EL JUICIO DEL SIGLO EN HOLANDA

El inesperado fin del secuestrador de Mr Heineken: un capo traicionado por su familia

Sus propias hermanas lo pusieron en manos de la justicia por ordenar el asesinato del marido de una de ellas, también mejor amigo de la infancia para Holleeder

Foto: El holandés Willem Holleerder en 2014. (Reuters)
El holandés Willem Holleerder en 2014. (Reuters)

Ha sido bautizado como el juicio del siglo en Holanda. Uno de los más mediáticos de la historia del país y con un solo protagonista: Willem Holleeder. Este holandés -con 61 años manchados por una carrera criminal que inició en su juventud- saltó a la fama tras liderar en 1983 el secuestro del empresario Freddy Heineken, presidente de la célebre cervecería neerlandesa. Bautizado como un 'topcriminelen' por la prensa, ha sido condenado a cadena perpetua por cinco asesinatos gracias al testimonio de sus hermanas. Pero su familia teme que ni aún las rejas puedan contenerlo.

Apodado "El narizón", Holleeder fue detenido en diciembre de 2014 en un espectabular operativo policial que incluyó a cientos de agentes y militares. Era sospechoso de extorsionar al expresidente del club “Los Ángeles del Infierno Holanda”. Al año siguiente, mientras esperaba el juicio en libertad, se empezó a conocer que estaba detrás de varios asesinatos de sus propios socios criminales. El soplo vino de la forma más inesperada.

Su hermana Astrid, una abogada criminal con la que se llevaba relativamente bien, se ofreció a ayudarle con el juicio por extorsión. Ella temía que si se negaba y le daba la espalda podría ordenar su asesinato. Pero en sus múltiples visitas a prisión lo grabó en secreto mientras él confesaba los crímenes cometidos y después entregó las grabaciones a la policía. Ahí pasó a formar parte del programa de testigos protegidos, al igual que su hermana Sonja, quien le guardaba rencor por estar detrás del asesinato de su marido.

Asesinatos desde prisión

“No soy ningún psicólogo o psiquiatra, no llevo bata blanca, pero la conozco desde que ha nacido. Siempre se ha pensado que alguien la está siguiendo y nunca había nadie. Es una paranoica. Un día me dijo que se había comprado un arma, que la tiene guardada debajo de su almohada porque temía que alguien le hiciera algo", se defendió Holleeder durante la última sesión de su juicio hace tres meses, mientras esperaba de sentencia. "Astrid siempre ha tenido miedo. Y ahora está mintiendo en todo y solo es por dinero”, aseguró.

Explicó entonces que los asesinados “tenían muchos enemigos” y que era cuestión de tiempo que alguien los mandara matar. “No estoy detrás de eso. No he dado una orden ni pagado a nadie. Puedo repetir todo de nuevo, pero no os voy a aburrir con eso”, le dijo al juez y a los fiscales presentes en la sala.

Sin embargo, Astrid tenía claro que su hermano era culpable. Tanto que Holleeder ordenó desde prisión el asesinato de sus hermanas y el de un periodista, según contaron reclusos a la Policía. Desde entonces, Astrid, su hermana Sonja y Sandra -exnovia de este criminal convicto y testigo en el juicio- llevan una vida en la clandestinidad, cambiándose de casa cada cierto tiempo.

“Llevo una mala vida. Lo perdí todo. Cuando mi hija me dijo que iba a contratar a una cuidadora para cuidar de mi nieto, tuve que luchar contra una fuerte depresión. Mi nieto me dijo una vez: “Abuela, fui con el colegio a una librería y vi tu libro en venta. Pero no dije nada a nadie porque es un secreto que tú seas mi abuela, ¿Verdad?”, recordó en una reciente entrevista Astrid, quien ha publicado dos libros -'Judas' y Diario de una testigo'- relatando su experiencia. El 5 de julio, publica su tercer libro: “Secretos familiares”, el final de una trilogía trágica rodeada de culpa, miedo y traición.

El secuestro de Mr. Heineken

La vida de Holleeder es de película. Pasó de liderar a principios de los ochenta una pequeña y desconocida pandilla con un puñado de amigos del instituto, que se dedicaba a cometer delitos menores, a encabezar un pequeño imperio criminal cuyos miembros afrontaron acusaciones de extorsión, amenaza, lavado de dinero y participación en una organización criminal presuntamente culpable de varios asesinatos.

