UN PAÍS PARTIDO EN DOS

Una Polonia dividida reelige a su presidente y le da otra vuelta al destornillador populista

El ajustado resultado, producto de una segunda vuelta en la que se han enfrentado Duda y el conservador moderado Trzaskowski, pone de relieve la división de la sociedad polaca

Foto: Andrzej Duda, presidente de Polonia. (Reuters)
Andrzej Duda, presidente de Polonia. (Reuters)

Con el escrutinio prácticamente finalizado, el 51,2% de los polacos ha reelegido al actual presidente, Andrzej Duda, quien extenderá cinco años más su mandato. El Gobierno del PiS (siglas de Ley y Justicia en polaco), tendrá por tanto un Presidente en total sintonía con su política ultra conservadora, populista y antieuropea. El ajustado resultado, producto de una segunda vuelta en la que se han enfrentado Duda y el conservador moderado Trzaskowski, pone de relieve la división de la sociedad polaca. Queda atrás una larga y accidentada campaña electoral llena de polémica en la que todos estaban de acuerdo en una sola cosa: lo ocurrido este domingo influirá en el devenir de los próximos años no solo en este país, sino en toda Europa.

Ayer compitieron en las urnas dos maneras distintas de ver el mundo: por un lado, el electorado que eligió a Duda, un presidente que calificó a la UE como un “club imaginario” y que se presentó a sí mismo como un defensor de las clases populares y la población rural, los pensionistas y los católicos más fervorosos y tradicionalistas; por otro, los polacos de menos de 50 años, residentes en ciudades, con educación media o superior y preocupaciones sobre el medio ambiente o el estado de la democracia en su país. Mientras que Duda tiene su base electoral entre los mayores de 50 años, con bajos ingresos y sobre todo hombres, su adversario Trzaskowski, alcalde de Varsovia, ha atraído a la población más joven, más preparada y cosmopolita y que vive en ciudades, además de conseguir más votos entre las mujeres.

Con un presidente afín, el Gobierno se asegura el control casi absoluto de todos los resortes de poder del país, pues solo el Senado, que perdió en las generales del año pasado, se escapa ahora a su control. Las polémicas reformas judiciales que desde hace años el PiS está implementando, y que le han valido varios enfrentamientos y reconvenciones en Europa, conforman un estado donde el partido en el poder apenas encuentra obstáculos legales para ejercer el poder de un modo casi autoritario.

Un ejemplo es la creación del Tribunal Supremo, un organismo cuya legitimidad es cuestionada por los jueces polacos y el Tribunal Europeo por su carácter eminentemente político y progubernamental. Dado que el presidente tiene el poder de vetar o reenviar leyes al Parlamento, la reelección de Duda, calificado a veces como “la marioneta” del gobierno, hunde las esperanzas sobre un cambio de rumbo en el proyecto populista e iliberal del PiS, así como su política centrífuga respecto a Bruselas.

El truco de magia de la campaña

Los ilusionistas saben que, para distraer la atención del público, lo mejor es ejecutar sus trucos mientras cuentan una historia que estimule las emociones y adormezca la inteligencia. Así es como ha transcurrido la campaña electoral en Polonia: en vez de debatir sobre los problemas reales del país, los mítines, portadas, declaraciones y preguntas se han centrado en asuntos como la supuesta amenaza de “la ideología LGBT”, teorías conspiracionistas sobre oscuros grupos de poder extranjeros o judíos y apelaciones al “alma y corazón polacos”, la defensa del cristianismo, los valores familiares tradicionales y la corrupción moral de la sociedad.

El Gobierno ha puesto al servicio de Duda toda su maquinaria propagandística, llenando los titulares de los informativos de la televisión pública con afirmaciones del tipo “los seguidores de Trzaskowski destruyen Polonia” o “los héroes polacos apoyan a Duda”, desde que empezó la campaña hasta la víspera de la jornada de reflexión.

Nada retrata mejor la trinchera ideológica que separa a las dos Polonias que la pantomima de ambos candidatos apareciendo en sendos “debates” electorales en solitario, a la misma hora y en diferentes canales de televisión, en vez ser capaces de ponerse de acuerdo para comparecer en el mismo estudio. Incluso en esos monólogos trufados de preguntas con respuestas preparadas, los temas que desarrollaron tuvieron poco que ver con los problemas reales de los polacos.

Mitin de Trzaskowski, el candidato perdedor de las elecciones presidenciales polacas. (Reuters)
Mitin de Trzaskowski, el candidato perdedor de las elecciones presidenciales polacas. (Reuters)

Duda abundó en la retórica del miedo a un cambio venido de Europa que destruiría la identidad polaca y el odio a las minorías (“los LGBT no son personas, son una ideología; es un virus peor que el coronavirus, peor que el comunismo”). Por su parte, Trzaskowski no perdió ninguna ocasión para promocionarse personalmente, alardeando de su conocimiento de idiomas y apelando a un deseo de cambio que luego matizaba alabando las medidas sociales del Gobierno y llegando a tender la mano a la ultraderecha para ganar la segunda vuelta.

Andrzej Duda, un abogado de Cracovia de 48 años, inició su carrera política sin adscribirse a ninguna formación política, pero muy pronto entró en la órbita ideológica del PiS y se le considera una extensión de Kaczynski, el líder del partido gubernamental. Durante su mandato ha vetado cinco de las leyes presentadas por el gobierno, la segunda cifra más baja de la democracia polaca: por ejemplo, Kwasniewski vetó 34 leyes en sus dos mandatos y Walesa 27. La figura presidencial, concebida como última instancia del poder y con un poder ejecutivo limitado al arbitrio, ejerce tradicionalmente un papel de representación en el exterior y garantía del equilibrio entre los poderes políticos.

Sin embargo, muchos achacan a Duda una actitud más electoral que presidencial durante los últimos meses. Por ejemplo, durante las restricciones impuestas por el coronavirus, él fue el único candidato que daba mítines y viajaba por el país, ya que sus competidores renunciaron a hacerlo por razones de seguridad. Además, la inesperada invitación oficial de Donald Trump a la Casa Blanca solo unos pocos días antes de las elecciones fue interpretada como un claro espaldarazo del Presidente norteamericano a su candidatura.

Con una participación cercana al 70%, la más alta en su historia, estas elecciones han sido capaces de movilizar a los polacos como nunca. Por eso, el resultado es inequívocamente representativo de la voluntad de este país. Pero cuando la diferencia entre dos visiones tan opuestas de lo que debe ser la Polonia del silo XXI es también meridiana, queda claro que en este país conviven dos grupos que miran en direcciones distintas. Por tamaño, población, entidad y peso específico, Polonia es una pieza muy importante en el proyecto de la UE, y su progresivo e inexorable alejamiento de los principios democráticos europeos va a tener consecuencias predecibles a corto plazo (continuar con el desafío a la división de poderes y disensiones con Bruselas), pero difíciles de prever para dentro de unos años.

La Hungría de Orbán, el otro “enfant terrible” de la Unión, ha apoyado a Polonia en cuantas resoluciones han sido presentadas en su contra, abriendo un frente común frente a la Europa liberal. Con cinco años más de presidencia por delante, el Gobierno polaco se podrá permitir seguir adelante con su proyecto de “crear nuevos polacos” y de “limpiar el país de basura” (palabras de Duda) y darle otra vuelta al destornillador populista.

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