INFINIDAD DE INCERTIDUMBRES

Europa del Este se la juega y vuelve al cole sin medidas: "Los padres no son epidemiólogos"

“Los niños salen a la calle, entran a las tiendas y pueden infectarse allí. No veo la necesidad de posponer el comienzo del curso", dijo recientemente el ministro polaco de Educación

Foto: Un colegio en Polonia, preparado para la vuelta al colegio. (Reuters)
Un colegio en Polonia, preparado para la vuelta al colegio. (Reuters)

En los países del centro y este de Europa se prevé una vuelta a las aulas sin novedades, lo que equivale a decir que se improvisará dependiendo de cómo evolucione la pandemia. A pesar de las alarmantes noticias de otras partes del mundo (miles de casos tras la apertura de escuelas en Florida y cientos de nuevos infectados en Corea por la misma razón), millones de estudiantes de Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia volverán a los mismos centros educativos que se cerraron hace meses por miedo a una pandemia que está mucho más extendida ahora que entonces.

“Los niños salen a la calle, entran a las tiendas y pueden infectarse allí. No veo la necesidad de posponer el comienzo del curso”. El ministro polaco de Educación, Dariusz Piontkowski, justifica así que en este país vayan a empezar las clases el primero de septiembre sin ninguna medida de seguridad especial. Aunque existen unas vagas directrices que aconsejan restringir el flujo de padres y personal externo en el interior de los edificios y se pide que, en lo posible, se mantengan unas reglas básicas de higiene, el gobierno polaco deja al criterio de cada centro el tomar las medidas que crean oportunas.

Debido a la reciente reforma educativa que aún atraviesa el país, se han cerrado o cerrarán muy pronto más de 5.000 escuelas, y la masificación de estudiantes de enseñanza primaria llega al punto de que algunos centros de Varsovia tienen más de 1.000 alumnos.

Los casos del virus se disparan

Ni mascarillas obligatorias, ni menos pupitres por aula, ni planes concretos para trasladar las clases a plataformas 'online'. Y, lo que más inquieta a los polacos, ninguna comunicación por parte del gobierno o de los centros sobre cómo será la “nueva realidad” de las escuelas. En Polonia, donde la pandemia ha golpeado menos y más tarde que en la mayor parte de Europa, la relajación en las normas de seguridad que ayudaron a contener el número de casos en un primer momento dio paso a un triunfalismo que ya ha chocado con la realidad: el número de nuevos infectados diarios se ha triplicado en el último mes y en la última semana se rozan los 1.000 nuevos casos diarios, a pesar del bajísimo número de tests que se lleva a cabo comparándolo con otros países europeos.

El Ministro de Sanidad, Łukasz Szumowski, dimitió inesperadamente hace pocos días, apenas una semana después de asegurar en una entrevista que no iba a “abandonar el barco”, y en estos momentos se encuentra de vacaciones en Canarias. Mientras, la investigación sobre la compra de material sanitario a un traficante de armas y la compra irregular de millones de mascarillas defectuosas a la empresa de un amigo siguen siendo investigadas.

A pesar de la falta de garantías en la seguridad de los niños, el ministro de Educación lo ha dejado claro: “Los padres no son epidemiólogos”

Szumowski, que se convirtió en un símbolo del éxito del gobierno en su lucha contra el coronavirus, alcanzó una popularidad inusual para su cargo; tras su renuncia y las dudas sobre su gestión, se ha convertido en el blanco de las críticas. Asimismo, las palabras del primer ministro Morawiecki (“alegraos, no hay motivo para temer al virus, ya está de retirada”) son recordadas cada vez que hay un nuevo récord negativo de muertes (más de 2.000 ya) o infectados (cerca de 70.000).

A pesar de la falta de garantías en la seguridad de los niños, el ministro de Educación ha dejado claro que es obligatorio que éstos asistan a las clases como si nada: “Los padres no son epidemiólogos”. Según una encuesta reciente, el 43% de los padres de alumnos creen que sus hijos deben volver a las escuelas en estas condiciones, mientras que el 33% piensan que no es una buena idea.

