LA UE, FRACTURADA Y SIN POSTURA COMÚN

Pekín se compra Europa: la billetera china enfrenta al eje francoalemán vs. la periferia

Ya no se trata solo de salvaguardar el multimillonario comercio bilateral con Pekín, sino de pactar una posición común sobre si abrir o no las puertas a la inversión china

Foto: Li Keqiang, 'premier' chino. (Reuters)
Li Keqiang, 'premier' chino. (Reuters)

A comienzos de los ochenta, apenas se vendían 10.000 dólares de burdeos al año en China. Cuatro décadas después, el gigante asiático es el principal comprador mundial del caldo francés de referencia con una factura anual que supera los 300 millones de dólares. Pero la influencia de Pekín no se ha limitado a disparar las exportaciones un 3.000.000%.

En la última década, empresarios chinos han acaparado las compras de ‘châteaux’ y ya poseen aproximadamente el 3% de los 6.000 que hay en la simbólica región gala. Algunos vecinos de la zona se lamentan de cómo los terruños han ido perdiendo sus grandilocuentes nombres centenarios por otros más afines a la cultura de los nuevos propietarios, como Conejo Imperial o Antílope Tibetano.

“Cuando compré el Château Haut-Brisson, en 1997, no tenía idea de que 15 años más tarde tendría tantos vecinos chinos”, resumía el magnate chino Peter Kwok, quien fue pionero en la compra de viñas en el sur de Francia —ya posee siete—, sobre la proliferación de compatriotas en lo que considera su segundo hogar.

El caso del burdeos es un ejemplo de lo que está en juego en las relaciones de Europa con Pekín, un socio políticamente incómodo pero comercialmente inevitable. Ya no se trata solo de salvaguardar el multimillonario comercio bilateral, sino de pactar una posición común sobre si abrir o no las puertas a la inversión china. Una decisión estratégica que está generando una fuerte tensión en el seno de la Unión Europea.

'Establishment' vs. periferia

La manera de negociar con Pekín será uno de los dilemas centrales que afrontará Europa en los próximos años. Los partidarios del eje franco-alemán presionan en Bruselas, mientras advierten de que los pactos bilaterales con China dejan a los países en una relación totalmente desigual.

Pero los países periféricos como Italia, Grecia, Portugal o los del eje de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa, Eslovaquia) desconfían de negociar 'de manera común', ya que consideran que al final se acaban imponiendo los intereses de los Estados más fuertes, como Alemania o Francia, principales beneficiarios del actual estado de la relación.

“Hay una división clara de la UE en dos bloques, el ‘establishment’ y el ‘antiestablishment’. El eje francoalemán busca reforzar el bloque occidental frente a actores emergentes como Rusia o China. En cambio, hay países de la periferia europea que quieren buscar en Pekín un punto de apoyo. El Reino Unido del Brexit es posible que haga algo similar”, afirma Alberto Lebrón, investigador económico en la Universidad de Pekín.

China y la Unión Europea llevan desarrollando sus lazos económicos durante décadas. La UE se ha convertido en el mayor socio comercial de China —por delante de Estados Unidos—, mientras que China es el segundo mayor socio comercial de la Unión Europea. En 2017, los países miembros exportaron a China por valor de 198.000 millones de euros, e importaron de la potencia asiática por valor de 375.000 millones de euros, según datos de la UE.

Alemania lidera de largo las ventas europeas a la potencia asiática, seguida de Países Bajos, el Reino Unido, Francia e Italia, el único país de la 'periferia' en las primeras posiciones, según datos de Eurostat de 2018. ¿Por qué entonces los países del norte, que son los que más se han beneficiado del auge del mercado chino, buscan ahora frenar la relación?

Que vienen los chinos

El cambio clave de panorama se produjo en 2014, cuando por primera vez los flujos de inversión china en Europa superaron el flujo inverso. Sin embargo, esto llevaba un lustro cocinándose.