Su notoriedad llegó en 1983, cuando el grupo criminal se lanzó a secuestrar a uno de los hombres más ricos de Holanda, el magnate cervecero Freddy Heineken, y a su chófer. Heineken había despedido al padre de Willem tras trabajar en la fábrica de cervezas durante años a causa de su alcoholismo. Fue un secuestro dramático que copó todos los periódicos.

En 2015, se filtró información sobre el caso que apuntaba a que los planes iniciales de la banda eran secuestrar al príncipe Bernardo, marido de la reina

Pidieron 35 millones de florines para dejarlo en libertad y, a pesar de que la policía había aconsejado no ceder, la familia de Freddy Heineken pagó lo que entonces equivalía a 16 millones de euros. Fue una operación que hizo de oro a los secuestradores, entre los que también estaba Cor van Hout, amigo íntimo de colegio y quien se convertiría años después en su cuñado. Sin embargo, habían dejado huellas del crimen por todas partes, lo que permitió rastrearlos, detenerlos y condenarlos.

En 2015, se filtró información sobre el caso que apuntaba a que los planes iniciales de la banda eran secuestrar al príncipe Bernardo, marido de la reina Juliana de los Países Bajos. Pero “como eso fue imposible”, optaron por el dueño de Heineken, según declaraciones policiales. Un antiguo asociado y víctima de Holleeder -Thomas van der Bijl, asesinado en su bar en Ámsterdam en abril de 2006- confirmó esa información a las autoridades.

Imperio de la extorsión

La mayor parte de los millones pagados por el rescate nunca aparecieron. Las autoridades creen que ese dinero le sirvió al grupo para construir un “imperio de la extorsión” desde los noventa, formado por al menos 24 personas. Tras pasar once años entre rejas, Holleeder emergió de prisión como un líder criminal de alto perfil y uno de los hombres más temidos del país.

A medida que su círculo criminal se hacía más fuerte, Holleeder se deshacía de sus socios más cercanos, los que formaban aquella pandilla de chavales de los ochenta. El primero fue su mejor amigo de colegio, Cor van Hout, a quien ordenó matar en 2003 a pesar de haberse convertido años antes en el marido de su hermana Sonja. En ese ataque, también murió por error otro de sus socios, Robert ter Haak, aunque la bala no iba destinada a él. Este es su único homicidio no premeditado. En 2005, otro amigo y exasociado, John Mieremet, fue asesinado por un disparo en Tailandia.

En 2007, volvió a ser condenado a nueve años a prisión por varios cargos de extorsión contra el conocido empresario Willem Endstra, quien lo acusó de estar involucrado en al menos 25 asesinatos. Ambos compartían un negocio de lavado de dinero, pero algo se torció en la relación, se pelearon y Holleeder ordenó su liquidación. Fue asesinado a tiros cerca de su oficina en 2004.

El juicio, tan polémico como el que acaba de llegar a su fin, tenía de testigo al abogado Bram Zeegers, quien aseguró que Holleeder había estado extorsionando con millones de euros en juego a Endstra entre 2000 y 2004. Una semana después de dar su testimonio, el letrado fue hallado muerto por una sobredosis de drogas.

Secretos familiares

Holleeder, quien volvió a pisar la calle en enero de 2012, cumpliendo dos tercios de la sentencia y volviendo a las andadas. Lo primero que hizo al pisar la calle fue aparecer en el programa de televisión holandés College Tour y grabó un disco con un rapero, que tituló Willem is terugen (“Willem está de vuelta”, en neerlandés). Se convirtió en una especie de “héroe admirado” que incluso tenía su propia columna semanal en una revista holandesa.

En 2013, fue cofundador de un club de motos No Surrender, un grupo ilegalizado este mes de junio por la Justicia holandesa y que, en 2014, saltó a la fama tras enviar a tres de sus miembros a luchar con las fuerzas kurdas en Siria e Irak contra los terroristas del Estado Islámico.

“Hay una campaña mediática sin precedentes de mis hermanas en mi contra. Pero ahora ya estoy condenado. Solo puedo decir que yo tenía razón en todo”, afirmó en una declaración manuscrita repartida por su abogado a los medios, en la que aseguró estar muy decepcionado con la sentencia y que recurrirá la cadena perpetua ante el Tribunal Supremo.

Sus hermanas tienen miedo. Sonja está bajo tratamiento psiquiátrico con antidepresivos y sufre ansiedad por miedo a que cualquier día sea el último. Su hermano parece mantener contactos con el exterior y tienen claro que se vengará de ellas por traicionarle y contar la verdad. Ellas no se han pronunciado hoy sobre la sentencia, pero temen a su hermano incluso desde prisión. Su vida está condenada a ser una de clandestinidad y secretos.

Europa
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
2 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios