EN LA PRÁCTICA, SEGUIRÁ HASTA DICIEMBRE

El Parlamento Europeo vota para liquidar el Brexit: el último paso antes del adiós

El pleno vota este miércoles el acuerdo del Brexit, con el que se cerrarán tres años de negociación y se abrirá la puerta a una nueva y conflictiva etapa

Foto: David Sassoli, presidente del Parlamento Europeo. (Reuters)
David Sassoli, presidente del Parlamento Europeo. (Reuters)

En el ambiente flota mucha incredulidad. Parece mentira: después de tres años de negociaciones, este miércoles, con cierto silencio y casi indiferencia por el destino ya sellado, la Eurocámara va a terminar de liquidar el Brexit aprobando el texto del acuerdo cerrado entre la UE y el Reino Unido con el que, a partir del 31 de enero, Londres dejará de formar parte del club.

En los pasillos de la institución hay maletas y algunas oficinas se encuentran llenas de cajas que guardan a buen recaudo los recuerdos de eurodiputados, algunos recién llegados y otros muy veteranos, que se llevan con ellos 47 años de una relación tormentosa pero de la que tanto el Reino Unido como la Unión Europea se beneficiaron enormemente.

Ahora le toca al Parlamento Europeo, el gran enemigo del Brexit, una de las instituciones más vocales y donde muchas veces se ha pedido tanto frenar la salida como dar la puntilla a la permanencia del Reino Unido y liquidar de una vez por todas el Brexit. Antes de que la Eurocámara apruebe el Brexit de forma holgada, el acuerdo tuvo que ser aprobado por la comisión de Asuntos Constitucionales, donde pasó sin ningún problema, con 23 votos a favor y tres en contra, por lo que no habrá sorpresas este miércoles en la Eurocámara.

Lo que se aprueba es el texto del divorcio, el documento negociado primero por el Gobierno de Theresa May, que es el que trabajó la mayoría del contenido, y luego por el de Boris Johnson, que logró desbloquearlo con ligeros cambios consiguiendo que el Parlamento británico lo apoyara sin problemas.

El pasado viernes, Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, y Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, firmaban el tratado que recoge la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Así que ya solo queda el último paso, que se dará este miércoles.

El cheque de Boris

El texto recoge todos los principios del divorcio. Ha sido difícil negociarlo, pero la verdad es que no es lo más complicado dentro del proceso de la salida de un socio comunitario. En él, la UE ha garantizado sus principales prioridades al inicio de la negociación, hace ya casi tres años. ¿Cuáles eran?

El primero era que el Reino Unido debía pagar la factura de liquidación financiera, eso quiere decir que Londres debía abonar los fondos a los que se había comprometido cuando todavía era socio comunitario, como, por ejemplo, su contribución a misiones de paz europeas o proyectos para la construcción de una escuela en un país africano, pero también otras partidas, como el pago de las pensiones de los funcionarios europeos. Este punto fue el que provocó aquella famosa frase del ahora primer ministro, cuando aseguró que el Reino Unido podía abandonar la UE sin pagar “un penique”. Pero al final Johnson ha acabado aceptando la factura.

El segundo punto era la protección de los derechos de los ciudadanos europeos en el Reino Unido y viceversa. Este es, seguramente, el punto más polémico, porque ni los propios comunitarios en suelo británico ni tampoco el Parlamento Europeo confían en que el Gobierno del Reino Unido vaya a cumplir con sus compromisos. Consideran que el sistema que ha implantado la Home Office es demasiado complejo y temen que, una vez cristalice el Brexit, puedan darse casos de deportaciones. Desde la Comisión Europea, se han tomado esto en serio y ya han enviado un aviso a Londres: los compromisos adquiridos en el acuerdo no son opcionales, así que los derechos de los comunitarios deben protegerse.

Por último, está uno de los asuntos estrella de la negociación: Irlanda del Norte. La UE convirtió en prioridad el asunto clave para la República de Irlanda, que es que la frontera del Ulster siga abierta para evitar el avivamiento de los conflictos pasados en la isla. Para ello, en diciembre de 2017, Bruselas empujó a Theresa May, entonces primera ministra, a comprometerse con que, fuera como fuera, la frontera se mantendría abierta.

De ahí nació el ‘backstop’, por el cual el Ulster quedaría alineado con una serie de normas europeas. Esa palabra, ‘backstop’, acabó derribando el Gobierno de May y propiciando la llegada de Johnson, que acabó cerrando un acuerdo con el primer ministro irlandés para un sistema en el que la Asamblea norirlandesa podría decidir abandonar ese sistema. Ahora ya no sería un ‘backstop’, una red de seguridad en caso de que Londres y Bruselas no fueran capaces de cerrar un acuerdo comercial lo suficientemente ambicioso como para mantener la frontera abierta, sino que se convertía en el 'statu quo'.

El día después

Justo un día después de la votación y un día antes de que el Reino Unido abandone de manera efectiva la Unión Europea, los presidentes de las distintas instituciones, Comisión, Parlamento y Consejo Europeo, se reunirán en la casa de Jean Monnet, uno de los padres fundadores, en la localidad francesa de Bazoches-sur-Guyonne, donde harán, literalmente, un 'retiro' para reflexionar sobre el futuro de Europa.

No tendrán mucho tiempo para reflexionar, porque el futuro de Europa comenzará en las siguientes 24 horas, cuando, a la medianoche del 31 de enero de 2020, el Reino Unido haya salido oficialmente de la Unión Europea.

Durante las siguientes semanas, el lado europeo se afanará por dar un mandato a Michel Barnier, que seguirá siendo el negociador jefe europeo para las relaciones futuras después de haber llevado las riendas del propio divorcio. Con ese mandato, en el que aparecerán las prioridades de los socios europeos, Barnier tendrá que negociar con el lado británico en un ambiente nada sencillo.

Antes de que comiencen siquiera las negociaciones reales ya hay importantes roces, especialmente en lo referido a la pesca, donde la Unión Europea quiere mantener el 'statu quo' para que sus flotas no pierdan acceso a las aguas británicas, algo a lo que Londres se niega, y en el ‘level playing field’, es decir, en el mantenimiento de una serie de estándares mínimos que garanticen que el Reino Unido no genera una competencia desleal, por ejemplo, reduciendo los estándares medioambientales, los derechos laborales o convirtiéndose en un semiparaíso fiscal.

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