Por qué el elixir de Yalta no solucionará los grandes problemas entre Rusia y la UE
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Por qué el elixir de Yalta no solucionará los grandes problemas entre Rusia y la UE

El momento político podría parecer propicio para un nuevo Yalta, pero es probable que este sistema cree más problemas de los que resuelva

placeholder Foto: Figuras del presidente Putin, Trump, Merkel y Macron en el festival de Niza. (Reuters)
Figuras del presidente Putin, Trump, Merkel y Macron en el festival de Niza. (Reuters)

La última vez que el presidente ruso Vladimir Putin asistió a una, en 2015, la palabra “Yalta” estaba en su mente. Por aquel entonces, Putin alababa el sistema de Yalta por ayudar a “la humanidad a sobrevivir a tiempos turbulentos, a veces dramáticos, de las últimas siete décadas. Salvó al mundo de terremotos de gran magnitud”. En su opinión, dado que el mundo de hoy es turbulento y a veces sufre eventos dramáticos, una dosis de antigua medicina geopolítica lo haría más estable de nuevo. Esta medicina no es más que una vuelta a las esferas de influencia, aderezada con unos pocos países no alineados o neutrales por un lado y por otro.

Foto: El portaaviones Charles de Gaulle en el Mediterráneo. (Reuters)

Los políticos rusos de Yalta se refieren así al sistema internacional acordado en una cumbre entre Joseph Stalin, Franklin Roosevelt y Winston Churchill en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, en la que más o menos acordaron dividir Europa en esferas de influencia. El elixir “nuevo Yalta” podría seguir una receta fuerte o débil. La versión más fuerte de esta medicina es un reconocimiento implícito de una esfera de influencia rusa en algunos países pos soviéticos. La versión más débil es una forma de no-alineamiento o neutralidad en esos mismos estados, especialmente Ucrania. Al igual que ocurre con la medicina, este sistema tiene diferentes nombres según en qué país estés. ‘Off the record’, los funcionarios rusos lo describen como “el nuevo Yalta”, pero ese término es inaceptable para la sociedad política europea.

Las lecciones de Astérix

Por lo tanto, la frase más vaga “una nueva arquitectura europea de seguridad” es a veces (no siempre) usada como alternativa. El ingrediente geopolítico clave de ese elixir es el mismo: la aceptación, quizá implícita, de esferas de influencia en Europa como el precio a pagar para tener mejores relaciones con Rusia. En la superficie, hablar de un nuevo Yalta parece que llega en un momento propicio. La UE y la OTAN tienen poco apetito para seguir extendiéndose, especialmente fuera de los Balcanes. Trump supuestamente dijo que no le importa Ucrania (aunque de alguna forma mucho menos educada). Como bien saben los lectores de Astérix y Obélix, un elixir solo es potente si es el druida quien lo prepara. Si Trump gana de nuevo, encontrará en Putin el socio preciso para esa caldera geopolítica.

Incluso aunque la perspectiva de un nuevo Yalta no sea una amenaza inmediata, los debates sobre la seguridad europea, los términos sobre el posible futuro compromiso con Rusia y la necesidad de una Europa más geopolítica revelan suposiciones equivocadas sobre cómo funcionaba “el antiguo Yalta”. Esas suposiciones no solo se dan en Rusia, también en Estados Unidos y en la UE.

Imágenes de Vladimir Putin y Donald Trump. (Reuters)Es una ficción decir que aquella época estuviera caracterizada por interacciones ordenadas y pacíficas. El antiguo Yalta no era ni ordenado ni pacífico. Era sangriento, enmarañado y peligroso. Los soviéticos tan solo pudieron aplicar el acuerdo de Yalta en 1945 tras una década de brutalidad estalinista y el empleo de muchísimos recursos.

La imposición del control total soviético sobre la pequeña Lituania tardó nueve años y provocó alrededor de 30.000 muertes. En Ucrania occidental, la campaña soviética de contrainsurgencia estuvo activa durante varios años y acabó con la vida de 45.000 personas. La tasa de muerte per capita tanto en Ucrania occidental como en Lituania era tan altas que haría a los actuales Siria o Iraq países relativamente estables. Mientras todo eso ocurría -al igual que las intervenciones militares soviéticas en Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968) y la imposición del poder militar en Polonia (1981)- Occidente unificó su inacción hasta un punto que es muy improbable que ocurra en el futuro.

