doctor manuel felices, del grupo de los 22

El español que avisó a Suecia: "En una pandemia, la arrogancia es mala consejera"

Manuel Felices, un médico español que desde hace ocho años ejerce en Suecia, es miembro del conocido como Grupo de los 22, uno de los más críticos con la gestión del país nórdico

Foto: Bañistas en Suecia. (EFE)
Bañistas en Suecia. (EFE)

La arrogancia en medio de una pandemia es mala consejera”, avisa Manuel Felices, un médico español que desde hace ocho años ejerce en Suecia. Jefe de la Unidad de Cirugía Endocrinológica del Norra Älvsborgs Länssjukhus de Trollhättan (a unos 80 kilómetros de Göteborg), Felices no es un doctor cualquiera. Es miembro del conocido como Grupo de los 22, formado por una veintena de prestigiosos científicos que desde el inicio de la crisis del coronavirus se ha erigido como una de las principales voces críticas contra la laxa estrategia contra el coronavirus seguida en el país escandinavo.

“No vamos ni en contra del Gobierno, ni en contra de Suecia ni en contra de los suecos. De hecho, en el grupo todos son suecos menos tres. Solo intentamos crear una comunidad de colaboración con la Agencia Pública de Salud, intentar aportar argumentos científicos para mostrar que este no es el buen camino”, explica Felices en una entrevista con El Confidencial.

Por 'arrogancia' se refiere a la poca flexibilidad y falta de voluntad de rectificación por parte de la Agencia de Salud Pública (Folkhälsomyndigheten) —organismo independiente del Gobierno que está liderando la gestión de la pandemia—, pese a que Suecia es ahora mismo uno de los países europeos con una mayor incidencia del covid-19. En las últimas semanas, la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo ha señalado como “país de riesgo” debido a la elevada cifra de nuevos contagios (alrededor de los 1.000 diarios), algo que las autoridades de salud suecas atribuyen al incremento del número de test y no a un rebrote.

Pese a que el número de enfermos graves y de fallecidos va a la baja, Suecia es uno de los países del mundo con más muertos per cápita (el quinto, exceptuando microestados, por detrás de Bélgica, Reino Unido, España e Italia). Según las últimas cifras oficiales, 5.433 personas han muerto por covid-19 en Suecia, un país de 10,3 millones de habitantes, mientras que en el resto de los países nórdicos (Dinamarca, Noruega, Finlandia e Islandia, que suman 17 millones de habitantes) han muerto 1.197 en total. De la misma forma, el número de personas que se han infectado en Suecia es más del doble (73.000) que en el conjunto del resto de los nórdicos (31.000), a pesar de que en Suecia se han hecho, proporcionalmente, muchas menos pruebas de detección.

En su último artículo en prensa, publicado la semana pasada en el periódico 'Expressen', el Grupo de los 22 criticaba unas declaraciones de Anders Tegnell, el epidemiólogo estatal de Suecia y principal gestor de la epidemia, afirmando que la estrategia “ha funcionado muy bien en muchos aspectos”, pese a admitir que “el gran fracaso ha sido el elevado número de muertos”.

¿Es que hay algo más importante durante una pandemia que el que la gente sobreviva?”, se preguntaba este grupo de científicos al que pertenece Felices Montes.

Mortalidad en las residencias

Según datos oficiales de finales de mayo, el 90% de fallecidos por covid-19 en Suecia han sido mayores de 70 años. De estos, la mitad vivía en residencias de ancianos y otro 25% recibía atención domiciliaria. El argumento a menudo esgrimido por Anders Tegnell y también por el Gobierno sueco ha sido que el elevado número de fallecidos se explica por los problemas en las residencias, lo que, a su vez, han desvinculado de la estrategia ante la pandemia y lo han atribuido a las deficiencias en estas instituciones y a la poca formación del personal.

“El número de muertos en las residencias es demasiado alto, pero no tiene nada que ver con la estrategia, sino que es resultado de la falta de recursos. Pensamos que había un mejor conocimiento sobre las prácticas básicas de higiene de lo que realmente había”, dijo la semana pasada el primer ministro, Stefan Löfven, en una entrevista al diario 'Sydsvenskan'.

Felices rechaza esta explicación y está convencido de que la elevada mortalidad en las residencias se debe, en gran parte, a que se ha obviado el potencial infeccioso de los asintomáticos y presintomáticos, además de la falta de recomendaciones claras de protección. La base de la estrategia sueca se resume en la directriz de que todo el mundo que presente síntomas debe quedarse en casa, mientras que el resto —excepto los mayores de 70 años— puede hacer vida prácticamente normal, con ciertas restricciones.

