalza la figura de guerrilleros polacos que durante la Segunda Guerra Mundial cometieron crímenes de guerra. Por su parte, Varsovia ha emprendido una campaña internacional que denuncia la dictadura bielorrusa y ha invitado a la líder de la disidencia democrática bielorrusa, Svetlana Tijanóvskaya, a hablar en el senado polaco. Además, tanto el juez que encarceló a polacos en Bielorrusia como todos los funcionarios que participaron en el proceso tienen vetada su entrada en Polonia.

Foto: Sviatlana Tsikhanouskaya, jefa de la oposición bielorrusa, en Polonia. (Reuters)

El caso del gasoducto Nord Stream 2, que cuando se complete llevará gas ruso a Alemania, es visto desde Polonia y los países de esta zona como un error que, más que gas, distribuirá la cizaña en Europa. Polonia ya está ultimando rutas de suministro alternativas, con conductos a través de Noruega y, aunque se dé el improbable caso de que Alemania renuncie a este proyecto, lo cierto es que Putin ya ha conseguido enturbiar las aguas europeas.

A este lado de Berlín se piensa que, cuando se comparte frontera con Rusia, Ucrania o Bielorrusia, las cosas se ven de manera muy diferente a como se ven en París o Londres. Las tibias respuestas de Emmanuel Macron (“estamos preparados para imponer sanciones a Rusia en caso de comportamiento inaceptable”) o la decisión alemana de comprar las vacunas Sputnik V no hacen más que alimentar la versión de un Occidente demasiado confiado con el oso ruso. Como dice Kuba Kaminski, “contra la infección rusa Europa Occidental solo ofrece homeopatía, pero aquí, en estos países, sabemos que necesitamos un antibiótico”.

Precisamente los virus informáticos, o más bien los ciberataques, son otro de los tentáculos con los que Moscú intenta alcanzar lugares prohibidos. Hace una semana escasa, el Departamento de Seguridad Nacional eslovaco informó de ataques informáticos en varias agencias de la Administración pública, telecomunicaciones y energía y, aunque han trascendido pocos datos, se teme que sean el incidente más grave y de este tipo ocurrido hasta la fecha en este país —el Gobierno ha confirmado que se ha comprometido “la infraestructura crítica del Estado”—. Moscú sabe desde hace tiempo que internet es una extensión más del campo de batalla en el que se libran las guerras no declaradas, donde en vez de territorios y ciudades se conquistan las mentes y voluntades de los ciudadanos de un país.

Foto: El logo del Nord Stream 2 en una planta de tubería en Chelyabinsk, Rusia. (Reuters)

La llamada “guerra híbrida”, que abarca desde la creación y distribución masiva de “memes” hasta la desinformación orquestada a gran escala es, como señalan los expertos, todo lo contrario al arsenal nuclear: no hace falta un gran poderío económico para disponer de él, está hecho para usarse en vez de para disuadir y se puede dirigir a cualquier objetivo, no solo contra los centros neurálgicos de un país. Para una potencia como Rusia, con el afán intervencionista de una superpotencia, pero un PIB menor que el de Italia, es el arma perfecta.

Pero si, como bloque, Europa Occidental muestra una indecisión desconcertante a la hora de frenar los ataques rusos en esta zona, la actitud de Hungría es aún más llamativa.

Viktor Orbán, que convirtió en un arte su basculación entre los mostradores del Washington de Donald Trump, Bruselas y Moscú, llegó a afirmar sin rubor que “el verdadero enemigo está en Bruselas, no en el este”. Hungría no solo fue el primer país de la UE en comprar la vacuna Sputnik, sino que también será la primera nación europea en unirse al Banco de Desarrollo Euroasiático que, con sede en Moscú, agrupa a Rusia y otros cinco exmiembros de la Unión Soviética para construir una red de comercio financiero con sus propios intereses, que obviamente no son los europeos. Además, hace pocos años, la Unión Europea denunció el acuerdo de suministro de combustible nuclear firmado entre Hungría y Rusia para construir un reactor nuclear por valor de 12.000 millones de euros en la ciudad de Paks, 120 kilómetros al sur de Budapest.

Foto: Un paciente es tratado en la UCI de un hospital de Budapest. (EFE)

El entendimiento entre Putin y Orbán ha provocado incomodidad incluso con sus vecinos polacos. Orbán fue el único líder europeo que, a pesar de la invasión rusa de Ucrania, pidió el levantamiento de sanciones contra Moscú, una herejía inadmisible para Varsovia. Del mismo modo, la oposición de Chipre a imponer sanciones contra Bielorrusia, decisión que bloqueó la actuación de los 27 países europeos en este asunto, provocó la siguiente declaración de Orbán: “No humillemos a Chipre, es su postura”.

Sería un error contemplar las relaciones de Rusia con los países del antiguo bloque comunista como un todo homogéneo. Desde el pragmatismo hasta la animosidad, las coordenadas en que se mueven los ejes Moscú-Budapest o Moscú-Kiev están llenas de matices que son la inevitable herencia de los largos “matrimonios” que ha mantenido Rusia con sus “esposas” europeas. Desde 2006, cuando Putin visitó Praga durante 24 horas, no ha habido ningún viaje diplomático de alto nivel entre líderes de estos dos países. Hace unos días, Ondrej Vesely, jefe de la comisión parlamentaria de Asuntos Exteriores checa dijo en la televisión de aquel país que el ataque ruso al arsenal de Vrbětice fue “el mayor ataque ruso desde 1968”, reabriendo viejas heridas y evidenciando que, cuando se trata de Rusia, el escenario de la Guerra Fría sigue aún muy presente.

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