Semana crítica del Brexit: cómo Johnson se tendió una trampa por no entender la UE
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17 de noviembre, fecha clave

Semana crítica del Brexit: cómo Johnson se tendió una trampa por no entender la UE

Las negociaciones entre la UE y el Reino Unido entran en la semana crítica con el 'premier' británico atrapado en la trampa que él mismo se tendió al creer que Bruselas cedería a la hora de la verdad

Foto: El 'premier británico' Boris Johnson. (EFE)
El 'premier británico' Boris Johnson. (EFE)

Entramos en la que en principio es la semana crítica del Brexit. La fecha del 17 de noviembre se antoja como la línea de meta. Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea, cruzó este domingo el Canal de la Mancha para comenzar a partir de este lunes la ronda clave de las conversaciones, solo unas horas después de que la presidenta del Ejecutivo comunitario, la alemana Ursula von der Leyen, hablara por teléfono con el primer ministro británico Boris Johnson.

Ha llegado la hora de la verdad. Durante las últimas dos semanas los equipos han hecho progresos tangibles, han trabajado sobre un texto legal y Barnier y el negociador británico, David Frost, han dotado a su relación de algo de confianza, aspecto vital para el éxito final. Pero en asuntos clave, las negociaciones están prácticamente en el mismo sitio que en febrero de 2020. En concreto, al última semana en Bruselas dejó una sensación muy negativa en el equipo europeo.

Es cierto que parte de esto podía estar en los manuales, que recién iniciadas las conversaciones se esperaba que al menos hasta mitad del verano no se comenzara a hablar en serio: que se repitieran una y otra vez los mismos eslóganes mientras nos deslizábamos hacia el otoño. Ya lo predijo Ivan Rogers, antiguo embajador permanente del Reino Unido ante la UE, cuando en noviembre de 2019 habló del “Fantasma de las Navidades Futuras”, las de 2020, cuando, auguró, nos encontraríamos con “la mayor crisis del Brexit”.

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La auto-trampa de Johnson

La estrategia negociadora del Reino Unido desde 2016 se ha basado en varios conceptos erróneos. Primero, durante el mandato de Theresa May y después durante el de Boris Johnson, el equipo británico siempre infravaloró hasta qué punto la Unión Europea iba a mantenerse firme en su defensa de la postura irlandesa respecto al Ulster. En el último momento el primer ministro británico tuvo que ceder en una reunión con su por entonces homólogo, Leo Varadkar.

Desde febrero de 2020, Frost ha negociado desde otra interpretación errónea de las prioridades de la Unión: Londres pensaba que con un acuerdo ligero y sencillo Bruselas no impondría unas condiciones demasiado duras. Al fin y al cabo, un acuerdo comercial poco ambicioso no debería requerir grandes condiciones por parte de los Veintisiete, que no tendrían ninguna necesidad de estrangular al Reino Unido obligándole a firmar una capitulación total a cambio de migajas.

Y ese error de cálculo ha hecho que Johnson quede inmovilizado por su propia trampa. Esa asunción le ha dejado encajonado en la última semana de negociaciones con la difícil situación de, en caso de querer un pacto, tener que defender ante sus diputados una serie de condiciones muy duras y difíciles de aceptar, a cambio de un acuerdo muy poco ambicioso. Un mal negocio, pero uno en el que el primer ministro británico se metió solo.

Michel Barnier y su equipo en Londres. (EFE)
Michel Barnier y su equipo en Londres. (EFE)

Porque las condiciones de la Unión Europea son difíciles de aceptar para el Reino Unido. Una de las que más enfado ha provocado en el equipo británico, que lo consideran una línea roja, son las llamadas “cláusulas de no regresión” en materia de ‘level-playing field’, es decir, la igualdad de condiciones para evitar una competencia desleal con acceso al mercado interior.

Para la UE no vale con pactar una serie de condiciones en materia de igualdad de condiciones, subsidios industriales que queden anticuadas al poco tiempo. Necesita un acuerdo que se adapte a las situaciones y que dé garantías de cumplir con su función de manera “dinámica”, una palabra tabú para Londres. La idea es se parta desde el mismo punto en asuntos como estándares medioambientales o laborales, y que evolucionen de manera conjunta a lo largo de los años para garantizar que el acuerdo es útil y funciona.

Pero esta auto-trampa no pilla por sorpresa a Downing Street. El ya mencionado Rogers, durante su discurso de noviembre de 2019 en Glasgow, viendo el poco tiempo que habría para negociar, y eso sin saber que una pandemia recortaría todavía más el periodo de negociaciones, adelantó este escenario: la UE, manteniendo su estrategia utilizada durante las negociaciones del divorcio, empujaría al equipo británico hacia “el siguiente borde del acantilado y enfrenará a un primer ministro del Reino Unido desesperado con una elección binaria entre un acuerdo muy asimétrico en sus términos y un “sin acuerdo" hacia finales del próximo año. Si toda la presión del tiempo está sobre él, podéis asumir con seguridad que hará muchas concesiones, y aun así tendrá que emerger reclamando la victoria”.

¿Y si Londres va en serio?

Claro que puede ser también que el Reino Unido sea igual de sincero en sus líneas rojas, y que no esté dispuesto bajo ningún concepto a aceptar las condiciones europeas, que considera un ataque a su soberanía. En ese caso habrá una salida sin acuerdo. La Unión Europea ha asegurado que está preparada para ello. Evidentemente no es un escenario que los Veintisiete quieran, pero sí uno que se ha convertido en bastante real durante las últimas semanas.

Además, Johnson ha perdido en las últimas horas un comodín importante. En Downing Street una victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses habría sido una carta importante a la hora del pulso con la Unión Europea: en ese caso Londres podría negociar duro, ajustándose de manera radical a sus principios. En caso de no lograr un acuerdo comercial, Johnson siempre podría girarse hacia Washington y pedir un pacto rápido. Una red de emergencia que evitara el golpe.

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Ahora el primer ministro no cuenta con esa red de emergencia. Joe Biden, con unos vínculos muy estrechos con Irlanda, ha mostrado su desagrado por el Brexit, y ha considerado que la Ley de Mercado Interior, que pone en riesgo los Acuerdos del Viernes Santo que pacificaron el Ulster, es un antónimo de un acuerdo comercial entre Reino Unido y Estados Unidos.

En todo caso, si Londres se mantiene completamente firme en sus líneas rojas, y se niega a pasar por el aro que exige la UE, ¿seguro que habrá un no acuerdo? ¿La UE no estaría dispuesta siquiera a ceder algo? La teoría dice que si Johnson se niega a estrechar la mano de los Veintisiete con este acuerdo es porque es demasiado poco ambicioso para todas las condiciones que conlleva. Pero al mismo tiempo, Johnson se comprometió a lograr un acuerdo. En plena pandemia, fallar en su principal promesa a los votantes parece una pirueta difícil. Así, en Bruselas la sensación es que, de poner ambas cosas en la balanza, el primer ministro apostará por el acuerdo como la solución menos mala. En cualquier caso, algunas voces en la capital comunitaria llaman a la cautela: habría que medir bien hasta qué punto se puede forzar a un Johnson que empieza a tener problemas en su propio partido y se puede llegar a infravalorar hasta qué punto está dispuesto a un "no acuerdo". Al fin y al cabo, la UE está tratando de clavar un puñal sobre el núcleo ideológico del Brexit: la idea de poder diverger de la Unión Europea a su antojo.

Pequeñas victorias para Johnson

La UE está dispuesta a dar pequeñas victorias a Johnson si estas ayudan a lograr que el acuerdo sea recibido con buenos ojos en el Reino Unido. Pero cualquier cosa parecida a un giro de 180 grados en las posiciones negociadoras de la Unión Europea en los próximos días está, en este momento, fuera del guion.

Serán días importantes. Barnier ha insistido en un tuit este lunes por la mañana en que el acuerdo es un cofre que se abre con tres llaves: 1. Respeto de la autonomía de la UE y la soberanía del Reino Unido, con mecanismos de gobernanza y aplicación efectivos entre socios internacionales; 2. Garantías sólidas de comercio y competencia libres y justos basados en altos estándares compartidos, que evolucionan de manera coherente a lo largo del tiempo; 3. Acceso estable y recíproco a los mercados y oportunidades de pesca en interés de ambas partes.

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Los asuntos son los ya conocidos: gobernanza, igualdad de condiciones o ‘level-playing field’ y pesca, un asunto especialmente sensible para Londres, al ser las circunscripciones pesqueras un granero de votos para los tories y unas comunidades convencidamente ‘brexiteers’. En estas tres claves que mencionó este lunes Barnier hay al menos dos pistas importantes que están en el núcleo de las conversaciones de las próximas jornadas: por un lado esa referencia a unos estándares “que evolucionan de manera coherente a lo largo del tiempo”, las “cláusulas de no regresión” de las que Londres no quiere ni oír hablar, y que forman parte de lo que la UE considera una buena oferta para una "caja de herramientas" conjuntas en materia de igualdad de condiciones; por el otro, esa referencia a un “acceso estable” en asuntos de pesca, un cambio relevante respecto a lo que hasta hace poco era una petición europea de “statu quo” en el acceso a aguas británicas.

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