LA OTRA HISTORIA DE ALEMANIA

Cómo la caída del Muro de Berlín alimentó a una nueva generación de ultraderechistas

La capital germana celebra este sábado un acontecimiento que cambió la historia de Europa. Pero en la fiesta se cuelan la frustración y el descontento económico de los alemanes del este

Foto: Fragmento del muro de Berlín. (EFE)
Fragmento del muro de Berlín. (EFE)

Georg Pazderski desprecia a la RDA, la antigua Alemania comunista. Durante varios minutos habla de la persecución de disidentes políticos, de las cárceles, de la dictadura de partido único. "La caída del Muro es un gran momento de la historia alemana", dice ante unas 150 personas en la Cámara de Diputados de Berlín, el palacio neorrenacentista prusiano que alberga hoy al parlamento regional de la capital germana. Luego, al comparar aquello con la Alemania actual, Pazderski admite que esta no es igual a la RDA. "Todavía", lo corrige el auditorio. Cuando el siguiente ponente retoma la analogía histórica y pregunta cuál es el régimen que es necesario defenestrar ahora, se vuelven a oír murmullos desde el público: "¡la dictadura de Merkel!".

Pazderski, un oficial retirado del ejército de 68 años, es líder en Berlín de la Alternativa para Alemania (AfD) y uno de los portavoces nacionales del partido populista con tintes xenófobos. La capital conmemora esta semana el trigésimo aniversario de la caída del Muro con una serie de fiestas, intervenciones artísticas y debates públicos y la AfD ha organizado su propio evento. "30 años de Revolución Pacífica. ¿No aprendimos nada?", es el eslogan de la conferencia convocada tres días antes de que se cumplan las tres décadas de aquel histórico 9 de noviembre de 1989.

El partido puede usar las instalaciones de la Cámara regional porque desde 2016 tiene representación parlamentaria en la capital. Los invitados fustigan durante más de cinco horas la extinta dictadura comunista de la RDA y trazan paralelas entre ese Estado y la actual Alemania. Angela Merkel, para ellos, encarna el mal. Y más aún: los seguidores de la AfD se ven a sí mismos como herederos de la lucha contra el autoritarismo.

La AfD, parte de la ola ultraderechista mundial, amenaza en los últimos años el consenso democrático de la próspera Alemania de la posguerra. Fundado en 2013 con el euroescepticismo como bandera, el partido despegó dos años después, gracias a la crisis migratoria en Alemania. La decisión de Angela Merkel de abrir en septiembre de 2015 las fronteras para cientos de miles de refugiados disparó la popularidad de la AfD, un factor galvanizante como la crisis catalana para Vox o el naufragio del 'Rust Belt' estadounidense para el ascenso de Donald Trump.

Stephan Günther. (I. R)
Stephan Günther. (I. R)

Desde entonces, el partido ha roto varias viejas barreras para los ultras en la política germana. La principal, llevar en 2017 al Parlamento Federal a la primera formación de derecha populista desde la época del Tercer Reich. Algunas encuestas ven ahora a la AfD incluso por delante de los socialdemócratas del SPD en las preferencias de cara a las próximas elecciones nacionales.

Disidentes que coquetean con los ultras

Otra característica del fenómeno nacionalista es el arrastre que tiene en los estados de la antigua Alemania oriental. El este vota cada vez más escorado a la extrema derecha.

La estrategia más reciente del partido, por eso, ha sido reivindicar el legado de la llamada "Revolución Pacífica", el movimiento de masas que tumbó al régimen comunista oriental en 1989 con sus protestas no violentas. La AfD acudió a los últimos tres comicios regionales en el este de Alemania con lemas como "Cambio 2.0" o "¡Completen el Cambio!" en alusión a 'Die Wende' —"El Cambio" en alemán—, una poderosa formulación política para referirse a la época de la caída del Muro hace 30 años. Con éxito, porque los ultraderechistas se convirtieron en el segundo partido más votado en los Länder de Brandeburgo, Sajonia y Turingia, y en los dos primeros pareció por momentos cerca de destronar al SPD o a los conservadores de Merkel como primera fuerza.

Para ello han contado incluso con el apoyo de antiguos miembros del movimiento de los derechos civiles en la Alemania comunista. Opositores perseguidos por una dictadura que se ven ahora de nuevo en la disidencia, como Vera Lengsfeld, una conocida activista galardonada en 2008 con la Orden del Mérito de la reunificada República Federal por su lucha contra la dictadura del este.

