Del periodista Andrés Mourenza

El abismo entre Turquía y Grecia que desemboca en un cementerio sin nombre

Extracto del nuevo libro del periodista Andrés Mourenza en el que relata distintas historias de la frontera de Europa tras sus viajes entre Grecia y Turquía como corresponsal

Foto: Portada del libro 'Sínora', por el periodista Andrés Mourenza.
Portada del libro 'Sínora', por el periodista Andrés Mourenza.

Al fondo de una vía muerta, unos metros más allá de la estación de tren de Orestiada, el suelo está cubierto de zapatos, mocasines de imitación, sandalias, zapatillas deportivas. Los han abandonado los inmigrantes y refugiados recién llegados desde Turquía. Como si así, cambiando de calzado, pudiesen también trocar su suerte, dejar atrás su pasado, empezar una nueva etapa.

'Sínora'
'Sínora'

Hasta hace poco, esta estación de tren era una de las primeras paradas, ya en territorio europeo, de las rutas migratorias que se inician a miles de kilómetros de distancia, en África, Oriente Medio o Asia. Nada más cruzar la frontera greco-turca, los inmigrantes acudían a la policía, que los retenía durante unos meses. Pero, desbordados como estaban los centros de detención, los soltaban con una orden de expulsión, y los inmigrantes partían de nuevo.

Esta era la estación en que los inmigrantes tomaban el tren para ir a Atenas. Ya no. Ahora, enero de 2013, lo toman los quintos, los jóvenes llamados a filas, a servir por el bien de la nación griega un mínimo de nueve meses en el Ejército. Las estaciones están llenas de familias que despiden a sus mozos, y el tren marcha repleto –dormidos los reclutas en vertical en sus incómodos y duros asientos, apoyados sobre sus petates en los huecos junto a la puerta– e indeciblemente lento, caracoleando por la geografía de Grecia: Alexandrópolis, Komotini, Xanthi, Drama, Serres, Kilkis, Salónica, Katerini, Larissa, Livadia, Tebas, Atenas.

Ahora las ropas y los zapatos abandonados en la estación de Orestiada se pudren a merced de las lluvias del invierno, porque apenas pasan migrantes por este punto.

Poco antes, en otoño de 2012, se concluyó la construcción de una valla en las huertas que antes hacían de frontera entre Grecia y Turquía: 10,3 kilómetros de longitud, tres metros de alto, coronada por alambre de espino. El confín de la Unión Europea, ese que antes delimitaban sembrados y caminos de tierra, ahora es una hilera de brillante metal, a cuyos lados patrullan soldados de cada país.

–¿Se pueden hacer fotos?

–Sí, pero no muchas –responde el militar que nos ha acercado hasta allí–. Y que no se vea el otro lado, que luego los turcos se nos enfadan.

La obra ha costado más de tres millones de euros, sufragados enteramente por el Gobierno griego; la Unión Europea se negó a financiarla debido a las críticas de las organizaciones de defensa de los derechos humanos. De momento, sirve al fin para el que fue creada: ya no cruzan inmigrantes ni refugiados por las huertas de Karaağaç ni llegan a las huertas de Orestiada y Nea Vyssa.

–Antes venían muchos. Ahora se acabó. Fin. Con el muro ya no pasan más. Pero ¿por qué vienen a Grecia? Esto no es el paraíso. Aquí hay crisis, no hay trabajo –critica el viejo Vangelis, el gesto hosco, mientras despluma un pollo. En el patio de su casa, una casucha pobre con huerta junto a la estación, un viejo caldero de hierro hierve sobre el fuego para escaldar el ave.

Un hombre moreno y solitario, gabardina negra, rasgos asiáticos, se asoma a las vías de la estación, a ver si con suerte no hay huelga y aparece el tren. Es Khaleed, paquistaní. El tren probablemente no aparecerá hasta que pasen unas horas, pero él no tiene mucho más que hacer que esperar. Antes, a veces, le ofrecían trabajos esporádicos en el campo, ahora solo viene a Orestiada a sellar sus papeles y se vuelve a Atenas en cuanto puede.