“Si yo estoy trabajando en una residencia por la noche y por la mañana voy al gimnasio, luego voy a recoger a mi hijo a la guardería, donde ha estado en contacto con muchas otras personas, y luego voy a trabajar sin mascarilla ni pantalla... lo normal es que contagie”, ejemplifica el médico español.

“Han echado la culpa a los recortes, a los empleados que trabajan por horas, han utilizado la palabra extranjeros, que no entienden el idioma, han dicho que la higiene era mejorable entre el personal… Y la Agencia de Salud Pública ha repetido que esto no es su problema. Pero sí lo es”, asevera. “Independientemente de si habla o no el idioma, si no lleva mascarilla ni pantalla y está en contacto con la comunidad, tiene un potencial enorme de contagiar”, argumenta.

La terrorífica normalidad

A diferencia de la mayoría de los países europeos, Suecia ha apostado por mantener la sociedad abierta. Escuelas (hasta 16 años) y negocios han seguido funcionando, aunque con unas mínimas restricciones para garantizar que se guarda la distancia de seguridad. Según Felices, las autoridades suecas han optado por la estrategia de la inmunidad de rebaño, a pesar de no haberlo admitido oficialmente.

"La sensación de normalidad ha sido de película de terror. Está bien que no se extienda el pánico, pero el exceso de normalidad no ha sido bueno"

“El objetivo no ha sido evitar los contagios y proteger a la población general, sino proteger a los ancianos y tener camas libres de UCI. Se ha optado por un contagio controlado y lento. En un principio, el objetivo era la inmunidad de grupo, luego dijeron que no, que era un efecto colateral. Pero siempre ha estado subyacente en la estrategia”, explica. “Exponer a la población a un virus desconocido buscando una cosa sobre la que no hay ningún tipo de evidencia nos ha parecido una temeridad”, insiste al calificar el plan como “una barbaridad”.

La sensación de normalidad ha sido de película de terror. Por un parte, está bien que no se extienda el pánico, pero el exceso de normalidad no ha sido bueno”, considera, y pone como ejemplo que, ni siquiera en los hospitales, ni pacientes ni médicos usan mascarilla, a no ser que exista una sospecha clara de covid-19. Las mascarillas son prácticamente inexistentes entre la sociedad sueca, y este es justamente el gran caballo de batalla del Grupo de los 22 en estos momentos, además de un control exhaustivo de los infectados y un rastreo de sus contactos.

La Agencia de Salud Pública no recomienda el uso de mascarilla argumentando que no hay suficientes evidencias científicas de sus beneficios, además de que daría una sensación de falsa seguridad y animaría a las personas con síntomas a salir a la calle. Felices lo considera contradictorio con la base de confianza en la población sobre la que se sustenta toda la estrategia. “No puedes decir ‘me fío de la población a pies juntillas porque sé que van a ser responsables y van a seguir mis recomendaciones’ y, al mismo tiempo, decir que no te fías de que vayan a usar bien la mascarilla”, reprocha.

A su juicio, Suecia no necesitaba un confinamiento duro como el de España o Italia, pero sí ciertas restricciones (“un ‘lockdown’ suave”), además de otras medidas “sencillas”, como rastrear los contagiados y sus contactos, recomendar el uso de mascarilla y contemplar el potencial infeccioso de los asintomáticos y presintomáticos como en el resto de países del entorno. “Esto habría sido suficiente”, asevera.

Turistas suecos. (Reuters)
Turistas suecos. (Reuters)

El paria nórdico del covid-19

De hecho, esta estrategia divergente de Suecia ha provocado que sus vecinos le hayan cerrado las fronteras por la incidencia que el covid-19 sigue teniendo en su territorio. Ni Dinamarca, ni Noruega ni Finlandia permiten viajar libremente a o desde Suecia, así como otros países europeos, como Grecia, que está vetando la entrada de aviones procedentes del país escandinavo.

La semana pasada, el primer ministro anunció la creación de una comisión encargada de evaluar la respuesta a la epidemia, que deberá presentar sus conclusiones en febrero de 2022, medio año antes de las próximas elecciones, aunque elaborará un informe preliminar en noviembre de este año, especialmente centrándose en la gestión de las residencias de ancianos.

Con todo, la gestión de la pandemia está teniendo un impacto negativo en la imagen internacional del país, y también parece estar haciendo mella dentro de sus fronteras. Mientras que al inicio de la crisis todas las encuestas mostraban un amplio apoyo a las autoridades suecas, los últimos sondeos ponen de manifiesto una caída en la confianza. Una encuesta publicada recientemente por el periódico 'Dagens Nyheter' mostraba que el porcentaje de personas que confían en la capacidad de las autoridades suecas para gestionar la epidemia ha caído 11 puntos desde abril, hasta un 45%.

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