Hay acuerdo entre Londres y Bruselas, pero sigue siendo un Brexit duro
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IMPORTANTE IMPACTO ECONÓMICO

Hay acuerdo entre Londres y Bruselas, pero sigue siendo un Brexit duro

El acuerdo entre el Reino Unido y la Comisión Europea es una buena noticia pero no impide un Brexit duro: al revés, solamente lo consagra

placeholder Foto: Mural en Dover del artista callejero Banksy. (EFE)
Mural en Dover del artista callejero Banksy. (EFE)

En las últimas semanas, mientras las negociaciones entre el Reino Unido y la Unión Europea permanecían atascadas a medida que se acercaba el día 1 de enero de 2021, fecha en la que concluye el periodo transitorio, se hablaba de un Brexit duro como sinónimo del escenario de un “no acuerdo”. Un año complicado ha hecho perder la perspectiva: el acuerdo alcanzado este miércoles es, de hecho, un Brexit duro.

El pacto que se ha cerrado con el Reino Unido es limitado porque así lo ha querido Londres. El Gobierno británico siempre ha tenido la opción de apostar por una relación más estrecha con la Unión, pero desde 2017 se ha dirigido en la dirección opuesta. Theresa May intentó buscar un terreno intermedio y acabó defenestrada. Eliminado el último vestigio de vieja guardia con simpatías europeas Downing Street, ya bajo el mando de Boris Johnson, se lanzó a negociar un acuerdo que tendrá un mayor impacto en la economía británica que otras opciones a cambio de ser más independiente de las regulaciones y normas europeas. Dentro de las posibilidades que había sobre la mesa, Boris Johnson, primer ministro británico, ha escogido una de las más duras, cuyas consecuencias solamente se suavizan por interés propio de la Unión Europea.

Cuando al inicio de las negociaciones del divorcio se discutía sobre Brexit duro o Brexit blando se hablaba de dos cosas: por un lado de si el Reino Unido abandonaba la Unión Europea con un Acuerdo de Retirada, como finalmente hizo, lo que le ofrecía una salida ordenada y daba derecho a un periodo transitorio para negociar un acuerdo comercial; y, en segundo lugar, a qué tipo de relaciones tendrían ambos socios en el futuro. Es este segundo caso el que nos ha ocupado desde febrero de 2020.

placeholder Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea. (Reuters)
Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea. (Reuters)

Durante gran parte de la negociación Michel Barnier, jefe del equipo europeo, llevó una diapositiva en su carpeta de documentación de las negociaciones. Era una imagen de una escalera en la que se veía, arriba del todo, el tipo de relación más estrecha posible, que es la membresía de la Unión Europea, y al fondo de la escalera, pasado el último escalón, la bandera de Canadá y Corea. En medio, entre ser miembro de la Unión Europea, y tener un simple acuerdo comercial como el que los Veintisiete tienen con Otawa o Seúl, había muchos escalones. Por ejemplo, Londres podría haber apostado por el llamado “modelo de Noruega”, pero significaba estar dentro mercado interior. Otro escalón más abajo se encontraba el modelo suizo, pero requería admitir la libertad de movimiento, contribución al presupuesto comunitario y ausencia de total autonomía regulatoria.

Ya en la parte baja de la escalera se encontraba la posibilidad de un acuerdo de asociación del estilo que tiene Ucrania, pero tampoco servía al Reino Unido porque requería que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), demonizado por los euroescépticos británicos, tuviera un papel relevante. El último escalón antes de un acuerdo comercial simple era la posibilidad de una unión aduanera, como la que tiene Turquía, pero era una idea también rechazada por los sectores euroescépticos más duros, ya que no permitía a Londres desarrollar una política comercial independiente.

Foto: El primer ministro británico Johnson saluda a la prensa mientras la presidenta de la Comisión Europea entra en Downing Street. (Reuters)

Johnson ha pedido en ocasiones un “CETA plus”, es decir, un acuerdo comercial como el que la UE tiene con Canadá, pero mejorado. Y lo cierto es que Bruselas ha ofrecido al Reino Unido un acuerdo sin cuotas y sin aranceles, un acceso privilegiado al mercado interior para un país tercero y en el camino ha tenido que hacer cesiones. A cambio, la Unión Europea ha pedido unos requisitos mucho más duros de los que se exigía a Ottawa: mayor cercanía geográfica, mayores condiciones. Londres ha acabado negociando un pacto extremadamente delgado y corto con fuertes condiciones.