Durante la última década, China ha venido ejecutando una serie de compras de empresas e infraestructuras, algunas de las cuales la UE considera 'estratégicas': desde puertos como el del Pireo en Grecia o terminales en los de Valencia y Bilbao, hasta compañías de robótica como la alemana Kuka, pasando por activos inmobiliarios en la City londinense, equipos de fútbol italianos, pesticidas suizos, automotrices suecas o proyectos turísticos franceses.

Las banderas de China y Grecia. (Reuters)
Las banderas de China y Grecia. (Reuters)

La inversión directa de China en activos, incluyendo fusiones, adquisiciones y nuevas inversiones, ascendió a 318.000 millones de dólares en los últimos 10 años, según una compilación de datos realizada por la agencia Bloomberg —un 45% más que Estados Unidos en el mismo periodo—, con entrada de capital chino en más de 350 compañías europeas.

Actualmente, un tercio de los activos totales de la UE está en manos de compañías no europeas, según un informe de la Comisión Europea publicado en marzo. De estas, un 9,5% tiene su sede en China, Hong Kong o Macao, casi cuatro veces más que en 2007. Mientras, la influencia de socios históricos como EEUU y Canadá decae. Ambos países controlan un 30% de las empresas —según datos de 2016—, lejos del 42% que marcaron hace 10 años.

La inversión extranjera directa (IED) china en la Unión Europea se multiplicó casi por 50 en ocho años y llegó a tocar máximos históricos de 35.000 millones de euros en 2016, según cálculos de las consultoras Merics y Rhodium Group. Esto supone cuatro veces más que los 8.000 millones de euros que la UE invirtió en China ese mismo año. Y aunque los índices de inversión china en la Unión Europea han bajado en los últimos dos ejercicios —concentrados en Reino Unido, Alemania y Francia—, el debate sobre si restringir o facilitar estas inversiones está lejos de cerrarse.

En este sentido, la UE aprobó recientemente un mecanismo de supervisión de inversiones extranjeras que parece ideado para el caso chino. Este sistema obliga a los Estados a facilitar información tanto a la Comisión Europea como a otros gobiernos de la UE sobre cualquier inversión que afecte “a la seguridad y al orden público”. Esta estrategia no puede paralizar una inversión, ya que el país receptor tiene la última palabra. Pero sí sirve para llamar la atención si existe una inversión que es vista desde fuera con recelo.

“Hay un reconocimiento de todos los países de que la inversión china puede conllevar riesgos”, considera Helena Legarda, investigadora del 'think tank' alemán Merics. La analista no cree que este mecanismo responda a políticas “más proteccionistas” o que Alemania o Francia "sean más proteccionistas", sino que “se han dado cuenta de que hay muchos desafíos y riesgos que acompañan a la inversión y a la mayor presencia de China en Europa, y están prestando más atención que otros países”.

El factor Von der Leyen

Otros expertos son más escépticos sobre los motivos del eje franco-alemán y creen que su estrategia pasa por ralentizar la entrada de un contrincante económico como es China (Pekín, por ejemplo, es un competidor directo de la industria robótica alemana). En este sentido, también se ve con suspicacia que París y Berlín apuesten por la creación de grandes oligopolios, como la fallida fusión que se propuso entre Siemens y Alstom, con el argumento de que esta es la única manera de competir contra las gigantescas empresas estatales chinas que llegan a Europa.

Para Alicia García-Herrero, economista jefa para Asia en Natixis e investigadora en el ‘think tank’ Bruegel, la relación entre China y Alemania es clave para entender esta división europea y cómo la posición de Berlín viene endureciéndose desde hace tiempo.

“Cada vez más existen dos bloques en Europa. China es muy consciente de que ya no ofrece las mismas ganancias a Alemania, que está perdiendo un número importante de empresas de alta tecnología al ser adquiridas por China. Pekín está intentando poner a Francia de su lado y aislar a Alemania lo más posible”, considera la analista.

