UN EMPRESARIO DE 40 AÑOS

Miedo y asco en los Alpes: un español, en la mayor demanda colectiva por el coronavirus

Ir a esquiar a Austria y encontrarte (sin saberlo) en la zona cero del coronavirus europeo. Miles de esquiadores demandan a las autoridades: no alertaron para no perder negocio

Foto: Una esquiadora, en Ischgl. (EFE)
Una esquiadora, en Ischgl. (EFE)

"Cometieron una temeridad... No voy a volver". Lo que empezó como el viaje de placer de un empresario español con amigos de varios países -ir a esquiar a Austria- acabó en pesadilla vírica. De semana blanca a semana negra. Con los Alpes de fondo y un enemigo silencioso haciendo estragos: el coronavirus.

O no tan silencioso: las autoridades no informaron a tiempo del brote y miles de esquiadores llevaron el bicho de vuelta a sus países. Así empezó a extenderse el Covid-19 por Europa. Ahora se prepara la mayor demanda colectiva por el coronavirus: 4.000 esquiadores europeos contra la 'Ibiza de los Alpes'.

El 5 de marzo, el epidemiólogo jefe de Islandia alertaba a sus ciudadanos de las cinco zonas con más riesgo de contagio por coronavirus. Entre ellas estaban Italia, Corea del Sur, Irán, China e... Ischgl, un pequeño pueblo de apenas 1.500 habitantes en Austria. Del municipio, con una célebre estación de esquí, habían llegado 14 islandeses infectados. Islandia avisó a Viena, pero los austriacos dijeron que era imposible que fuera su culpa. Lo más probable, contestaron, era que un italiano les hubiera contagiado en el avión.

Ese mismo día, Alfredo* llegó con un grupo de nueve amigos a Ischgl. No tenían ni idea de la alerta islandesa. El sábado, todavía sin recibir ninguna advertencia de que estaba en uno de los mayores focos de coronavirus del mundo, Alfredo fue a Kitzloch, un bar del pueblo que resultaría fatídico en la propagación del virus. El lunes, los diez amigos se separaron y volvieron a sus respectivos países. Prácticamente todos, sin saberlo, estaban contagiados de coronavirus. Como miles de personas más que visitaron aquellos días Ischgl, enclave vip del esquí europeo.

4.000 personas contra Ischgl

Ahora, un mes después, las autoridades locales se enfrentan a una demanda colectiva de más de 4.000 esquiadores que podría acabar con la reputación de un pueblo que depende en su totalidad del turismo y el esquí. La mayor parte de los demandantes son alemanes aunque también hay un par de españoles. Uno de ellos es Alfredo. “No me interesa la publicidad ni el dinero. Tan solo quiero que la próxima vez se comuniquen mejor las cosas”, afirma este empresario español de 42 años que prefiere mantener el anonimato.

Para exigir responsabilidades se ha apoyado en el trabajo de Peter Kolba, el presidente de la Asociación de Protección al Consumidor de Austria (VSV) y el hombre que ha creado la plataforma online para todos aquellos que creen haberse contagiado en Ischgl y otros lugares del Tirol. Kolba asegura que todos los testimonios que ha recibido van en la misma línea: se tardó en cerrar las zonas de esquí “por razones comerciales”, explica por correo electrónico a El Confidencial. Las señales estaban ahí, pero las autoridades decidieron ignorarlas.

Kolba asegura que todos los testimonios que ha recibido van en la misma línea: se tardó en cerrar las zonas de esquí “por razones comerciales”

En total, casi 4.000 personas se han unido a la demanda colectiva en el Tirol, según los últimos datos de Kolba. “De ellos, un 86% se infectó allí. Muchos de ellos hicieron cuarentena en casa pero el 2% tuvo que ir al hospital y 1% a la UCI. Dos han muerto”, asegura el abogado.

Alfredo y sus amigos, provenientes de todas partes del mundo, están acostumbrados a hacer un viaje de esquí una vez al año. Esta vez habían elegido Ischgl, uno de los mejores emplazamientos de Europa por sus privilegiadas pistas de esquí. Sin embargo, días antes de viajar, ocho de los 18 amigos decidieron no ir por el riesgo de coronavirus: el resto siguieron adelante al no haber ninguna recomendación oficial.

“El sábado fuimos al bar Kitzloch. Por supuesto, no sabíamos que esa misma mañana uno de los camareros había dado positivo. Al día siguiente, yo ya tenía un poco de tos, pero no le di importancia", recuerda Alfredo. El 10 de marzo, ya de vuelta en España, recibió un correo de las autoridades de Ischgl diciendo que el bar había sido el epicentro de la epidemia en el pueblo. "Nosotros, claro, alucinamos”, relata. Así, de pronto, un pequeño pueblo irrelevante en el mapa se había convertido en el mayor foco de infección de muchos países del norte de Europa. Como dijo la ministra de la región, Manfred Lucha, “nuestro problema no es Irán, sino Ischgl”.

