"es voluntad de Dios. No hay más explicacion"

París enmudece obsesionada con una pregunta: "¿Cómo pudo arder Notre-Dame?"

“Notre-Dame es nuestra historia, nuestra literatura… Es el epicentro de nuestras vidas, el patrón de donde parten nuestras distancias”

Foto: Los bomberos intentan sofocar las llamas en el exterior de Notre-Dame. (B.Moser@BSPP)
Los bomberos intentan sofocar las llamas en el exterior de Notre-Dame. (B.Moser@BSPP)

El ambiente es de enorme tristeza. Los viandantes deambulan, atrapados todos por un mismo punto fijo: Notre-Dame. Notre-Dame es hoy un esqueleto, un cuerpo desmembrado. París continúa conteniendo la respiración, parpadeando con insistencia, como si en un abrir y cerrar de ojos la catedral fuera a recuperar sus exuberantes formas. No se trata de un mal sueño, ni una ilusión ni un espejismo: Notre-Dame fue devorada, durante nueve largas horas, por las llamas. El martes por la mañana no quedaba rastro de humareda, ni de las rojizas llamas que silenciaron a una multitud desolada ante una tragedia que pasará a la historia: la catedral de Victor Hugo ha quedado despojada de su techumbre, de su aguja afilada, la misma que se desplomó ante la mirada del mundo entero.

París enmudece obsesionada con una pregunta: "¿Cómo pudo arder Notre-Dame?"

“Notre-Dame es nuestra historia, nuestra literatura… Es el epicentro de nuestras vidas, el patrón de donde parten nuestras distancias”, con estas palabras, Emmanuel Macron describía, a las puertas del templo cercado todavía por un incendio desprovisto de toda misericordia, el valor de tal alegoría artística. Escogió con atención sus palabras, las mismas que no bastan para describir el valor de un emblema religioso, cultural y social; el amor por un vestigio que recordaba la grandeza del pasado, adaptándose sutilmente al tumultuoso presente.

Hoy la pregunta es una: ¿cómo ha podido suceder tal tragedia? “Es la voluntad de Dios, no encuentro otra explicación… Es un día triste”, suspira Pierre, empleado en una pequeña 'brasserie' a un centenar de metros de la magullada joya parisina, mientras vierte la masa de 'crepe' sobre la tradicional plancha circular. “El mundo no va bien y esto lo demuestra”, continúa con un fino hilo de voz casi imperceptible, “anoche no conseguí dormir”, se disculpa.

Las hipótesis varían, se multiplican, resultado del vacío de cualquier explicación de las autoridades competentes, aún embriagadas por las dimensiones de tal desventura. La misma mañana del martes, pocas horas después de la extinción total del fuego, la Fiscalía de París, encargada de investigar el origen del incendio, aseguraba que “no existen evidencias que apunten a un acto intencional”, abriendo así una investigación preliminar por “destrucción involuntaria por incendio”.

La destrucción fue terrible. “Parecía un castillo de naipes, derrumbándose a un ritmo desolador, de un lado a otro… Una verdadera desgracia”, comenta una joven colombiana que observa las secuelas de un fuego que ayer presenció en primera persona. Como ella, miles se apiñaron la noche del lunes en la inmediaciones de Notre-Dame, observando, bajo un mutismo cargado de emoción, la humareda que terminó envolviendo al templo.

Mientras la Île de la Cité, la pequeña isla que alberga Notre-Dame, permanece acordonada por un perímetro de seguridad que se prolongará, al menos, las próximas 48 horas —tiempo estimado por el cuerpo de bomberos para asegurar la socorrida estructura—, turistas y paseantes se apelmazan sobre las aceras cercanas. “Nosotros tuvimos la suerte de visitar su interior la mañana del lunes, pocas horas antes del incendio (…) Es abrumador saber que seguramente fuimos unos de los últimos afortunados en atravesar sus puertas”, relata una pareja de turistas españoles apostada en la baranda de un puente colindante, ambos con la mirada fija en el esqueleto de piedra, librado, gracias a su naturaleza, de los estragos del fuego.

Varias personas observan a los bomberos trabajar en la extinción del incendio. (EFE)
Varias personas observan a los bomberos trabajar en la extinción del incendio. (EFE)

“Lo peor se ha evitado, aunque la batalla todavía no se ha ganado totalmente. Las próximas horas serán difíciles, pero gracias a su coraje [de los bomberos] la fachada y las dos torres principales no se han caído”, declaraba la noche del lunes Emmanuel Macron. Más de 400 bomberos fueron movilizados para contener el incendio, consiguiendo, en efecto, salvar las dos icónicas torres y los tres principales rosetones. Se mantienen en pie, como también lo hacen sus paredes laterales, pero las miradas se dirigen al vacío, al desaparecido bosque de celosías construidas con madera de roble y su techo de plomo, ambos consumidos por las llamas.

La comparación es burlesca: 180 años fueron necesarios para erigir la emblemática basílica, el fuego solo necesitó un par de horas para arrasar la totalidad de su bóveda. Notre-Dame, construida entre 1163 y 1345, presenció entre sus muros la coronación de Napoleón Bonaparte, la beatificación de Juana de Arco o la coronación de Enrique VI de Inglaterra. Notre-Dame sobrevivió a la Revolución francesa y resistió dos guerra mundiales.

Su historia, sus leyendas, su presencia inmensa explican las dimensiones de la tragedia: “Nuestra Dama, hoy de todos, nos ha dejado sin aliento, nos ha sumido en una profunda tristeza compartida”, solloza una octogenaria parisina acomodada en una pequeña terraza con vistas al armazón de piedra. Comienza a anochecer, la multitud pasea todavía sin rumbo a lo largo del Sena, París todavía no ha comenzado el duelo... “Notre-Dame será reconstruida entre todos”, promesa presidencial que calma por ahora la pérdida infinita.

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