DE SALVINI A ABASCAL PASANDO POR LE PEN

Asfixiada por el coronavirus, la ultraderecha europea se prepara para rebrotar en otoño

El virus ha expulsado a la extrema derecha de las calles, le arrebató los focos y la hundió en las encuestas. Ahora, aspiran a resurgir impulsados por la inminente crisis económica

Foto: Santiago Abascal se asoma desde el autobús fletado por Vox.
Santiago Abascal se asoma desde el autobús fletado por Vox.

El 23 de mayo, en medio de uno de los confinamientos más estrictos del mundo, centenares de simpatizantes de Vox colapsaban las arterias de Madrid, Barcelona y otras ciudades de España para exigir la dimisión de Pedro Sánchez. Encaramado sobre un aparatoso autobús descapotable, Santiago Abascal avisaba: “no puede quedar impune su crimen contra la salud, la prosperidad y la libertad de los españoles”. A través de las ventanillas, sus correligionarios agitaban banderas, pitaban con rabia y coreaban las consignas lapidarias de su líder. Un sencillo cartel resumía el ánimo de la caravana: 'El coronavirus es malo. El socialismo es peor'.

Pero lo que aspiraba a ser una épica muestra de músculo político se quedó en un anémico arrebato, confirmando esa máxima de Emile Giradin —gran polemista francés del siglo XIX y fundador del diario popular 'La Presse'— de “exagerar la propia fuerza significa descubrir la propia debilidad”. La realidad es que Vox ha retrocedido en la mayoría de las encuestas en detrimento del Partido Popular. Un patrón emergente en la arena política europea que confirma el fracaso de la extrema derecha populista para capitalizar la crisis del covid-19. Por ahora.

Durante semanas, el virus ha expulsado a los radicales de las calles, los ha separado de las masas y les ha arrebatado los focos, privándoles de sus principales fuentes de poder. Por sus características, la pandemia puso en cuarentena los elementos centrales del discurso ultraconservador. La retórica antinmigración, las soflamas identitarias y las soluciones sencillas suenan extravagantes ante una crisis que exige científicos, tecnócratas y temporeros. La emergencia los ha dejado fuera de juego y, con la 'nueva normalidad' en ciernes, hay ansiedad entre sus filas. La extrema derecha necesita recuperar el ‘momentum’ para evitar caer en la irrelevancia, asimilada por los conservadores moderados que, con mejores credenciales para estos momentos de crisis, están recuperando al electorado desencantado que se les fugó por la derecha.

“Vox ha tenido una reacción muy visceral. Como si todo se jugara de una sola vez en lugar de a medio y largo plazo”, explica Guillermo Fernández-Vázquez, autor de ‘Qué hacer con la extrema derecha en Europa: el caso del Frente Nacional’. “Vox se ha precipitado primero, pidiendo intensamente la formación de un Gobierno de concentración nacional; luego, la dimisión del Gobierno por el alto número de fallecidos; más tarde, repentinamente, el fin del confinamiento. Y ahora de nuevo el luto nacional y la bandera. Esta precipitación ha conducido a la formación de Santiago Abascal a caer a menudo en contradicciones”, afirma el analista.

Como muestra, el ingreso mínimo vital. Vox comenzó llamando a la iniciativa “la paguita”, luego cambió la estrategia y trató de llegar a un acuerdo que pusiera el acento en la migración y finalmente acabó absteniéndose. “En todos los casos se percibe una cierta aceleración e hiperreactividad. Quizá la celeridad del principiante”, explica Fernández-Vázquez, experto en partidos europeos de ultraderecha a El Confidencial.

¿Crisis de identidad? Crisis existencial

Vox no es la excepción, sino la norma en Europa. Prácticamente en todos los países donde la ultraderecha es oposición, las encuestas han reflejado la misma estampa. Una caída significativa o, en el mejor de los casos, una total incapacidad para aprovechar los constantes traspiés de sus rivales ante una emergencia que ningún Gobierno estaba preparado para gestionar. El motivo, apuntan los analistas consultados, es la inelasticidad de su retórica, enfocada en emociones básicas y soluciones simples. Es difícil culpar del desempleo a la inmigración, pieza básica de su argumentario, cuando el coronavirus ha mostrado la dependencia de sectores estratégicos, como el agro, de los trabajadores extranjeros.