Aquellos momentos de la historia europea son un recordatorio de que los acuerdos geopolíticos no se escriben solos. También requieren su cumplimiento. Los pequeños países no aceptarán cambios geopolíticos simplemente porque las grandes potencias hayan firmado unos papeles. En ese sentido, un nuevo Yalta sería imposible de llevar a cabo. Rusia carece del poder y los recursos para ponerlo en práctica. Y Occidente no se quedaría de brazos mientras lo intenta.

Foto: Un hombre muestra un icono religioso en Moscú. (Reuters)

La receta más floja para un nuevo Yalta sería reconocer el derecho de tanteo sobre países que ya domina Rusia, como Bielorrusia y Armenia, al tiempo que podría persuadir u obligar a otros países -sobre todo Ucrania, Georgia y Moldovia - a aceptar no-alineamiento o neutralidad reconocida internacionalmente (al estilo de Austria). Incluso si las grandes potencias pudieran implementarlo al principio, es poco probable que esta versión de un nuevo Yalta se implementase en una base sólida para una arquitectura de seguridad europea. Al contrario, sería efímera. Mientras que muchos en Occidente retratan la falta de posición de Ucrania o Moldavia como el objetivo final, y como una buena base para una relación fuerte y estable con Rusia, Moscú considera que dicha neutralidad solo es un paso hacia una mayor influencia sobre sus vecinos.

Mientras que las capitales occidentales han mostrado una actitud moderada a la hora de ampliar la OTAN y la UE, Moscú no resistiría el impulso de expandir la Unión Económica Euroasiática dirigida por Rusia o la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva. E, incluso si se considera que una cadena de estados intermedios no alineados entre Rusia y la OTAN es una buena receta para la estabilidad europea, no está claro por qué Occidente debería prescribir esto a Ucrania y Moldavia y no a Bielorrusia y Armenia, que son aliados rusos.

placeholder Donald Trump. (Reuters)
Donald Trump. (Reuters)

La Guerra Fría y el antiguo sistema de Yalta demostraron que el no-alineamiento no era tan organizado como parecía. Los estados no alineados como Yugoslavia y Egipto, incluso aquellos que parcialmente se alinearon con los soviéticos como Albania y Rumanía, tuvieron dificultades para mantener su estatus. Estuvieron bajo una gran presión económica de la Unión Soviética, al igual que intentos de subversión interna a través de golpes entre los partidos. Occidente proveyó no solo de una asistencia sustancial económica pero también ayuda militar y de seguridad tanto a Yugoslavia como a Egipto para apoyar su no alineamiento.

Ese no-alineamiento casi nunca ocurrió por sí solo. En cambio, a menudo fue cuidadosamente elaborado a través del apoyo occidental en forma de dinero, armas y asociaciones de seguridad. Esto se debe a que el antiguo sistema de Yalta no se basaba solo en un acuerdo mutuo estable para aceptar la división del mundo en esferas de influencia. Fue fundamentalmente competitivo, ya que las grandes potencias intentaron debilitar los sistemas de alianza de cada uno y cooptar nuevos socios.

La antigua medicina se descarta normalmente porque sus efectos secundarios son demasiado costosos. Lo mismo ocurre con los distintos Yaltas. Si uno tuviera que extraer una lección de la Guerra Fría y del sistema de Yalta, sería la necesidad de buscar socios y aliados más allá de la OTAN y del Pacto de Varsovia. Teniendo una red de asociaciones defensivas, económicas y de seguridad no solo con aliados formales pero también con estados no alineados era una forma muy útil de evitar perder la guerra fría. Los participantes de las futuras reuniones del G7 puede que no traten este tema como parte de la agenda de la cumbre, pero harían muy bien en tenerlo en mente mientras construyen el futuro de la arquitectura de seguridad europea.

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