El Reino Unido no ha apostado únicamente por la relación menos ambiciosa con la Unión Europea, sino que también decidió mantener al mínimo el tiempo de negociación. Desde febrero de 2020 y hasta el 31 de diciembre del mismo año, Londres disfrutaba del periodo transitorio, un tiempo en el que mientras ya se ha producido el Brexit político todavía no se ha ejecutado el Brexit económico, de forma que se pueda cerrar un acuerdo comercial de forma cómoda. Había una opción para prorrogar ese periodo por uno o dos años más si se solicitaba antes del 1 de julio. Pero Johnson decidió no hacerlo incluso habiendo perdido muchos meses de conversaciones debido al coronavirus.

Foto: Un funcionario europeo carga con una bandera británica antes de una rueda de prensa. (Reuters)

Todo ha ocurrido sobre la base de la improvisación y falta de preparación. El Reino Unido no tenía un plan para salir de la Unión Europea, activó el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea sin entender sus implicaciones y negoció sin comprender las dinámicas. La razón fue la revuelta contra las "élites" de Whitehall, las mismas que habían dado forma al proyecto europeo durante los últimos 40 años: defenestrados los expertos en asuntos europeos por ser acusados de traidores, Londres se dirigió directa a un futuro del que nunca se había hablado antes del referéndum de 2016, en cuya campaña hubo una ausencia total de debate sobre qué tipo de relación futura podría llegar a tener el Reino Unido, apostándolo todo a la imaginación de una camarilla de populistas que se encontraron con una victoria inesperada sin entender del todo las implicaciones económicas de lo que perseguían.

Nadie serio, ni en Londres ni en Bruselas, creía que se pudiera cerrar un acuerdo en condiciones en cuestión de 10 meses. Y Johnson querrá demostrar ahora que sí era posible, pero lo cierto es que llevaban razón: el acuerdo es de mínimos absolutos, una base sobre la que Downing Street y el Ejecutivo comunitario tendrán que seguir negociando durante años hasta conseguir encontrar un encaje correcto. Esto no ha terminado, es solamente la primera piedra del siguiente paso en el camino de las relaciones futuras.

placeholder Boris Johnson durante una visita a la Comisión Europea. (Reuters)
Boris Johnson durante una visita a la Comisión Europea. (Reuters)

Además del hecho de que se haya negociado en solo unos pocos meses frente a los años que suele llevar cerrar este tipo de pactos, la diferencia fundamental de este acuerdo comercial respecto a cualquier otro es que no resultará en un beneficio económico para las dos partes. Se trata del primer acuerdo negociado con el objetivo de levantar barreras comerciales en vez de derribarlas y por lo tanto tendrá un impacto económico sobre el Reino Unido en donde lloverá sobre mojado: tras un año marcado por la pandemia, el 2021 llegará marcado por el 'shock' de salir del mercado interior. La Oficina de Responsabilidad Presupuestaria del Reino Unido proyectó que, en caso de un acuerdo comercial, la economía británica crecería un 4% menos de lo que lo habría hecho dentro de la Unión Europea en el largo plazo.

El acuerdo deja dos buenas noticias generales y una tercera especialmente buena para Johnson: la primera es que hay un pacto sobre la mesa y se evita un mayor caos el próximo 1 de enero, y lo segundo es que sirve como base para seguir negociando. Porque hará falta. El texto se queda muy lejos de lo que se necesita para gobernar unas relaciones económicas tan estrechas como las que tienen el Reino Unido y el club comunitario. Para el primer ministro británico significa que ha logrado cumplir con su promesa de tener un acuerdo comercial para el 1 de enero de 2021, aunque el precio a pagar por él haya sido muy alto.

La Unión Europea tendrá que aprender a convivir con un vecino muy poderoso con el que tendrá una relación de necesidad y el Reino Unido tendrá que aprender a vivir en la esfera de influencia de los Veintisiete, porque aunque sueñe con la idea de una “Global Britain” la geografía es implacable, por lo que el Gobierno británico deberá prepararse para décadas de negociación continua y difícil con la Unión Europea. Después de cuatro años y medio desde el referéndum, la confianza ha caído a mínimos y el tono no es el más constructivo. Habrá meses de enfriamiento y distanciamiento. Pero ambos socios se necesitarán en el futuro. El 1 de enero de 2021 comenzará esa nueva etapa en la que, tras casi un lustro necesariamente haciéndose daño, Londres y Bruselas tendrán que aprender a volver a cooperar.

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