–El viaje hasta aquí fue muy duro. Cuatro semanas a través de Irán y Turquía –prefiere no contar cómo cruzó ilegalmente la frontera, prefiere no recordar. Ahora malvive en Atenas porque tampoco puede irse a otro país mientras dure la tramitación de su expediente–. Comparto habitación con un amigo paquistaní. Él sí trabaja y me da algo de dinero. Ya sé que aquí las cosas no son fáciles, pero peor están en Pakistán. Si no fuese así, no habría venido.

Funcionarios griegos y del Frontex atienden durante la ceremonia de inauguración del comienzo de la construcción de un muro en la frontera de Grecia con Turquía para contener la inmigración ilegal a la Unión Europea, en Nea Vyssa, Evros. (EFE)
Funcionarios griegos y del Frontex atienden durante la ceremonia de inauguración del comienzo de la construcción de un muro en la frontera de Grecia con Turquía para contener la inmigración ilegal a la Unión Europea, en Nea Vyssa, Evros. (EFE)

Orestiada está inusualmente llena de policías. En las tabernas, en los hoteles, en las calles. Se los distingue incluso cuando van de civil: su altura, los hombros anchos, espaldas trabajadas en el gimnasio, la mirada segura del que se sabe con razón, del que se dice dispuesto a dar la vida por la nación, mientras otros, intelectuales y vagos, se ponen del lado de los que nos invaden. La gente está acostumbrada a ver policías, militares, gendarmes de diversos países, Orestiada es una ciudad de frontera. Pero esta vez el número es aún más alto de lo habitual.

El agosto anterior –una de las primeras medidas del nuevo Gobierno conservador– se desplegaron mil ochocientos policías en la provincia de Evros. La operación fue bautizada Aspida. 'Escudo'.

–En 2010 sufrimos un tsunami de inmigrantes, por eso pedimos ayuda a Frontex y solicitamos refuerzos al Gobierno central griego.

Habla el brigadier Georgios Salamangas, director general de la Policía de Tracia y antiguo comisario de Orestiada. Utiliza esa palabra, tsunami, tan de moda: una avalancha incontrolable, una catástrofe natural. No son personas, individuos cada cual con su historia. Son números que asaltan su frontera, la que él tiene la obligación de defender. Es su visión.

Gertjan Dijkstra, de la Real Policía Militar de Holanda y representante de Frontex, también defiende su misión sin salirse del guion; ni del guion ni lo que más o menos explica la página web de la agencia fronteriza europea. El rictus serio, sin concesiones a una sonrisa o a las réplicas, no admite que se ponga en duda su trabajo.

La presencia de Frontex significa estabilidad. Fue bueno que viniésemos al principio, pero también es bueno que continuemos. Lo más importante es que nos ayudamos unos a otros. Porque esto no es solo un problema griego, sino europeo, y hay que demostrar que no se deja solas a las autoridades griegas.

Cuando se le pregunta por la valla fronteriza, esquiva la pregunta: «No estoy autorizado a hablar sobre ello». Cuando por el número de agentes de Frontex desplegado: «No estoy autorizado». Cuando por el equipo del que disponen: «No estoy autorizado».

La idea es esta:

–Los resultados de Frontex, de la Operación Aspida y de la valla son muy buenos. Esto es satisfactorio no solo para Grecia, sino para toda Europa, porque estos inmigrantes no quieren estar en Grecia, sino irse a otros lugares de Europa –apunta satisfecho el brigadier Salamangas.

En 2010 los policías de la provincia de Evros capturaron a 47.088 personas tras cruzar ilegalmente la frontera; en 2011 fueron 54.974, y en 2012, 30.438. Parte de la reducción de llegadas, reconoce Salamangas, se debe a una colaboración más estrecha con Turquía, el viejo enemigo atávico convertido ahora en un aliado imprescindible. En 2011, explica el brigadier, se empezó a cooperar con la policía turca de Edirne, y al año siguiente se envió allá un oficial de enlace. La policía y el Ejército griego otean la zona turca con cámaras térmicas, y, si ven movimiento, avisan a la otra parte. Cada mes hay, además, reuniones de coordinación.

–Antes no había cooperación, pero eso ahora ha mejorado –confirma un periodista local del lado turco–. Está claro que la valla tiene un efecto disuasorio para los inmigrantes y los traficantes, pero solo cubre diez kilómetros. Los otros ciento noventa de la frontera solo están separados por el río. Y por ahí sigue habiendo gente que cruza ilegalmente. Las rutas se han desplazado río abajo, hacia las localidades de Meriç e Ipsala, porque ahora hay más vigilancia en la parte norte de la frontera –dice, y añade, también, que se han empezado a producir entradas ilegales de Turquía a Bulgaria, pese a que, aun siendo miembro de la Unión Europea, todavía no forma parte de la Zona Schengen de libre tránsito–. Hemos visto en Edirne a inmigrantes que regresaban de Bulgaria, y muchos tenían heridas por mordeduras de perro. Nos explican que los soldados búlgaros usan a los perros para perseguirles.

Siguen llegando migrantes y refugiados a Grecia, la bañera tiene demasiados agujeros, imposibles de tapar todos a la vez, y, sobre todo, demasiados grifos de agua que la desbordan. El que más está creciendo es el de Siria, donde el conflicto político ha derivado en enfrentamiento civil: si en 2010 apenas se detuvo a sirios intentando cruzar la frontera, en 2011 fueron cuatrocientos. En 2012, casi ocho mil. Muchos de los que llegan de Oriente Próximo, añade el periodista turco, son ingenieros, profesores de universidad, incluso militares desertores. El tsunami está compuesto por historias personales, historias de necesidad.

Foto: Reuters
Foto: Reuters

Eso es lo que intenta explicar a sus vecinos un grupo de habitantes de Orestiada que ha conformado la Asamblea Abierta. Sirve para vehicular ayudas a los migrantes más necesitados: leche, mantas, comida para aquellos que llegan sin nada más o que malviven en los campos de detención. Y tratar de contrarrestar la visión que pinta a los inmigrantes como una amenaza a las esencias del país.

–Para los refugiados, este es solo el punto de entrada a la Unión Europea. Ninguno quiere quedarse en Grecia, sino que quieren seguir hacia adelante –asegura Panos, un joven de la asamblea–. La valla es una idea de los políticos para convencer a los atenienses, que son a quienes más toca la cuestión de la inmigración, de que están haciendo algo por ellos y que así se sientan seguros. La gente de aquí apoya la valla porque ha sido aterrorizada por la propaganda de los medios de comunicación y del Gobierno, que liga la inmigración con la criminalidad. Pero aquí, con los inmigrantes no había contacto, solo los veíamos pasar. Y tampoco hay criminalidad. Toda la criminalidad en la que se han visto involucrados los inmigrantes ha sido como víctimas, porque algunos griegos les robaban el dinero que llevaban.

Alikí Karavía, la joven representante en Orestiada del Consejo Griego para los Refugiados, dice comprender los motivos del Gobierno para la valla, pero dice, también, que es dinero malgastado.

–El dinero que ha costado no es proporcional a los beneficios que se supone que se obtendrán. Hace más difícil llegar, claro está, pero si alguien está desesperado por venir, lo hará. Los refugiados no pasarán por la zona de la valla, lo harán por otras rutas como el río o el mar. Los precios que cobran los traficantes subirán y habrá más muertes –explica, y los hechos le darán la razón–. Entiendo que el tema de las migraciones genera preocupación, pero las soluciones simples no valen. Hay que hallar una manera más seria de afrontarlo.

Nadie lo sabe a ciencia cierta –solo el fondo del río–, pero se estima que de los migrantes que llegaron a Grecia por esta vía entre 2011 y 2013, al menos ciento doce murieron en el Evros, ahogados o de hipotermia.

Algunos de ellos terminan en un pequeño cementerio de Sidiro. Es un cementerio sin nombre y está situado en una colina de las afueras de esta aldea de las montañas septentrionales de Grecia. Apenas una parcela de terreno, rodeada por una valla para evitar que el ganado, o las alimañas, excaven en las decenas de montículos de tierra. Lo gestiona el muftí de la minoría musulmana del norte de Grecia, ya que aquí se entierra a los migrantes que, se cree, vienen de países de fe islámica. Se cree.

Al contrario que en el mar, donde la sal permite que los cadáveres se mantengan por más tiempo, el agua del Evros los descompone rápidamente. La ropa se deshace. Los documentos se pierden. Y los peces comienzan a devorar los cuerpos, que muchas veces no son recuperados hasta semanas después de desaparecer, pues son arrastrados por las sedimentosas aguas o quedan atrapados por las ramas y la vegetación de las orillas.

En no pocas ocasiones, los cuerpos que llegan al departamento forense del hospital de Alexandrópolis, la capital de la provincia de Evros, son irreconocibles. Una de las fotos que se conservan en sus archivos muestra a un hombre fallecido por hipotermia, su rostro cerrado en una mueca de pavor. El cadáver tardó en ser encontrado, el sol quemó su piel, los cuervos que sobrevuelan el río devoraron sus ojos. Así que es complicado saber de dónde vienen.

Sidiro tiene un pequeño puente otomano de varios siglos y algunas decenas de casas desperdigadas. En el centro hay un iglesia casi nueva y que casi nadie usa. La construyó el Gobierno griego en los sesenta para helenizar y cristianizar a la población del lugar. Pero los algo más de cuatrocientos habitantes de Sidiro son musulmanes: turcos y pomacos. Viven de sus campos de tabaco y cereales, de las ovejas y los panales.

Hemos llegado al pueblo en coche –la única forma de llegar– tras un periplo por las ásperas y embarradas carreteras del norte de Grecia. Llueve. Somos cuatro periodistas: dos españoles, una francesa y una fotógrafa griega, y tenemos hambre. Solo hay un café abierto: una estancia pobre y gris, con una estufa de hierro antiguo, en la que crepitan la leña y se calientan el hombre que lo atiende y otro parroquiano. Lo único que nos pueden ofrecer es té, Nescafé y un par de tostadas con queso. El muftí, al que hemos venido a buscar, no está.

–Con la que está cayendo no puede estar en el campo, debe de haber ido a Didimoticho o a otro pueblo a atender unos asuntos. Volved otro día.

Ese otro día también llueve y es de noche. El hogar del muftí Serif Damatoglu es el primer edificio del pueblo, una casa amplia y blanca, de dos pisos, que hace las veces de gasolinera. Dejamos a la puerta nuestro calzado y su esposa nos invita a pasar al interior de la vivienda, mullido y cálido.

–A mí me llegan los cadáveres después de que les hagan la autopsia en Alexandrópolis. A veces han pasado más de siete días y huelen muy mal, están como podridos. Pero los limpiamos bien, bien, uno a uno, como manda la religión; los envolvemos cuidadosamente en sus mortajas, de tres piezas la de los hombres, de cinco las mujeres, les rezamos y luego los enterramos. Tenemos que respetar los derechos de los muertos –dice con voz suave de anciano.

Serif Damatoglu es un hombre de campo, los pantalones de pana embutidos dentro de la botas de goma de faena. El bigotito ralo, las manos curtidas. Pero cuando se enfunda el uniforme de oficiar, el casquete semicónico de muftí, la túnica blanca con bordados, su voz adquiere el tono didáctico y sosegado, en paz consigo mismo, de los hombres de religión.

Foto: Reuters
Foto: Reuters

Su trabajo consiste en gestionar los asuntos religiosos de la minoría musulmana de Evros, de mediar como un juez de paz en las rencillas familiares aplicando la ley de Dios, la sharia islámica: el norte de Grecia es el único lugar de Europa donde se aplica de forma legal y oficial, en virtud del Tratado de Lausana. Rémora del pasado otomano y contradicción histórica: mientras Turquía se convirtió en una república laica, los turcos de Grecia siguieron rigiéndose por la ley religiosa del imperio.

El muftí conversa con nosotros en griego y en turco, aunque a él no se le permita definirse como tal, como turco. Oficialmente, la minoría del norte de Grecia no es pomaca ni es turca, es «musulmana», pese a que hable pomaco o turco. Cuando se le pregunta por ello, Serif Damatoglu hace un ademán: él no quiere meterse en política.

Su posición es frágil; la de los turcos de Grecia lo es. Serif Damatoglu fue nombrado para el cargo por el Gobierno de Atenas y depuesto de él tres años después, sin más explicaciones. Los turcos de Grecia, o griegos de lengua turca, exigen ser ellos mismos quienes elijan a sus muftíes pero Atenas insiste en designarlos por decreto. Teme que, si se permite una elección democrática, los muftíes salidos de las urnas actúen a las órdenes del consulado turco, la representación que Turquía tiene en la vecina Komotini. Grecia sigue viendo a sus turcos como quintacolumnistas.

En cambio, Damatoglu habla con amor de su trabajo de dar digna sepultura a tantos desconocidos. Y con pena:

–Cada vez que llega un nuevo cuerpo, me digo: «Ojalá esta vez sea la última». Pero no, siempre hay más.

Los primeros refugiados que enterró llegaron precisamente de Turquía. Era 1989. Nada más cruzar el río, pisaron una mina. Los muertos llevaban su dirección escrita en un papel, guardada en un bolsillo. Procedían de la siempre rebelde provincia de Tunceli: se puede inferir que, en aquella Turquía todavía heredera de la Junta Militar, habían escapado por sus ideas izquierdistas.

–Escribí cartas a sus hogares. No sé si llegaron o no, porque nunca recibí una respuesta. Decía a sus familias dónde estaban y que los había enterrado como correspondía.

Ya lleva sepultados más de cuatrocientos.

–Al principio los llevábamos a Alexandrópolis, porque allí hay un cementerio musulmán. Pero la comunidad se empezó a quejar de que no iba a quedar sitio para ellos. Luego los enterrábamos en el cementerio musulmán de Didimoticho. Pero también se quejaron. Luego en el de Agriani. Y también. Después aquí, en el de Sidiro, pero también hubo quejas. Como nos dimos cuenta de que los refugiados seguían llegando y seguían muriendo, nos dijimos, vamos a reservarles a ellos un terreno. Así construimos el cementerio actual, y el Estado puso una bonita verja para que nadie los moleste.

El cementerio sin nombre se halla en un colina sin nombre a la entrada de Sidiro, en un lugar que nadie ve si no lo busca. Aunque por los montículos se diría que son menos, ahí, en su ubicación actual, hay más de trescientos muertos. Unos sobre otros, junto a otros, unidos en el mismo destino fatal.

–Para Grecia, la inmigración es una carga muy pesada y la Unión Europea está haciendo poco. Pero en estas cosas no podemos actuar como cazadores. Las vallas son para los animales. Con la nueva valla, irán más por el río y el mar, y morirán más –añade–. Yo sufro mucho haciendo esto. Ves a esta gente tan joven, en la flor de la vida, que han muerto así. Y en ocasiones no son uno ni dos, sino que nos llegan de cinco en cinco, de ocho en ocho, de quince en quince. Una vez tuvimos que enterrar a veinticinco personas a la vez. Me ayudaron mi hijo y otros muchachos del pueblo. Pero a todos los enterramos como se merecían.

Fuera sigue lloviendo. La lluvia del invierno cae inmisericorde sobre el cementerio sin nombre, sobre esos montones de tierra, algunos todavía frescos, que cobijan los cuerpos sin vida de los migrantes. No hay lápidas. Nadie conoce el nombre de sus ocupantes, ni su país de origen. Ni cuántos miles de kilómetros recorrieron para venir a morir a las puertas de Europa.

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