"El principal asunto que va mal hoy en Alemania es que ya no está garantizada la libertad de opinión", dice Lengsfeld a El Confidencial. "La libertad de opinión figura en la Constitución, pero en la práctica ya no está garantizada para la gente que va contra la corriente", asegura la veterana activista de 67 años, enemiga acérrima de la canciller. "Angela Merkel debe asumir el fracaso total de su política y dimitir", agrega Lengsfeld, que ha cambiado en varias ocasiones sus lealtades políticas: tras la reunificación militó en Los Verdes y hoy sigue siendo miembro de la CDU de Merkel, pese a que su cercanía a la AfD es ya bastante notoria.

Para dar un ejemplo de lo que ese partido califica como una "dictadura de opinión única", la antigua opositora de la RDA cita incidentes como el ocurrido recientemente con el líder de los Liberales, Christian Lindner, a quien le cancelaron una ponencia en la Universidad de Hamburgo debido a protestas de estudiantes. A Bernd Lucke, cofundador de la AfD y en tanto alejado del partido, grupos más radicales le impidieron pronunciar un discurso en la misma casa de estudios.

Lengsfeld no es la única. Casos similares son el de Angelika Barbe, opositora en tiempos de la RDA y hoy simpatizante del movimiento islamófobo Pegida, o el de Siegmar Faust, preso político en la Alemania oriental y ahora cercano a la AfD.

Frustración, desencanto y rabia

Pero el desencanto con la Alemania reunificada no es exclusivo de disidentes politizados, sino que es común en amplios grupos de la población en la antigua RDA. Según un estudio del instituto de demoscopia Allensbach, solo el 42% de los alemanes del este considera a la democracia como la mejor forma de gobierno. Una desconfianza en las instituciones que se transforma en caudal electoral para los antisistema: en las elecciones de Sajonia, por ejemplo, la AfD ganó entre los votantes jóvenes, con un 22% de los apoyos, según el instituto demoscópico Wahlen.

El arraigo de la ultraderecha en los sedimentos de la sociedad oriental es innegable —el diario de izquierdas 'Taz' describía recientemente la presencia de neonazis en el día a día oriental con una contundente analogía con la mafia italiana: todos saben que está ahí, aunque todos lo niegan— y la teoría más extendida para intentar explicarlo apunta a los errores de los últimos 30 años. A las persistentes diferencias económicas entre este y oeste, así como a los traumas grabados en la memoria colectiva de los Ossis, los alemanes orientales, por la arrogancia y la brutalidad con las que los Wessis de occidente engulleron económicamente a los nuevos estados.

Stephan Günther, votante de a pie de la zona este de Berlín, entiende bien esos sentimientos de frustración, descontento y rabia. "Mientras más te alejas de la frontera con la antigua Alemania Occidental, peor está todo", se queja este conserje de un jardín de infancia por la falta de perspectivas, la despoblación y la alta tasa de paro.

Tres décadas atrás, a sus 27 años, Günther fue uno de los miles de ciudadanos del este que cruzaron eufóricos el paso fronterizo de la Sonnenallee, en el sur de la ciudad, en la noche en la que el Muro de Berlín pasó a ser historia, después de que el funcionario comunista Günter Schabowski anunciara por error la apertura inmediata de la frontera. Junto con un amigo llegaron hasta la famosa avenida comercial Kurfürstendamm, entonces en el corazón de Berlín del oeste, y bebieron champán con desconocidos hasta la madrugada.

Merkel pide respeto para el este

Hoy ya no cree en los "campos florecientes" que prometía el entonces canciller Helmut Kohl para el este de Alemania. "Aparte de la libertad para viajar, para mí no quedó nada", sentencia. Günther no confía en la AfD, pero entiende que muchos de sus compatriotas orientales sí lo hagan. "En este país uno no puede decir todas las cosas que piensa, porque es catalogado de nazi", dice. De Angela Merkel tiene buena opinión, aunque en el pasado solía votar por los socialdemócratas. Ahora se ve huérfano de opción política.

La canciller, usualmente reacia a las palabras claras y directas, habló hace unos días sin tapujos para pedir mayor respeto para las biografías del este. "La Revolución Pacífica y el 9 de noviembre fueron obra de los ciudadanos de la RDA. Podemos compartir ese mérito y esa alegría, pero los que lo consiguieron, y con mucho coraje, fueron los ciudadanos de la RDA", dijo Merkel, ella misma nacida y criada en el lado oriental, en una entrevista con la revista Der Spiegel. "Y como sé que en Occidente no había solo tipitos valientes (...), podríamos reconocer más ese mérito"."

En los señoriales recintos de la Cámara de Diputados de Berlín, la AfD prefiere valorar otras cosas. "En las tres últimas elecciones regionales quedó claro cómo piensan los alemanes del este", celebra Pazderski. El mandamás berlinés del partido sabe que, por ahora, muchos de los hijos de la Revolución Pacífica están votando por los ultras.

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