“Los asuntos identitarios, que son en los que este tipo de partidos se enfocan, inevitablemente se convierten en menos relevantes para los votantes cuando temen por sus vidas. Los barcos de refugiados cruzando el Mediterráneo o la presunta amenaza de los separatistas catalanes en España para la identidad nacional ya no parecen tan urgentes si no puedes ni salir de tu apartamento”, afirma Daniele Albertazzi, de la Universidad de Birmingham. “Y los partidos populistas de derechas no son vistos, en general, particularmente competentes en lidiar con las crisis existenciales. No es esa la razón por la que la gente los vota”.

Líderes de Vox, en la manifestación contra el Gobierno por la gestión de la pandemia. (EFE)
Líderes de Vox, en la manifestación contra el Gobierno por la gestión de la pandemia. (EFE)

El caso italiano es paradigmático. La Liga de Matteo Salvini, que hace un año fantaseaba con ganar las elecciones con una intención de voto del 35,9%, ahora ha caído hasta el 24,3% en la última encuesta de finales de mayo del 'Corriere della Sera'. “Salvini es muy efectivo en mítines, manifestaciones, propaganda ‘on the road’. Algo que con la pandemia ha sido imposible”, apunta Giovanni Orsina, uno de los mayores expertos en partidos de derecha populista y profesor del LUISS, en la universidad romana Guido Carli.

En Francia ha sucedido algo similar. Tan solo un 20% considera que Marine Le Pen, líder de Agrupación Nacional (RN, por sus siglas en francés), habría hecho un mejor trabajo que Emmanuel Macron, y más de un 40% cree que lo habría hecho peor —y eso que el presidente se ha dejado 16 puntos de respaldo en los sondeos entre marzo y mayo, según una encuesta de 'Les Echos'—. Si en enero ambos estaban parejos en las encuestas, ahora el mandatario aventaja en más de 10 puntos a la líder derechista.

Pero la caída más sonada -y quizás la más simbólica- se ha producido en Alemania, donde la AfD se ha hundido por debajo del 9%, pese al intento de aprovechar pequeños conatos de protestas anticoronavirus. Cinco años después de la oleada de migrantes sirios que nutrió el auge de la extrema derecha, Alemania —como otros países europeos— está buscando cómo conseguir temporeros para trabajar el campo.

“La extrema derecha es buena para protestar y en la crítica, pero no parecen partidos capaces de gobernar, no inspiran confianza, especialmente en cuestiones de salud”, dice Nonna Mayer, politóloga francesa de la Sciences Po. "En el contexto incierto del coronavirus, los expertos son preferibles a los bocazas", agrega.

La bandera está ocupada

La caída de la extrema derecha no se produce en el vacío. Su descenso viene amplificado por el factor ‘rally around the flag’ (unirse en torno a la bandera), una conocida expresión acuñada por el politólogo John Muller en 1970. El anglicismo sintetiza el impulso político que recibe un líder en el Gobierno en momentos de crisis severas gracias al sentimiento espontáneo de unidad nacional. Esto hizo que la popularidad de algunos gobernantes europeos se disparara en las primeras semanas de la pandemia: el italiano Giuseppe Conte alcanzó el 70%, Macron superó el 50% en Francia y Boris Johnson llegó a tener un 55% de aprobación del público británico. Pedro Sánchez ni siquiera disfrutó de esa luna de miel con la opinión pública, que desde el comienzo se ha mostrado muy crítica con la respuesta de su Ejecutivo a la epidemia.

