AÚN QUEDARÁ NEGOCIAR la RELACIÓN COMERCIAL

La saga del Brexit llega a su fin: 1.316 días después, el Reino Unido abandona la UE

Tras casi cinco décadas de compleja relación, el Reino Unido abandona finalmente la UE: 1.316 días después del histórico plebiscito y de tres primeros ministros, el Brexit se materializa esta noche

Foto: Detractores del Brexit se manifiestan a las puertas del Parlamento británico. (Reuters)
Detractores del Brexit se manifiestan a las puertas del Parlamento británico. (Reuters)

Maraline Nash, de 70 años, tenía intención de poner este viernes una bandera de la UE en el patio de su casa, al sur de Inglaterra, y dejarla allí hasta que se la llevara el viento. Pero no ha logrado encontrar ninguna. “He estado buscando con mi hija en las tiendas de 'souvenirs', pero nada. Es como si nunca hubiéramos sido un Estado miembro”, explica. “Sé que la mayoría de la gente de mi edad votó por la salida, pero es absurdo. Lo de cualquier tiempo pasado fue mejor es puro mito. Yo no quiero retroceder”, recalca.

Ella se muestra convencida de que sus nietos vivirán el momento de regreso al club. Pero hoy no es día de hacer predicciones de futuro sino de asumir el presente. Y la realidad es que, tras casi cinco décadas de compleja relación, el Reino Unido abandona finalmente la Unión Europea. Exactamente 1.316 días después del histórico plebiscito y tras el paso de hasta tres primeros ministros por Downing Street, el Brexit se materializa a medianoche.

En la práctica, nada cambia. Tras ratificarse el acuerdo de retirada —que cubre una factura de divorcio para Londres de 40-45.000 millones de euros, garantiza los derechos de los comunitarios residentes en suelo británico (entre ellos, más de 240.000 españoles) y evita frontera dura en Irlanda—, comienza ahora un periodo de transición.

¿Nada cambia? Sí, todo ha cambiado

El Reino Unido continuará hasta finales de año dentro de la unión aduanera y el mercado único, con la libertad de movimiento que eso conlleva, mientras Londres y Bruselas negocian las nuevas relaciones. Pero lo cierto es que las cosas sí cambian. En realidad, todo cambia. Aquel proyecto común que empezó a rodar en 1957, primero como unión económica y luego como unión política, asume ahora un divorcio de consecuencias aún impredecibles.

Muchos británicos aceptaron la entrada a la Comunidad Económica Europea (CEE) a regañadientes. Pero el euroescepticismo real comenzó con el Tratado de Maastricht, la culminación política de un conjunto normativo vinculante para todos los Estados miembros. “Ese fue el inicio de todo”, explicó el ya exeurodiputado británico Daniel Hannan, en el debate que tuvo lugar este miércoles en la Eurocámara. “Perdéis a un mal inquilino, pero ganáis a un buen vecino”, añadió.

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Puede que tenga razón. Es posible que tras la separación, la convivencia se vuelva más llevadera. En cualquier caso, de cara a las futuras negociaciones para cerrar un acuerdo comercial, Boris Johnson está preparado para aceptar controles fronterizos con tal de preservar la soberanía nacional. Eso significa no interferencias con el Tribunal de Justicia Europeo y no alineación automática con las normas y reglamentos comunitarios. El mensaje político es claro: se inicia una nueva era.

Tras conseguir una aplastante mayoría absoluta de hasta 80 diputados, el primer ministro puede diseñar ahora un Reino Unido a su gusto. Es más, puede tomar decisiones (incluso arriesgadas) que impliquen planes a largo plazo, porque la oposición laborista está sumida en el caos y no tiene pinta de regresar al poder en un futuro cercano.

En cualquier caso, este viernes, al 'premier' le toca guardar las formas. Durante la campaña del plebiscito de 2016, hizo gala de ser la 'rockstar' de la causa euroescéptica. Sin embargo, el Brexit mantiene aún a día de hoy al país completamente dividido. No en vano, el resultado de la consulta fue un 51,9% de los votos a favor de la salida frente al 48,1% que abogó por la permanencia. Nadie duda de que hoy se trata de un día histórico. Pero, al mismo tiempo, se trata de una cuestión delicada que no invita a grandes celebraciones oficiales.

Llega la gran fiesta

Pese a que los 'brexiters' querían hacer sonar las campanas del Big Ben, el mítico reloj está en obras y el repicar tenía un coste de 500.000 libras para las arcas públicas que Johnson no estaba dispuesto a pagar. En su lugar, el primer ministro dirigirá un discurso de unidad a la nación a las 22:00 y luego se proyectará sobre Downing Street un reloj con la cuenta atrás hasta las 23:00 (medianoche en Bruselas).