Ese mismo martes, Alfredo envió un correo al dueño de Kitzloch para preguntarle si habían tomado medidas y alertado a las autoridades. Pero la respuesta que recibió fue muy distinta: “Todos los empleados del restaurante que nos sirvieron la cena habían dado positivo. De los 14 camareros y cocineros, habían caído los 14. Lo que nos cabreó es que el hombre nos dijo: “Sentimos el inconveniente, esperamos veros dentro de poco”. ¿Pero cómo voy a volver?”, se pregunta irónicamente Alfredo, que envía una captura de pantalla del correo electrónico del dueño del bar.

Hasta la fecha y pese a la demanda presentada, algunas autoridades del Tirol no han asumido responsabilidades, pese a que mantuvieron las pistas de esquí abiertas varios días más: “Lo hicimos correctamente”, dijo Bernhard Tilg, Consejero de Salud del gobierno del partido conservador en una entrevista televisiva. “Todo ocurrió de forma correcta en el orden cronológico correcto”. Para Alfredo, sin embargo, "cometieron una temeridad".

Cuando recibieron el aviso islandés, Franz Katzgraber, la mayor autoridad sanitaria de la provincia, dijo en un comunicado que, desde un punto de vista médico, “era improbable que las infecciones provinieran del Tirol” y apuntaron a la posibilidad de que un italiano hubiera contagiado a los islandeses en el avión. Werner Kurz, el alcalde de Ischgl, señaló al periódico alemán 'Der Spiegel' que el cierre ha supuesto "una catástrofe" para la ciudad. "Implementamos todas las regulaciones de manera oportuna".

Una mina de infectados

Pero expertos y autoridades extranjeras señalaron lo obvio: tenían que haber escuchado las señales. Como recordaba este periódico, el contagio europeo pudo empezar mucho antes. El inglés Daren Bland, consultor informático de 50 años, se fue a principios de año a esquiar a Austria con tres amigos. Dos de ellos eran de Dinamarca y el otro de Minnesota (Estados Unidos). La pandilla estuvo del 15 al 19 de enero disfrutando de las pistas de la estación de Ischgl y de las famosas fiestas que se celebraban cada tarde en el bar Kitzloch. Al llegar a sus respectivos hogares, los cuatro cayeron enfermos. Para principios de febrero, muchos de los niños de la localidad donde Daren reside, Maresfield, al este de Sussex, se ausentaron varios días del colegio al estar con fiebre y tos seca. Daren Bland podría ser el paciente cero británico. Otra vez: todos los caminos llegan al Tirol.

De vuelta en marzo y preocupados por el aviso islandés, Noruega empezó a hacer test a todo aquel que volviera del Tirol. Los resultados fueron esclarecedores: de los 1.198 infectados que tenía el país, 491 venían de Austria, casi todos del Tirol. El epidemiólogo Þórólfur Guðnason incluso dijo que les había mandado un mensaje a las autoridades austriacas, pero no obtuvo respuesta de vuelta.

“Nosotros tomamos la decisión de ponernos en cuarentena antes de que en España se aplicara el estado de alerta”, cuenta Alfredo. Nada más conocer lo que había ocurrido en Ischgl, se fue a un hospital en Madrid (días antes de que se decretara el Estado de Alarma el 14 de marzo) y les contó la situación. “Yo soy asmático, pero en un principio no me quisieron hacer la prueba. La persona que me atendió se dio cuenta de la situación y accedió. Al día siguiente di positivo”. Afortunadamente, explica, no ha contagiado a nadie ni ninguna persona de su entorno ha sufrido las consecuencias del viaje gracias a que se puso rápidamente tres semanas en cuarentena.

Kolba asegura que, en caso de confirmarse las sospechas, habrá compensaciones económicas para los damnificados. Alfredo recalca que su único objetivo es mejorar los mecanismos de información ante tragedias como esta. Por último, tampoco se olvida del dueño del restaurante. “Tendría que haberlo cerrado. Fue temerario tanto en su planteamiento como en su solución, porque no solo nos puso en riesgo a nosotros, sino también a nuestra familia”, explica Alfredo.

“Yo soy empresario y lo que hizo el dueño me parece muy negligente. He intentado poner una crítica en Google, pero no me la publican. He visto que el dueño ha cerrado la página web del sitio. Imagino que hará lo que hacen los temerarios: reinventarse. Si le ponen una denuncia y una multa, me daré por satisfecho. Yo, desde luego, no voy a volver”.

* Alfredo es un nombre ficticio para salvaguardar su anonimato a petición del protagonista.

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