En cualquier caso, su efecto es temporal. El desgaste de la crisis sanitaria, que ha obligado a los gobiernos a mantener impopulares medidas de confinamiento social, distanciamiento y parón económico, ya comienza a hacer efecto. Así que la pregunta es, ¿quién recogerá el capital político de los gobiernos desgastados? Los expertos consideran que, en un primer momento, las oposiciones moderadas en las formas. Y, como muestra, el ejemplo del partido de extrema derecha Hermanos de Italia. Al contrario que otros grupos ultraconservadores, el de Giorgia Meloni ha crecido en popularidad gracias precisamente a distanciarse de las inflamadas proclamas habituales y enmarcar su discurso en un tono de calma y capacidad, manteniendo a su electorado derechista y recogiendo los desencantados con el estilo hiper combativo de Salvini, opina Orsina.

Otro caso es el del nuevo líder laborista británico Keir Starmer, cuya voluntad de colaborar en el gobierno por el bienestar nacional, combinado con un estilo de crítica sosegado y pragmático le ha permitido superar las cifras de respaldo al otrora súper popular Johnson (48% vs 32%), según la más reciente encuesta de YouGov.

Pero la inminente crisis económica que seguirá a la sanitaria volverá a cambiar las reglas del juego. Habrá millones de empleos destruidos en Europa, pero también nuevas y reforzadas presiones migratorias, por el impacto en los países de emisión. Los exertos prevén un auge del nacionalismo, del proteccionismo y de las tensiones por el reparto de ayudas sociales. “Las políticas económicas son el punto débil de las derechas radicales populistas y su plataforma no es muy coherente. Una vez más, podrían no parecer muy creíbles frente a las explosiones sociales y la recesión económica que seguramente se desarrolle en el otoño”, sostiene Mayer.

Vieja receta, nuevos tiempos

Efectivamente, la ultra derecha no destaca por su oferta de soluciones económicas concretas. Pero sí es extremadamente hábil para encajar su ideario y amoldar sus eslóganes dentro de un relato más amplio. Uno que comprenden sus bases. Así que la estrategia que pasa por rescatar sus viejas recetas sazonadas al gusto de los nuevos tiempos.

"Les echarán la culpa a los extranjeros del virus, como siempre hacen", explica Cas Mudde, uno de los mayores expertos en populismo del mundo. "Combinarán actitudes antiinmigrantes (portadores del virus) y hasta la 'conspiración internacional contra nosotros' (atacando a China). Esto funcionará bien en su base de votantes, pero no creo que alcance mucho más allá. Sobre todo, su populismo buscará al mayor número de votantes posible con el mismo mensaje: 'La élite es corrupta e incompetente, la élite ha traicionado a la gente"

Esta élite sin rostro, en el caso europeo, sí tiene lugar de residencia: Bruselas. Como parte de esa búsqueda de un 'culpable', los expertos ven probable que prolifere el discurso euroescéptico, especialmente en los países más afectados por la pandemia (como Italia o España), espoleado por la sensación de que la UE “actuó tarde” y "no fue solidaria". “Primero, una narrativa de que las élites no se preocupan por la gente común. Y, en segundo lugar, unas fuerzas misteriosas (la UE, Soros, etc.) que tienen interés en traer extranjeros que compitan con por empleos, recursos… No será sólo la economía, será parte de una narrativa más amplia sobre las personas buenas y homogéneas que son ‘traicionadas’", apunta Albertazzi.

Con la pandemia todavía en pleno desarrollo y la posibilidad de una segunda oleada que fuerce nuevas medidas drásticas de confinamiento o paralización económica en Europa, los próximos meses son críticos para moldear la interpretación de la ciudadanía de la crisis y, consecuentemente, sus efectos electorales. En este escenario, la ultraderecha tendrá todos los elementos para rescatar su discurso de la cuarentena con el arranque del curso político en otoño, cuando comiencen a sentirse con fuerza en la calle los efectos de la mayor crisis económica en un siglo -con una recesión récord y amenaza de deflación-.

“Los efectos de la pandemia pueden verse sobrepasados en el largo plazo por una mayor inestabilidad en los sistemas sanitarios y en la economía”, explica Pippa Norris, profesora de Ciencias Políticas de Harvard y autora de ‘Cultural Backlash: Trump, Brexit and authoritarian populism’, a El Confidencial. “Y todo esto probablemente consolidará el apoyo a los valores autoritarios en el electorado”.

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