¿Los que van de pie no se contagian? La loca nueva normalidad del oráculo italiano
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UNA MIRADA IRÓNICA A LA CALLE EN ITALIA

¿Los que van de pie no se contagian? La loca nueva normalidad del oráculo italiano

A la gente no se le han olvidado las viejas costumbres por estar dos meses sin salir a la calle y las normas las reinterpreta, usa, abusa, cumple o ignora según su estado de ánimo

placeholder Foto: Dos turistas alemanes, en el Coliseo. (Reuters)
Dos turistas alemanes, en el Coliseo. (Reuters)

El 'vaporetto' (barco) que va de la plaza de San Marcos a la isla de Lido, Venecia, con varias paradas intermedias, tiene una parte donde debe haber un peligrosísimo riesgo de contagio del coronavirus y una parte donde el riesgo debe ser que es mínimo. Eso se intuye, al menos, de la distribución de los pasajeros. En la parte donde están los asientos, la trasera, hay una distancia grande entre las personas por la obligatoria alternancia entre el uso de las butacas —una sí y una no— que se marca con carteles de prohibido sentarse. Allí los usuarios van seguros, relajados, con una distancia física que garantiza el cumplimiento estricto de la norma que obliga a un metro de distancia.

Esta parte trasera debe de ser, por tanto, la zona peligrosa. La delantera, por arte de magia, no debe tener riesgo de contagio. Porque allí, donde se va de pie, zona de entrada y salida del 'vaporetto', a medida que se van sucediendo las paradas, el espacio se va llenado de gente. Los cuerpos y caras, con máscara obligatoria, están casi pegados como antaño y nadie se preocupa de alejarse del otro porque para hacerlo debería tirarse por la borda. La persona que abre y cierra el portón permite que suban todos los que solicitan el servicio, no hay líneas en el suelo que vigilen la distancia, y todo transcurre con normalidad en esta zona saturada hasta que se oye una voz, no especialmente alta, que dice: "¿Los que vamos de pie pegados no nos contagiamos?".

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Italia, el primer país europeo en cerrar y el primero en reabrir, ha sido durante toda esta crisis del coronavirus una especie de oráculo para España. Las casi dos semanas de adelanto de epidemia permitían adivinar a los españoles lo que pasaría allí con ver lo que iba sucediendo en su país vecino. Casi se han ido calcando ambos países hasta que la gestión de nuevo de la libertad —enfermar y encerrarse en casa ofrecía pocas alternativas para singularizarse— ha distanciado algo las trayectorias. Al menos las oficiales, porque en Italia nunca ha dejado hasta hoy de fallecer gente por el virus y en España, al menos oficialmente, las cifras de decesos casi se han paralizado.

El domingo 14 de junio hubo 44 víctimas en el país transalpino, por las 55 del día anterior. Italia tiene más de 34.300 víctimas oficiales y España, que se acercó a Italia en abril en número de fallecidos, acumula ahora más de 27.000.

Moderado optimismo de contención

Nadie está a salvo de los rebrotes

Hay un moderado optimismo en Italia con los datos actuales de la pandemia tras un mes de recuperar progresivamente la libertad de movimiento. No ha habido rebrote por ahora y bajan los fallecidos y contagios, con ligeros picos, desde hace semanas. Además, muy importante, hoy, como hace tres meses, siguen existiendo tres Italias para este virus: la fuertemente contagiada del norte; la medianamente contagiada zona centro, con zonas de riesgo y zonas sin riesgo, y la moderadamente zona libre de pandemia del sur del país.

¿Puede cambiar ese panorama las próximas semanas? ¿Qué ha pasado en Italia en este más de un mes de 'normalidad'? Pues que a la gente no se le han olvidado las viejas costumbres por estar dos meses sin salir a la calle y las normas las reinterpreta, usa, abusa, cumple o ignora según su estado de ánimo, necesidad o responsabilidad. Las leyes en papel quedan en ocasiones mejor que sobre el asfalto.

El reto en Italia ha sido adaptar una nueva y muy complicada realidad legal. Es casi enloquecida en algunos casos la aplicación de determinadas normas, que suponen grandes esfuerzos y cuesta entender sus verdaderos beneficios. Según un informe del 15 de junio del Instituto de Estadística, “el 50% de las empresas italianas prevé falta de liquidez en este 2020 y el 40% factura un 50% menos. Además, hasta el 4 de mayo, el 45% de las empresas con más de tres empleados suspendió su actividad”.

Foto: Boris Johnson. (Reuters)

La sociedad ha pasado de un miedo casi obsesivo con comportamientos muy responsables, previo a la reapertura, donde los comerciantes, empresarios y ciudadanos se imaginaban viviendo dentro de una urna, a una normalización de lo anormal en que se ha relajado algo la prevención en las calles. “Necesito tomarles la temperatura y limpiarles los zapatos con el espray antes de entrar”, explica Anna, la propietaria del alojamiento The Palace 5163 de Venecia, antes de acceder al cuarto en alquiler.