La cuestión china ha subido en las agendas domésticas de los países miembro, mostrando las costuras de la débil posición común sobre China. Por eso, la elección de la exministra de Defensa alemana Ursula von der Leyen para el puesto con más poder de la UE es significativa también en este frente. Su llegada a la presidencia de la Comisión muestra un refuerzo del eje franco-alemán, donde se prioriza en política exterior la relación con Estados Unidos frente al acercamiento a China.

La propia Von der Leyen habló en una entrevista en 'Die Zeit' sobre los supuestos peligros que supone China, cómo habían sido “subestimados” por buena parte de los políticos y cómo debería ser tratada de manera similar a Rusia. Además, criticó el sistema de crédito social de este país y dijo que en los ciudadanos chinos latía un deseo de “libertad”.

El impacto de la Nueva Ruta de la Seda

La periferia europea, por su parte, se ha mostrado más receptiva a la llamada china. Países como Grecia, Portugal o Italia se han sumado a la Nueva Ruta de la Seda, el megaproyecto de infraestructuras e influencia mundial ideado por Pekín. Esto ha generado reproches entre los aliados.

"Hasta la fecha, Europa ha sido errática en sus negociaciones con China. Varios Estados han estado ansiososo por meterse en la cama con Pekín y subastar nuestros valores democráticos por la promesa de impulsar las inversiones. Han cerrado los ojos ante los abusos de Pekín contra los derechos humanos en su país y su belicosidad contra su vecindario", escribió Anders Fogh Rasmussen, ex primer ministro de Dinamarca (2001-2009) y ex secretario general de la OTAN (2009-2014), en una columna en 'The Guardian'.

Varios Estados han estado ansiosos por meterse en la cama con Pekín y subastar nuestros valores democráticos por la promesa de impulsar las inversiones

Pero el dinero chino no apunta solo a impulsar las cuentas macro de estos países, sino a aumentar su peso geopolítico y estratégico en una Europa donde el poder está desigualmente repartido. El proyecto de inversiones de Pekín en puertos del Mediterráneo ha puesto sobre la mesa un posible cambio en la hegemonía marítima, y que los grandes enclaves del norte de Europa pierdan relevancia ante el auge de los puertos del sur.

Y esto está teniendo efecto político. El presidente checo, Milos Zeman, llamó a su país "el portaviones indestructible" de China en Europa. En 2017, Grecia logró evitar críticas de la Unión Europea al récord de violaciones de derechos humanos de China en un foro de Naciones Unidas. Y Hungría frustró los intentos de la UE de respaldar una sentencia contra los reclamos territoriales de Pekín en el mar del Sur de China.

En Europa del Este, Europa central y los Balcanes, China ha promovido el llamado Foro 17+1, un encuentro anual en el que 17 países de estas regiones pueden negociar bilateralmente con Pekín. Entre estos Estados, hay tanto miembros de la UE como de la OTAN, lo que ha generado recelos en Washington y también en Bruselas, que ve este foro como una estrategia para dividir más la política exterior europea hacia China.

Feria de negocios china en Florencia, Italia. (EFE)
Feria de negocios china en Florencia, Italia. (EFE)

Y España, ¿qué opina de esto?

El caso español rompe un poco los esquemas de esta división frente a China que reina en Europa y, pese a ser un país de la periferia, apuesta por el eje franco-alemán. “España es el único país del sur de Europa que ha seguido la línea más dura hacia China, no como Portugal o Grecia”, apunta Alicia García-Herrero.

Pero en España apenas se trata el tema de China en declaraciones o informes públicos. La postura del Gobierno español no es clara y, además, no parece que haya una estrategia unívoca y a largo plazo para gestionar la relación con China.

“El Ministerio español de Asuntos Exteriores lo tiene claro: la política exterior de España hacia China debe delegarse a la UE, al eje franco-alemán, al que España está adherido”, opina Alberto Lebrón. “Pero creo que en otros ministerios como Industria, Comercio o incluso Defensa puede haber sensibilidades distintas: pueden estar planteándose que a España le podría interesar unirse a la Nueva Ruta de la Seda china”.

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