PUBLICA EL LIBRO 'QUERIDO HIJO'

Buen viaje, Trip: cuando el periodista debe escribir sobre la muerte de su propio hijo

“Lo último que esperas como padre es perder un hijo. Lo último que esperas como periodista es tener que narrar una muerte tan cercana que te desgarra”, asegura el periodista Carlos Fresneda

Foto: Carlos Fresneda con su libro 'Querido hijo'. (Daniel Ferreres)
Carlos Fresneda con su libro 'Querido hijo'. (Daniel Ferreres)

“Tres muertos al ser arrollados por un tren en Brixton”. Cuando Carlos Fresneda, corresponsal en Londres de 'El Mundo', recibió la noticia aquella mañana del 18 de junio de 2018 pensó que se trataba tan sólo de un “suceso local”. No vio necesario avisar al periódico hasta que no se supieran más datos.

Pero por la tarde llamaron al portero automático de su casa. Era Karen, su vecina, acompañada por dos agentes de la British Transport Police. Intentaron suavizar el anuncio, pero no había vuelta de hoja: “Sentimos decirle que hemos identificado a su hijo como uno de los tres muertos en la estación de Loughborough Junction”.

Un puño te atraviesa de repente la tripa y te arranca de cuajo las entrañas… todo tan rápido y tan doloroso…

La noche anterior, Alberto, que acababa de cumplir 19 años, había salido a pintar grafitis con dos amigos, Harry y Jack. Saltaron una valla en Ferndale Road. Pintaron sobre la marcha en el puente de Barrington Road y caminaron por las vías sin saber que venía un tren de frente. Intentaron esconderse junto a una pared, pero fueron golpeados. Fallecieron inmediatamente sobre las 1.15 de la madrugada. El conductor no se percató de su presencia.

“Lo último que esperas como padre es perder prematuramente un hijo. Lo último que esperas como periodista es tener que narrar una muerte tan cercana que te desgarra en cada línea”, asegura Carlos.

Al día siguiente de saber que el mediano de sus tres hijos había fallecido, acudió a una rueda de prensa sobre cómo el Brexit podría afectar a Irlanda del Norte. Llegó incluso a plantear alguna pregunta. “Era todo tan abrumador que necesitaba tener la mente todo el rato ocupada. En aquel momento no lo veía como una huida, pero echando ahora la vista atrás sí creo que pude actuar como si no pasara nada”, explica a El Confidencial. “Lloré tanto la muerte de mi padre que me quedé sin lágrimas para llorar la muerte de mi hijo”, añade.

El viaje compartido con su hijo

Ha pasado casi un año y Carlos sigue sin poder llorar. Pero encontró en la escritura, su “terapia personal para exteriorizar el dolor”. O más bien en el “escrivivir”. “Se escribe como se vive, o a eso se aspira”, matiza. El periodista publica ahora 'Querido hijo' (Ed: La Esfera de los Libros). “El libro arrancó como una celebración de su vida, pero poco a poco fue convirtiéndose en un viaje compartido o un “road trip”, haciendo honor a su propio tag”, señala. (Alberto firmaba como Trip).

Más allá de una larga carta a Alberto escrita a mano y por las noches, tras las exhaustas jornadas de la cobertura del Brexit, el libro contiene pequeñas reflexiones sobre las relaciones padre-hijo, la adolescencia – “que golpea como una ola traicionera y arrambla con todo lo que sale a su paso”- y el duelo.

“Lo más desgarrador es el silencio. Creo que va siendo hora de quitarle el velo del silencio a la muerte. Ese es al fin y al cabo el mensaje entre líneas de este libro”, apunta. “Te acabas convirtiendo en una especie de monstruo al que la gente quiere evitar por no saber muy bien cómo afrontar la situación. Pero te mata ese tabú, que quieran esconder sus fotografías, que no se pronuncie su nombre”, explica.

Aunque el mismo tiempo, Carlos reconoce que él mismo estuvo al “otro lado” y que precisamente pensando que podría hacer daño dio un paso atrás. Le pasó precisamente días antes del accidente de Alberto, en el funeral que se celebró en Londres de Ignacio Echeverría, el “héroe del monopatín”, que perdió su vida intentando salvar la de desconocidos en el atentado de Londres de 2017. “No tuve valor para acercarme a hablar con los padres, precisamente porque no quería molestarles, sobre todo siendo periodista”, explica.

Luego sí tuvo la oportunidad de charlar con ellos. Y las conversaciones forman parte del viaje que también compartió con los padres de Jaime y Kike (Molas y Goma) -dos grafiteros españoles que también murieron en las vías del tren en Oporto-; con Laura Castaño, la hermana de su cuñada, que perdió su hijo cuando tenía cinco años; con Antonia, la madre de Julio Anguita, con quien tenían una estrechísima relación. De hecho el hijo pequeño de Carlos y su esposa Isabel se llama precisamente Julio por el corresponsal alcanzado por un misil en Bagdad.

En definitiva, son alrededor de quince “huérfilos” -término explicado en uno de los capítulos- los que acompañan al periodista en esta travesía. “En todas las familias hay un drama más o menos oculto”, matiza.

'Querido hijo', de Carlos Fresneda. (Ed: La Esfera de los Libros)
'Querido hijo', de Carlos Fresneda. (Ed: La Esfera de los Libros)

Por otra parte, el libro aborda el mundo del grafiti. Cuando la noticia del accidente saltó a los medios británicos, en las redes sociales hubo comentarios de todo tipo: les llamaron “vándalos”, “delincuentes”, “terroristas urbanos”…

El propio Carlos llegó a recibió comentarios aislados como “estás explotando la muerte de tu hijo” o “no puedes convertirle en un mártir o en un héroe”. “Nada más lejos de mi intención”, señala el periodista. “Desde que ocurrió el accidente, no he dejado de lanzar a la menor oportunidad el mensaje: «Mantened viva vuestra pasión, pero no os juguéis la vida»”.

Rafael Schacter, antropólogo del University College de Londres y autor del 'Atlas Mundial del Arte Callejero' y de 'De la calle a estudio', le explicó a Carlos que el grafiti “había salvado seguramente muchas más vidas que las que se ha cobrado”.

El antropólogo recuerda como el “grafiti moderno” es un fenómeno global y lleva 50 años marcando la senda del arte. De Basquiat a Bansky, de Keith Haring a Barry McGee, los artistas con más renombre de las últimas décadas empezaron en la calle.

Tras el accidente de su hijo, la curiosidad que Carlos siempre sintió por el grafiti dejó de hecho paso a una constante ambivalencia. “No he dejado de preguntarme qué es lo que impulsa a los chavales a jugarse la piel encaramados a un puente, subidos a una cornisa o tentando a un tren en marcha”, relata.

El riesgo de ser grafitero

Carlos, el hijo de Alberto.
Carlos, el hijo de Alberto.

“Es muy fácil llamarles vándalos, delincuentes o terroristas urbanos, y ponerse del lado del brazo duro de la ley, y desearles lo peor de lo peor, y creer que reciben un justo castigo cuando les golpea un tren. Lo difícil es admitir que se trata de un asunto mucho más cercano de los que estamos dispuestos a admitir. Que los hijos adolescentes de algunos de nuestros mejores amigos llevan una doble vida como grafiteros. Que muchos no saben interpretar las señales o no son conscientes de los riesgos, y lo último que piensan es que su hijo juega a hacer el funambulista sobre las vías del tren”, matiza.

Los grafiteros se llaman entre ellos “escritores”, y su máximo afán es dejar constancia de su paso por la ciudad. Con esa idea empezó Carlos escribir el libro: “para dejar constancia del paso de Alberto por la vida, pese a ese conflicto interior (aún no resuelto) sobre la manera en que murió y todo lo que pude hacer como padre para haberlo evitado”.

Carlos promete a su hijo seguir “escriviviendo” con todo lo que le ha enseñado en estos meses tan intensos. Al fin y al cabo, Alberto también fue un escritor a su manera…

Buen viaje, Trip.

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