La ley obliga a ello, como medida preventiva, pero el problema es entender la verdadera efectividad de ese gesto. Solo la primera vez que entran en el albergue se toma a los clientes la temperatura o se les desinfectan los zapatos. ¿De qué sirve hacerlo al llegar si luego tras entrar y salir cien veces no se repite la precaución y entre medias se comparte espacio con otros huéspedes? ¿Se puede tomar la temperatura y desinfectar los zapatos de todos los clientes cada vez que se entra o sale de un lugar? ¿Tiene sentido ese descomunal esfuerzo?

El reto de un anciano y una 'app'

La estación de Termini en Roma se ha convertido en un laberinto entre escaleras mecánicas clausuradas y pasillos donde se prohíbe el paso. Se entra y sale por algunas puertas y otras no, en ocasiones la vuelta se da en la calle, se usan determinadas entradas, se sube y se baja por pasillos unidireccionales y, finalmente, se llega a un anden lleno de pasajeros en hora punta que esperan el metro o el tren. ¿Es eficiente tomar esas medidas para acabar esperando que llegue el convoy todos juntos?

En el tren que va de Roma a Venecia, por ejemplo, los asientos, incluso para reservas en pareja, son separados. Al igual que el 'vaporetto' de Venecia, aquí hay carteles de prohibido sentarse juntos. Eso no cambia nunca en las cuatro horas de trayecto pero, sin embargo, no se desinfecta el puesto del que se baja un pasajero y que posteriormente ocupa otro como habían anunciado. ¿Debe el revisor cada 10 minutos vigilar que todos van en su asiento durante todo el viaje?

En las tiendas, ocurre exactamente el mismo panorama que con el resto de locales o servicios públicos. “Debe llevar la máscara, desinfectarse las manos y debo tomarle la temperatura”, explica el portero de la famosa librería de Venecia Acqua Alta, que presume de ser la más bella del mundo. No es genérica esa exigencia global en los comercios, aunque sí usual (solo la mascarilla es obligatoria).

placeholder Venecia reabre tras la pandemia. (EFE)
Venecia reabre tras la pandemia. (EFE)

La obligación de desinfectarse las manos acarrea algún problema si se pasa por cuatro o cinco tiendas seguidas: Me voy a quedar sin huellas dactilares, bromea un anciano en un supermercado de Roma al que una empleada intenta explicar la última novedad del comercio para garantizar la seguridad de los clientes: “Debe bajarse la aplicación Ufirst y pide cita desde su casa para entrar a comprar y no esperar en la puerta”, dice la joven al señor, que la mira como si le estuviera pidiendo que se vistiera de Spiderman y trepara por las neveras de la tienda.

Durante dos días, el supermercado, Simply, se llenó de carteles que anunciaban que para entrar había que pedir cita previa, hasta que la realidad de uno de los países, con España y Japón, con mayor número de ancianos aconsejó volver a métodos más tradicionales: “El siguiente”, grita hoy el encargado a sus habituales compradores, que se apañan mejor con el sistema de quién es el último que con los 'smartphones'.

El ocio se reinventa de cara a la nueva normalidad

En la playa de los alrededores de Roma, hay también un panorama complicado que por ahora no explota porque no se han superado aún los 30 grados y han salido dos fines de semana nublados. De las previsiones de abril de playas con mamparas, playas sin poder pasear por la orilla o playas donde se debía estar a cinco metros, se ha pasado a una realidad, otra vez adaptada a cada propietario, donde las tumbonas están alejadas a ojo y todo lo que uno se aleja en la zona de las olas se acerca en la barra del bar. En Santa Marinella, una playa del norte de Lazio, era divertido contemplar cómo el dueño de un chiringuito se afanaba en colocar moderadamente distanciadas las tumbonas para permitir multitudinarios brindis bajo alta música veraniega en la barra del bar. Y no, el covid no ha acabado tampoco con el particular gusto por las canciones del verano.

¿Le pongo mampara de primero…?

Los restaurantes de Roma son otro ejemplo de la complicada aplicación de las medidas. Desde el primer instante de la apertura, se observaba una total diferencia entre las medidas tomadas, al no haber una unificación de protocolos. Hay restaurantes como L’Isola de la Pizza, en el barrio de Pratti, o Felice, en el Testaccio, que han colocado mamparas de metacrilato entre las mesas. Otros, como L’Orso 80, en el centro histórico, habían colocado una mesa estrecha en el medio de las mesas de la terraza cuando la reserva era para más de dos personas que no eran familiares.