En su lugar, el Gobierno celebrará una reunión de Gabinete especial en Sunderland, la primera ciudad en declarar su apoyo a la salida del bloque en el plebiscito de 2016. El 'efecto Brexit' hizo que muchos de los que hasta ahora habían sido bastiones laboristas del 'Muro Rojo' del norte de Inglaterra votaran por los conservadores en las últimas elecciones generales de diciembre. En algunos casos, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. Por lo que el gesto ahora está cargado de simbolismo. Fidelizar a este electorado, al fin y al cabo, será uno de los objetivos de esta legislatura.

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Por cierto, Johnson será el primero en recibir una de los tres millones de monedas conmemorativas de 50 peniques que entran este viernes en circulación con el mensaje de: 'Paz, prosperidad y amistad con todas las naciones'.

Por su parte, el que no tiene reparos a la hora de mostrar su gozo es Nigel Farage, que ha montado una gran fiesta en los jardines frente a Westminster para que “todo tenga lugar bajo la atenta mirada” de la estatua de Winston Churchill. A lo largo de todo el día, irán desfilando por el escenario figuras de toda índole del mundo euroescéptico para celebrar el bautizado como 'día de la independencia'.

Tras más de 20 años como eurodiputado erosionando desde sus propias tripas el proyecto europeo, Farage dice ahora que va a echar de menos ser “la pantomima del villano”. Dejar de ser el centro de atención, seguro. Aunque hay que reconocerle que es uno de los grandes protagonistas de esta historia.

El divorcio, de alguna manera, comenzó a materializarse en enero de 2013. “Ha llegado el momento de que los británicos hablen. Ha llegado el momento de sellar la cuestión europea en la política británica”, dijo David Cameron en aquel esperado discurso en la sede de Bloomberg.

Las relaciones con Bruselas siempre habían supuesto una lacra para cualquier inquilino de Downing Street. Sobre todo, para los conservadores. De alguna manera, los políticos habían podido capear el temporal. El problema con Cameron es que se había llegado a un callejón sin salida.

El órdago fallido de Cameron

Por aquel entonces, gobernaba en coalición con los europeístas Liberal Demócratas de Nick Clegg, pero el ala más euroescéptica de los 'tories' —promotora ya de importantes rebeliones en la Cámara de los Comunes— le había puesto contra las cuerdas. Estaba el dilema de la zona euro, que tenía que definir las nuevas reglas de juego de la era poscrisis. En la calle, el descontento del pueblo no podía llegar a cotas más altas. Hasta el 35% de los británicos quería salir por aquel entonces del bloque.

Pero, por encima de todo, estaba el auge del UKIP. Con su discurso antiinmigración y antiUE, por aquel entonces un desconocido Nigel Farage iba ganando cada vez más terreno en intención de voto a los 'tories'. Así que Cameron no tenía opción. O al menos así lo presentó. Prometió que si ganaba con mayoría absoluta los siguientes comicios, convocaría el histórico referéndum sobre la permanencia en la UE. Y la mayoría absoluta llegó en 2015. Ya no había vuelta atrás.

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Cuando convocó oficialmente el plebiscito, Cameron estaba envalentonado al haber ganado la consulta de independencia escocesa tan solo unos meses antes. Eso sí, se vio obligado a pedir ayuda a la mismísima Isabel II cuando se llegó a pensar que los independentistas podían ganar. El 'premier' jugó de nuevo un órdago con el plebiscito comunitario. Pero, en esta ocasión, las cartas no salieron a su favor.

Los actos tan diversos que tendrán lugar este viernes en el Reino Unido anticipan de alguna manera los retos más inmediatos a los que se enfrenta el país. Mientras que la asociación Leavers of Britain detalla en su web todos los pubs donde esta noche habrá fiesta —“¡Lo hemos conseguido, chicos!", señalan—, el alcalde de Londres, el europeísta Sadiq Khan, abrirá las puertas del ayuntamiento a todos los comunitarios residentes para ofrecerles tanto apoyo psicológico —diferentes estudios han revelado problemas de ansiedad provocados por el Brexit— como asesoramiento legal sobre cómo regular ahora su situación.

Por su parte, la ministra principal escocesa, Nicola Sturgeon, presentará su hoja de ruta para un nuevo referéndum de independencia, después de haber conseguido esta semana el respaldo (más simbólico que otra cosa) del Parlamento de Edimburgo a su órdago soberanista.

Aratxu Blanco, sin embargo, no tiene planes especiales para jornada tan señalada. Pero después de más de dos años manifestándose frente a Westminster con la bandera de la UE, esta bilbaína —que lleva más de 30 años residiendo en suelo británico— regresará el próximo miércoles al mismo punto. “Hay que mostrar al Gobierno que, pese a todo, aún no nos hemos rendido. Seguiré viniendo cada semana. Aún tengo la esperanza de que en el periodo de transición cambien las cosas”, afirma.

Otro de los activistas, Steve Bray, que durante una época llegó a acudir a diario a las puertas de Westminster para manifestarte contra la salida de la UE, asegura sin embargo que ya ha realizado su “proceso de duelo”.

En definitiva, cada uno ha vivido su propia historia del Brexit y cada uno le pondrá hoy su particular final. Porque aunque mañana nada cambia, en realidad, ha cambiado todo.

Europa

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