LOS DEBATES SE ESFUMAN MUY RÁPIDO

La izquierda radical nos va a comer y otros temas de los que ya nadie habla en Europa

Hace solo cinco años algunos asuntos nos parecían claves y urgentes. Sin embargo, hoy ya nadie se acuerda de ellos ni los menciona

Foto: Juan Carlos Monedero, Pablo Iglesias y Alexis Tsipras en 2014. (Reuters)
Juan Carlos Monedero, Pablo Iglesias y Alexis Tsipras en 2014. (Reuters)

Los temas de conversación de la política europea cambian a una velocidad mayor de lo que a veces sugiere la lenta maquinaria burocrática de la UE. Algunos asuntos que hace solo cinco años parecían clave hoy se han resuelto gracias a la inercia, el cansancio o el peso de los hechos. Aquí recopilo algunos de los que han protagonizado la última legislatura europea; en la nueva, que se inicia la semana que viene, apenas se hablará de ellos.

¿Acabamos con el inglés tras el Brexit?

Tradicionalmente, las tres lenguas de la Unión Europea han sido el francés, el alemán y el inglés. Había razones históricas, demográficas y culturales para que fuera así. La primera fue la lengua de la diplomacia durante siglos, la segunda es la del país más poblado de la UE y la tercera se ha ido convirtiendo en una lengua global mal hablada; lo que el periodista Simon Kuper llama "globish": una koiné que todos chapurreamos aunque en realidad no sea exactamente lo mismo que se habla en Manchester o Cleveland.

El Brexit, pensaron muchos, sería la ocasión ideal para volver a dar preeminencia a las dos primeras y revertir la situación actual, en la que el 80 por ciento de los documentos de la UE se redactan en inglés. No será así. Por si la burocracia de la UE fuera poco, los grandes medios que informan sobre Europa como un todo son en inglés; dos de ellos británicos, el 'Financial Times' (aunque ahora sus propietarios son japoneses) y el 'Economist' (cuyos propietarios son italianos); el tercero, politico.eu, es de origen estadounidense y tiene capital estadounidense y alemán, aunque su sede esté en Bruselas. El inglés es la lengua europea y tiene aún más sentido que sea así tras el Brexit. Toda resistencia es inútil.

¿Acabará la izquierda radical con todo?

Muchos pensaron que sí durante dos años que se hicieron eternos, 2014 y 2015. Syriza llegó al poder en Grecia con la amenaza de implantar un programa radical, muy a la izquierda de la socialdemocracia actual. Podemos entró en el Parlamento europeo, y luego en el Parlamento español, afirmando que iba a hacer lo mismo que Syriza en Grecia, para empezar, superar al partido socialista tradicional. En algún momento, hasta el Movimiento 5 Estrellas italiano pareció de izquierda radical. Como sin duda lo fue el Partido Socialista francés posterior a François Hollande, con Hamon al frente.

Hoy en día, el fantasma de la izquierda radical, que recorrió Europa, no es más que un recuerdo que lucha para no desaparecer o trata de reconvertirse en una socialdemocracia 'light' con énfasis verde y feminista. La hermandad con Venezuela, la reivindicación de la figura histórica de Lenin o la vindicación constante de Gramsci han dado paso al Green New Deal -un plan no muy definido para reactivar la economía con políticas keynesianas que, al mismo tiempo, da prioridad al ecologismo-, la retórica antifascista y un bienvenido interés por la desigualdad. Los que ahora dan miedo son otros.

Hay que salir de la UE

Es probable que el Brexit, la salida de Reino Unido de la UE, se produzca en octubre de este año. Es la última fecha pactada por Theresa May, que en julio dejará de ser primera ministra, y Jean-Claude Juncker, que en octubre abandonará su cargo de presidente de la Comisión Europea. Pero esa fecha es fruto de dos retrasos previos: durante dos años se pensó que el Brexit se produciría en marzo de este año, luego se prorrogó hasta abril. Los candidatos que aspiran a suceder a May afirman que será, efectivamente, en octubre, pero resulta difícil creerles vistos los precedentes.

En los últimos años, además de hablar frenéticamente del Brexit, hemos discutido sobre el Grexit -la posibilidad de que Grecia abandonara la UE como consecuencia de su abultada deuda-, el Frexit -el proyecto de sacar a Francia de la UE al que Marine Le Pen solo ha renunciado este año-, y hasta del Catexit -la posibilidad de que, en la hipótesis remota de que Cataluña obtuviera la independencia, quedara fuera de la UE y debiera pedir su ingreso de nuevo-. Hoy nadie habla de salir de la Unión. Ni siquiera Italia. Italexit supondría un drama y, de momento, es solo un arma retórica que los italianos utilizan para poner nerviosos a los demás.

El euro acabará por romperse

El euro tiene muchos problemas. El más repetido durante la última década es que una unión monetaria sin unión fiscal es un frankenstein condenado a tropezar. Y lo cierto es que los intentos de reformar el euro, mediante la creación de esa unión fiscal, o de diseñar sistemas para gestionar futuras crisis financieras, han salido mal. Eso, a pesar de que el “informe de los cinco presidentes”, firmado en 2015 por Juncker, Tusk, Dijsselbloem, Draghi y Shulz tenía objetivos ambiciosos, o precisamente por ello (dos ya no ocupan su puesto, los demás no lo ocuparán dentro de seis meses). En todo caso, ya nadie duda de la supervivencia del euro. Ningún país de la eurozona se plantea seriamente abandonarlo.

Es cierto que Italia ha insinuado que podría crear una moneda paralela. Con ella, el gobierno pagaría a sus proveedores en bonos de bajo valor (no más de cien euros) que a su vez podrían ser utilizados para pagar impuestos o servicios públicos, algo así como una segunda moneda que podría convertirse en la principal si la Liga cumpliera su propósito de sacar al país del euro, algo que la mayoría de los italianos no quiere.

Pero es probable que sea la clase de noticia a la que los periodistas prestamos mucha atención a pesar de su escasa viabilidad. Si en los dólares estadounidenses se puede leer una frase que parece asegurar para siempre su existencia, “In God we Trust”, haríamos bien, en adelante, en imprimir en los billetes de euro las tres palabras que hacen que ya pocos duden de él: “Whatever it takes”. Así, en inglés.

Europa

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