“No quiero arriesgarme a tener una multa y nos han dicho que se debía hacer así”, explica Armando, su dueño. Era quizá la única terraza que implementó esa regla en el entorno. Unos pocos metros más arriba, otro restaurante tenía su terraza llena con un grupo de gente en el que había amigos que compartían por grupos el espacio exactamente igual que antes.

Los turistas vuelven a las calles de Venecia

¿Qué dice la norma? En la región de Lazio, se dicta que debe haber una distancia de un metro entre los clientes y solo los que viven juntos pueden saltarse esa obligación. ¿Y cómo se controla si los clientes viven juntos? ¿Va el camarero pidiendo documentos que atestigüen que se convive? ¿Valen fotos del Facebook? Habla la ley también de desinfección de baños y mesas, y del uso de cartas digitales y no en papel… Muchas de esas normas se han ido en algunos casos relajando u olvidando y, en otros, se mantienen intactas o se incrementan. “Dejen aquí su nombre y contacto”, piden en restaurantes como L’Archetto u Osteria degli Amici, en Roma, en una nueva línea de rastreo en la que los restaurantes informarán a sus clientes de posibles focos de contagio.

¿Es genérica esta petición? No. En otros restaurantes no se pide, o se permite mayor cercanía entre las mesas, o se entregan las cartas de unos a otros clientes con las manos, o se limpian las mesas con jabón desinfectante con el brío de retirar migas con que se pasaba un paño antes. ¿Hay que desinfectar cada mesa, silla o espacio común cada vez como si se puliera la madera? ¿Cuánta contundencia hace a los italianos sentirse seguros y cuánto tiempo de espera para sentarse les hace no regresar al restaurante?

En todo caso, ya está en marcha esta semana plenamente la 'app' Inmuni, que rastrea, garantizando el respeto a la privacidad por conexión en Bluetooth, posibles casos de contagio y el aviso a afectados que hayan estado cerca. Por ahora no es obligatoria. ¿Sin serlo vale para algo? Y sí, en Italia también hay teorías de la conspiración sobre el 5G, las vacunas, Bill Gates… En eso, y en la bronca política, se va, por contra, unos pasos por detrás de España.

La isla sin virus de Murano

Foto: Un hombre cargando con fruta y verdura en las pasadas inundaciones en Venecia el pasado diciembre. (Reuters)

Todo este cuerpo legal de normas y obligaciones que se han tomado para contener un rebrote de contagios ha provocado que muchas empresas hayan decidido no abrir sus negocios o, incluso, cerrar en algunos casos. “En 30 años, solo habíamos tenido que cerrar el día de Navidad. Ahora yo soy el único artesano que no está acogido al ERTE y no producimos nada. Vendemos lo que tenemos en 'stock' y esperamos a que vengan turistas”, señala Hamid, artesano vendedor de máscaras venecianas de la prestigiosa tienda Ca de Sol. ¿Mejorará cuando lleguen los turistas? “Algo, pero en todo caso para nosotros eran muy importantes los talleres de grupo y eso está prohibido. En nuestra tienda pueden entrar tres personas a la vez y nuestros clientes son muchas veces familias. ¿Qué hacen, se quedan dos fuera y entran tres? Si hay una pareja, ¿solo entra uno? Va ser muy complicado”, responde.

Massimo, dueño de un tienda de los famosos vidrios de la isla de Murano, tiene una visión parecida. “Nuestra venta es de paso. La gente entra, ojea y se va. Tenemos que desinfectar todo cada vez que alguien toca algo. Yo he vendido nueve euros en tres días, y en lo que llevamos de apertura, 70”, explica. El normalmente atestado canal principal de Murano está vacío, se irá llenando en todo caso poco a poco las próximas semanas, y quizás entre el dinero y, quizá, también el inexistente allí virus. “No hemos tenido en esta isla un solo caso. Hubo dos personas en aislamiento por haber tenido contacto en tierra firme con contagiados, pero finalmente dieron negativo”, explica.

Ese es el miedo, el retorno o aparición de un virus en algunos lugares. “Yo no salgo, ni entiendo que la gente no sea más precavida. No pienso por ahora ir a un restaurante y sigo manteniendo las mismas precauciones”, dice Paola, una vecina de Roma.

Eso es parte de este futuro de la enfermedad en la calle. La enfermedad, por invisible, ha generado en este mes de libertad italiana dos grupos sociales: los que quieren abrir ya todo, vivir igual que antes, la mascarilla les molesta y saludan dando tímidos abrazos, y los que analizan policialmente cada gesto de sus vecinos y creen que conviene mantener el encierro voluntario. Hay un tercer grupo, que parece bastante común en todo el mundo, que son los que advierten de que la verdadera pandemia es la económica pero luego se escandalizan cuando ven las terrazas y tiendas llenas y se apresuran a denunciarlo.

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