En Cracovia, uno de los distritos del país que acaba de pasar a alerta amarilla (riesgo intermedio, según el sistema de 'semáforos' que se acaba de implementar), la situación es especialmente delicada. La región de Małopolska, de la que es la capital, es donde más casos nuevos se están registrando. Iza, madre de dos niños en edad escolar, recuerda cómo en abril recibió un lujoso coche de empresa, completamente nuevo, que se negó a conducir por miedo a infectarse y contagiar a sus hijos. Ahora, tras meses de limitaciones y unas vacaciones frustradas, intenta convencer por teléfono a otros padres de la clase de sus hijos para que la escuela siga ofreciendo el servicio de comedor y custodia de los niños hasta las 5 de la tarde: “no puedo más”.

Del colegio a la polarización política

En Hungría, donde la incidencia del coronavirus es menor (5.500 casos y 600 muertes), el gobierno ha anunciado que limitará el tráfico fronterizo con sus vecinos del sur, donde hay más casos para intentar seguir manteniendo la situación bajo control. El Ministro de Recursos Humanos Miklos Kasler anunció una lista de protocolos de seguridad que aún no se han concretado ni comunicado al público, pero adelantó que tampoco en las escuelas húngaras será obligatorio el uso de mascarillas.

Como ha ocurrido en otros lugares, la gestión gubernamental del coronavirus y su respuesta frente a la vuelta al cole se ha convertido en el país magiar en una ocasión más para mostrar la polarización política: mientras que los medios conservadores y progubernamentales como Magyar Nemzet y Magyar Demokrata mostraban en sus editoriales confianza en el sentido común y la capacidad del gobierno de Orbán garantizar “una historia con final feliz” para este nuevo curso, el diario progresista Népszava criticaba la falta de previsión y señalaba la imposibilidad de mantener distancias de seguridad en muchos centros.

Viktor Orbán. (EFE)
Viktor Orbán. (EFE)

En la República Checa, maestros y directores de escuela han recibido un manual con recomendaciones de seguridad y una guía sobre cómo actuar en caso de detectar un posible brote de infecciones en el centro. Aunque el folleto en cuestión no va más allá de recopilar la información generalista que es ya de dominio público, la medida fue anunciada a la prensa hace un par de semanas como muestra del “compromiso con la salud” del ejecutivo.

En aquel país, los estudiantes de primaria sí deberán llevar mascarilla en las áreas comunes –no así en las aulas-, los alumnos de cada clase deberán usar el comedor en grupos separados y las tutorías y reuniones de padres de alumnos se llevarán a cabo “online”. Para las excursiones se tendrá en cuenta la incidencia del virus en cada pueblo o región, que se clasifican en una escala de colores (al estilo de los semáforos) según su riesgo. La República Checa ha detectado hasta la fecha unos 23.000 infectados y contabilizado 418 muertes por covid-19.

En el país vecino, Eslovaquia, se contempla incluso mantener abiertos los centros donde se detecten niños contagiados, porque “no es lo mismo que se infecte una maestra que visita diez aulas en un día, que un alumno que apenas se mueve de la clase”, ha dicho la Ministra de Sanidad Elena Prokopová. En este país la pandemia está teniendo una evolución similar a la polaca, aunque en menor escala: tras no registrar ningún nuevo caso en algunos días de mayo y junio, se enfrenta ahora a picos de cien nuevos enfermos diarios y acumula ya unos 3.700 diagnósticos positivos y unas pocas decenas de víctimas mortales.

Cuando el primer día de septiembre se abran de nuevo los colegios, los gobiernos se enfrentarán a un examen con las mismas preguntas que no supieron responder adecuadamente hace meses. Después de un verano de vacaciones en el que apenas se ha preparado nada, septiembre se presenta lleno de incógnitas ante las que sólo hay una cosa clara: volver a cometer los mismos errores podría ser catastrófico. Mientras los expertos y los que tienen capacidad de decisión esperan acontecimientos para volver a culparse mutuamente, Mikołaj Z, uno más de los millones de niños que han sufrido las consecuencias de esa falta de acuerdo, resume la situación a su manera: “Haré lo que me digan mis padres y mis maestros. Pero tengo miedo”.

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